Fábula o equívoco, Patagonia es un enigma invencible

El término reconoce diversos orígenes, casi todos vinculados con la fantasía
Fernando Sánchez Zinny
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12 de enero de 2013  

De toda la variada toponimia argentina, sin duda el término que ha originado más controversias y sobre el que, también, más a oscuras permanecemos es el de Patagonia, pese a ser en su planteo un tema muy frecuentado popularmente, y no sólo por nosotros, que somos casi lugareños, sino, asimismo, por cuanto occidental curioso exista o haya existido de cuatro siglos a esta parte.

Patagonia: país de los patagones, o sea, gente "de pies grandes", circunstancia antropométrica que debía corresponder a un tamaño consiguiente, aunque tal vez la impresión inicial fuera magnificada por las huellas en la nieve de sus pisadas, naturalmente agrandadas por estar las extremidades envueltas en pieles, debido al rigor del clima. Es más; atribúyese al propio Magallanes haberlos designado en su portugués natal y arcaico: pata gau, pata grande.

Esta versión ha corrido por centurias, a partir del relato de Antonio Pigafetta, quien seguramente exagera feo al aseverar que esos naturales eran enormes, tanto que los españoles "apenas les llegaban a la cintura", dato que los sucesivos cronistas de Indias marginaron paulatinamente, pero nunca descalificaron del todo. No obstante, poco a poco ella fue cayendo en descrédito ante los testimonios de otros viajeros, según los cuales los tehuelches, pobladores de esa zona, siendo algo más altos de lo usual entre los aborígenes americanos de la vertiente atlántica, distaban mucho de ser gigantes y que mal pudieron los españoles haberlos tomado por tales, aunque su corpulencia quizá les haya parecido mayor por acostumbrar envolverse en pieles, según el perspicaz barrunto de Darwin. Quedaba en el aire, además, la idea de que "patagón" como aumentativo de "patón" o "patudo", para nada parece afín al régimen del idioma, medie o no el alegado lusitanismo.

Ya Vicente Fidel López había salido al cruce de aquella etimología tradicional, oponiéndole la indemostrable "patagón", del quechua patak -¡pero cómo diablos había llegado, en esa época, una influencia del Incario hasta el remoto San Julián!-, que significa "multitud, gran número". Los indios habrían querido informar a los compañeros de Magallanes que eran muchos y dijeron patak, de donde habría derivado patagón.

La ilustre María Rosa Lida de Malkiel aportó otra explicación que logró permanecer incólume tras arduo debate erudito y que luego recogió Enrique de Gandía, además de merecer, en el camino, la adhesión de mi querido amigo Enrique Mussel, entusiasta y sapiente propagandista de lo postulado por la eminente profesora.

En la novela de caballerías Primaleón , publicada en 1512 -tuvo diez reediciones hasta 1588- y muy leída en Portugal, figura un monstruo Pathoagón, que camina erguido como un hombre pero tiene rostro de perro. La suposición, en este caso, apunta a que alguien de la expedición había leído ese libro y que para la mentalidad de aquellos hombres, ansiosos de prodigios, podía caber verse protagonistas de una de esas historias fabulosas, crédula actitud que Alonso Quijano, más conocido como don Quijote de la Mancha, supo llevar hasta la locura y, a la vez, hasta la sublimidad.

Y sí ¿por qué no? El descubrimiento y conquista de América estuvo constelado de mitos, de cuentos pueriles que la desaforada ambición inducía a creer reales, universo febril del que subsisten algunas denominaciones geográficas: Amazonas o California; más resabios de ciudades perdidas, con césares o sin ellos, de islas de San Brandán, de reyes blancos y tantas otras fábulas.

Patagonia sería, entonces, un residuo de aquella vorágine de ilusiones en que nació el nuevo mundo y, en verdad, no hay argumentos para desmentir de plano la presunción. Mussel especula que cierta expectativa por hallar gigantes en el rabo de América podía fundarse en la misteriosa cartografía que se dice ser anterior a los viajes del siglo XVI, donde la mítica Catígara a veces es descripta como tierra de gigantes: la imaginación de Pigafetta le haría, pues, verlos allí donde esperaba encontrarlos.

Los halló intimidantes, por supuesto, absortos y huidizos. Y salvajones, más de lo que su gusto admitía. Y, en tren de suponer, tal vez eso del tamaño descomunal trasunte velada admiración al contemplarlos enhiestos ante el viento interminable. El viento, ese viento que carcome desde siempre la meseta áspera, que impide crecer al árbol y pule las piedras mudas. Ese viento que lleva y trae y que allá sólo deja indemne el enigma del nombre Patagonia.

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