
Eduarda Mansilla rescata la lucha inadvertida de las criollas
1 minuto de lectura'
Existen criaturas sonámbulas y prisioneras, parias del pensamiento, excluidas de los goces intelectuales, pero sujetas, sin embargo, a la lucha desgarrante de las pasiones; privadas absolutamente de "las grandes salidas para verter su alma hacia afuera, esta fuerza que, semejante a otras fuerzas de la naturaleza, tiende siempre a expandirse..."
De estos seres se ocupa Eduarda Mansilla (1834-1892), hija, como Lucio Victorio, de Lucio Norberto Mansilla y de Agustina Ortiz de Rozas, la hermana menor de don Juan Manuel. Niña prodigio, literata, intérprete y compositora musical, crítica de arte, vivió en diversos países junto a su marido, el diplomático Manuel Rafael García y escribió parte de su obra en francés. El párrafo que citamos pertenece a su novela Pablo, ou la vie dans les Pampas, publicada por la Casa Lachaud, de París, en 1869.
Si siempre se consideró a Una excursión a los indios ranqueles (1870), de Lucio Victorio Mansilla, como el gran texto precursor del Martín Fierro (1872) por la fuerte apuesta a favor de los "hijos de la tierra", por la inclusión de episodios que prefiguran las desdichas de Fierro (los gauchos perseguidos que se asilan entre los indios y con los que dialoga el narrador), bien puede decirse que Eduarda se adelanta a su hermano (y esto ya desde El médico de San Luis, con la historia del gaucho Pascual Benítez).
Gaucho es también Pablo, el héroe de esta tercera novela, lo mismo que su compañero de pesares, Anacleto, el Gaucho Malo, que lo instruye en las argucias de la clandestinidad y de la fuga.
Estos dos varones, acorralados por un sistema opresor, son empero, más libres que otras almas: las femeninas, aquéllas a las que se refiere puntualmente la cita de apertura. Sin educación alguna, sin otra ocupación que bordar o alimentar a sus animales favoritos, Dolores (la hija del estanciero federal amada por Pablo) deja pasar los días a la espera del amor. En el espejo de Dolores, condenada a un pasivo languidecer, excluida tanto de las letras como de las armas, se reflejan todas las "parias de la pensée", las jóvenes criollas constreñidas a la soledad y a la total incultura. Tal vez el mayor aporte de la novelista radica en haber enfocado desde dentro el otro lado de la épica gauchesca, del coraje viril: la lucha inadvertida de las mujeres. No sólo en la figura de Dolores, sino sobre todo en la de la madre de Pablo, Micaela.
Pérdidas irreparables
En su historia compendia Mansilla la de tantas otras. Casada muy joven con un oficial unitario, Micaela, que ni siquiera tiene opiniones políticas propias, ve primero partir a su marido -de quien no vuelve a tener noticias jamás- tras los pasos de Lavalle. Cuando sus hijos mayores llegan a la edad de tomar las armas, los envía a combatir por la causa de su padre, al que aún sigue esperando, al sitio de Montevideo donde hallarán la muerte.
Desencantada de los sacrificios que la han conducido a la desdicha y también a las mayores privaciones materiales, decide conservar a su lado a Pablo, el último hijo. El comandante Vidal le otorga una papeleta que lo exceptúa del servicio militar. Pero esto de poco valdrá ante el jefe de la partida que lo detiene, rompe la papeleta, y lo obliga a enrolarse. De aquí en adelante, Pablo (que critica a unitarios y federales por utilizar al gaucho como mero instrumento de sus fines políticos) no pensará sino en desertar.
Por su parte, su madre comienza una larga peregrinación que la lleva primero a la gran ciudad, buscando ser escuchada por autoridades. Vuelve luego al cuartel de campaña portando una carta de indulto del gobernador. Pero el coronel Moreyra, jefe de Pablo, no lee la carta y lo manda fusilar. Micaela enloquece privada de su hijo (único destino y justificación que la sociedad concede a las mujeres). De aquí en más vivirá acompañando los viajes de la tropa de carretas, de ida y venida a Buenos Aires, repitiendo un trayecto sin sentido, leyendo, a quien se avenga a oírla, la inútil carta del gobernador.






