Al principio, la infusión que bebían los guaraníes tenía muchos enemigos; pero hoy es ampliamente aceptada
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Tupá, Dios del bien, bajó a la tierra para enseñar a los tupí-guaraníes a usar la yerba, a secarla y triturarla y puso a los yerbatales bajo la protección de un anciano y de su nieta: Caá Yará y Caá Yarí. Tocó a los naturales ingeniarse en cuanto a cómo beber esa infusión. Y apareció la calabaza convertida en recipiente, que en guaraní se llama caaiguá, de "caá", yerba; "i", agua, y "guá", vasija. Y también inventaron la bombilla, para ellos tacuapí, de "tacuá", caña hueca y "apí", lisa o limpia.
No obstante, la infusión que se prepara con Ilex paraguariensis es conocida hoy con el nombre de mate. Tal vez a los conquistadores les resultaba difícil la fonética guaraní y eso hizo que eligieran el vocablo quechua mati, con que denominaron a esa calabacita para referirse a la bebida en sí, ya deformada en "mate" hacia 1570.
Los naturales la consumían como bebida refrescante, y también con fines rituales para expulsar los males del cuerpo. Al principio los españoles vieron con muy malos ojos esta práctica y en particular los evangelizadores la estigmatizaron por considerarla un vicio pagano. El mate pasó a ser "bebida del diablo", perseguida por las autoridades y condenada por la Iglesia al punto que hacérsele adepto acarreaba excomunión.
Sin embargo, los mismos misioneros, la probaron y adoptaron durante el siglo XVII. Más aún: perfeccionaron la bombilla de caña tacuara agregándole en un extremo una malla fina de fibras vegetales para filtrar la infusión.
Pero el mate seguía teniendo férreos detractores. Un memorial de la época afirma: "Es una vergüenza que mientras los indios la toman una sola vez al día, los españoles lo hacen todo el día". Otro informa al rey acerca de "este vicio abominable y sucio que es tomar yerba con gran cantidad de agua caliente" y asegura que "hace a los hombres holgazanes y que es total ruina de la tierra".
En campaña
Un testimonio de Hernandarias recogido por Ruí Díaz de Guzmán, asevera que los indios llevaban, junto a las armas, unas pequeñas bolsas de cuero o "guayacas" donde guardaban las hojas de yerba mate triturada y tostada, cosa de tenerla a mano en sus largas marchas o tareas diarias.
El citado gobernador fue decidido enemigo del mate y en 1616, estableció que comprar y vender yerba era delito y mandó requisar la yerba existente de la ciudad, una parte de la cual fue quemada en la Plaza Mayor y el resto arrojado al río.
Pero el mate sobrevivió y terminó siendo aceptado, primero en Asunción, donde pronto se incorporó a la dieta usual de los vecinos. Pese a todas las prevenciones, el "vicio" fue en aumento y los españoles no tardaron en descubrir que la explotación del ilex resultaba un excelente negocio y los propios jesuitas establecieron plantaciones.
Pronto el mate escaló posiciones según lo revelan las transformaciones del recipiente. De las primitivas calabazas rusticonas y elementales como la "galleta" (aplastada, con la boca al costado), el "poro" (semejante a una pera) y el "galleta con manija" (con un asa en forma de pico), se pasó a los de calabacita ornamentados y enriquecidos con trabajos de plata e incluso de oro.
En las clases altas el mate terminó siendo símbolo de status y la decoración tendió a ajustarse a los gustos que venían de Europa.
A pesar de las vicisitudes y los malos presagios iniciales, el mate hizo su historia y sigue vivo. Quedan, como ejemplos de su etapa de esplendor, piezas ilustres por su cercanía a personajes notables, como el austero mate del general San Martín y su contracara, el mate "atado" de calabaza, con adorno y bombilla de oro, llamado "Mate Federal" que perteneció a Encarnación Ezcurra de Rosas.






