
En el centro de Unquillo está el lugar donde habitó el artista, convertido en museo; posee algunas pertenencias, pero muchísimas historias que hablan de un espíritu dotado de una permanente calidez humana
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UNQUILLO.- Desencantado. Así dicen que llegó a este pueblo, una de las comunas artísticas más importantes de Córdoba, Lino Eneas Spilimbergo, que desembarcó en Unquillo casi como un extraño una tarde de 1952. Caminó por La Vuelta al Mundo, la calle principal de aquellos años, y se detuvo en la vieja posta Descanso del Pasajero. Eligió este lugar, de inmejorable clima para asmáticos y tuberculosos, como refugio. Atrás dejó su cátedra universitaria, sus premios y su círculo porteño de amistades.
Una vivienda pobremente amueblada y con apenas unos pocos materiales de pintura fueron su lugar de reposo e inspiración.
Su carácter sociable y de gran salidor le dio al lugar otra apariencia prontamente, ya que la posta se convirtió con su presencia en centro de reuniones y de charla en la que el arte era sistemáticamente protagonista.
Su presencia atrajo a artistas principiantes y consagrados, como su discípulo Carlos Alonso, que vive al lado de la posta, hoy convertida en museo y centro de exposiciones, con una mirada que muestra interés por nuevas propuestas.
"Nada cristalizado. Queremos proponer desde aquí a nuevos artistas", dijo a LA NACION Boyo Quintana, director del museo. En su reinauguración, otro discípulo, vecino de la bellísima Villa Cabana, Rubén Daltoé, expuso sus trabajos.
La casa de Spilimbergo (no hay quien lo llame museo en Unquillo) es una construcción baja de fines del
siglo XIX. Era una posta para que los viajantes pudieran hacer noche, sin otra comodidad que un par de cuartos.
Spilimbergo hizo allí su centro de operaciones, aunque ninguna de sus grandes obras fue pintada en esa casa. Aunque ningún dato de los doce años en que el artista vivió allí es seguro, ya que Spilimbergo adquirió la costumbre de regalar sus trabajos, de muchos de los cuales se han perdido la pista.
Se dedicó por aquellos años al retrato, que llegó a hacer sobre las paredes cuando le faltaban telas. El fresco de la vecina sobre una de las paredes traseras de la casa es una muestra de que a su ímpetu artístico no lo detenían menudencias.
Se podría decir que la fama de este pintor le dio a Unquillo un color diferente que aún hoy se percibe, pues con una densidad de pintores mayor que cualquier otra comuna del país, acá el arte es algo tan natural como la de belleza de sus paisajes.
Austero y algo solitario
Spilimbergo eligió una vida austera; unos pocos muebles que todavía pueden contemplarse y una ilimitada capacidad de charla fueron dos de las más notorias características de este pintor, que falleció solitariamente en la posta el 17 de marzo de 1964.
Hay misterios en todo esto. Las razones de su llegada no quedaron claras. Los doce años en Unquillo los pasó solo, sin la compañía de su esposa, Germaine Caubria, ni de su hijo Antonio. Mientras que una parte del pueblo afirma que jamás lo pisaron, otros señalan que alguna vez estuvieron y que se alejaron por las condiciones en las que vivía el artista.
Un hombre sensible que alimentaba pájaros. Primero a los benteveos, pájaros más aguerridos que otros, para que no hubiese pelea con los más débiles. Y que cuando había reunión en su casa, pedía a los invitados que trajeran los cajones de cerveza del fondo, donde dormían apilados, pero aclarando que "no toquen los de abajo, así no molestan a los sapos".
Hoy, la fuerza de su talento lleva a la intendencia de Unquillo a sostener políticas de restauración y apoyo a los artistas locales. También entre los planes, ya en marcha, figura el taller de grabado, que se construirá enfrente del museo y que habla de un criterio claramente expansivo que abre espacios a grabadores y fotógrafos, dos mundos con presencia en esta comuna de fuerte respeto por el medio ambiente.
Una mirada hacia atrás permite rescatar desde Unquillo la figura de Spilimbergo desde el lado humano, como vecino. No quiso, al parecer, encerrarse en su atelier en Buenos Aires o en París para volverse solamente un nombre. Eligió, podría decirse, la calle, ser conocido ya no por su obra sino por su bonhomía. Un riesgo para un gran artista que sabía estar solo y podía relacionarse con su mundo circundante. Su casa es testigo de su sencillez.






