
Hombre de coraje y trabajo, fue el jefe de la partida que asesinó al caudillo Facundo Quiroga en Barranca Yaco
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Santos Pérez fue corajudo y analfabeto. Trabajó de peón en las estancias vecinas y aprendió a manejar el puñal, hasta que el camino de las luchas civiles lo condujo a la milicia. En Córdoba se le temía y se hizo conocida su fama de gaucho valiente y primitivo.
Por otro camino, vuelve disparando la galera de Facundo Quiroga. Una polvareda persigue la muerte. Lo acompaña su secretario, el doctor José Santos Ortiz, y a la par galopa su asistente negro. Ya le advirtieron en la posta de Ojo de Agua que su vida corre peligro. Pero huir es indigno; es un temerario que desprecia a los que creen que algo le puede pasar. Dormita. Sólo lo escoltan su soberbia y el temor que inspira. Su propia fama le va tendiendo una trampa.
Muchos querían ver muerto a Quiroga, pero nadie se atrevía a cerrarle el paso, hasta que alguien pudo contra tanto valor, pues la muerte alcanzó a Quiroga en el verano de 1835, en Barranca Yaco, al norte de la provincia de Córdoba. Para ese día, los hermanos Reinafé habían dado instrucciones a Santos Pérez, que salió de su casa de Portezuelo seguido de un puñado de hombres. Ellos no sabían que iban a matar al riojano; no querían saberlo. Se alejaron callados; sólo se oía la coscoja de los frenos. Aun de noche, llegaron al sitio indicado y se escondieron en el monte. Los gauchos de Santos Pérez desmontaron. Lo sabían: si se mostraban cobardes, morirían; el mismo capitán los mataría. Dio órdenes a Basilio Márquez y éste distribuyó tres grupos ocultos, que cruzaron el camino. Cada cual estaba en su puesto. Los jinetes temblaban; los caballos cabeceaban nerviosos.
Ya clareaba cuando Roque Juncos llegó a todo galope a dar la alerta a Santos Pérez. Ya viene la galera. El tropel está encima; alguien le sale al cruce y grita: "¡Alto!". Quiroga asoma la cabeza y ve al jefe de la partida. Allí se cruzaron los caminos de dos hombres valientes. Sin desmontar, Santos Pérez le da un tiro que le revienta el ojo izquierdo, Quiroga muere inmediatamente. Basilio Márquez trepa a la galera, saca el cuchillo y le atraviesa la garganta al riojano. También pasan a degüello a su secretario, a un postillón de doce años, al asistente negro, a los dos correos y a un niño. Nadie queda vivo. Luego bajan los baúles de la galera y la conducen al bosque. El capitán ordena que disimulen las huellas de ese desvío y que tapen también los charcos de sangre. Abrumada, se retira la partida hacia Los Timones, donde se dispersan. Han asesinado al "Tigre de los Llanos".
Ese domingo, en las cuadreras, Santos Pérez, inmutable, oficia de juez de raya entre el lobuno de Urquijo y el rosillo de Bustamante. Días después, busca a Reinafé y le entrega dos pistolas y un poncho de vicuña que habían sido del general. Ha cumplido su parte.
En el pueblo, la gente no sale de su turbación; susurran sobre almas en pena y cuerpos sin cabeza. Las sospechas empiezan a rodar entre el miedo. Los Reinafé se inquietan e intentan implicar a Ibarra, gobernador de Santiago del Estero. Este se defiende y no duda en señalar a Santos Pérez. Alarmado, José Vicente Reinafé, entonces, manda llamar al jefe de la partida y lo invita a su casa de Córdoba. Le convida aguardiente y al poco rato el capitán empieza con terribles dolores hasta que se descompone por vómitos. Sudoroso, gana el camino. El arsénico no consigue matarlo. Huye y se refugia en las sierras; prefiere no marcharse lejos. Sabe que lo buscan, pero él, como Quiroga, tampoco quiere huir. Ha matado y probablemente sepa que su destino lo va ahorcando de a poco.
Una tarde, baja a la ciudad por una mujer y se acerca a las chacras de don Fidel Yofre, donde lo espera su hija. Es recibido por el "Porteño", el quintero encargado que, tras percatarse de que nadie lo ve, sale sigiloso y va a buscar a la milicia rural. A la madrugada, Santos Pérez se despierta rodeado de fusiles. No se sobresalta; está desarmado. Ya no es el jefe de la partida.
El destino
Tal vez hubieran sido buenos compañeros, incluso amigos, pero el destino los enfrentó. Santos Pérez fue víctima de su destino; mató y murió en su ley: esa fue su doble tragedia. No buscó poder; fue fiel y traicionado. Peleó para unos y otros; sólo tuvo coraje y obediencia. Sin rodeos ni engaños, terminó de asumir ese destino de muerte en la horca de la Plaza de la Victoria.






