
El domingo último, los carruajes que forman parte del patrimonio del museo local se lucieron en las calles.
1 minuto de lectura'
Con la vitalidad de antaño, los carruajes que desfilaron en Luján el domingo último, ya convertidos en piezas de colección, permitieron rescatar del olvido el transporte de la mercadería en el siglo XVII, las aventuras de los viajeros que llegaban desde otras latitudes para conocer al gaucho y a la geografía argentina, las travesías de los caudillos en épocas de luchas intestinas, las campañas por la independencia de los países de América latina, el recorrido urbano de nuestros primeros presidentes y hasta el paseo de las familias adineradas de Buenos Aires.
El reencuentro con el pasado acaeció en las calles de una ciudad que conserva, en el Complejo Museográfico Enrique Udaondo, valiosos testimonios de las épocas en que comenzaba a perfilarse nuestra patria.
Y fue justamente la celebración del 75° aniversario de esta institución el motivo por el cual su director, la Asociación de Conservación, Restauración y Desfile y el Club Argentino de Carruajes, organizaron esta fiesta que transcurrió en el corazón urbano de Luján.
Desde el siglo XVII se encuentra documentada la existencia de carruajes en el Río de la Plata, tanto para el transporte de pasajeros como para el de cargas diversas. Famosos fueron los coches del obispo y del gobernador, guardados en improvisadas cocheras de la vieja plaza de la Victoria.
Numerosas son las descripciones de los viajeros extranjeros, como también las noticias publicadas en los periódicos de la centuria última.
En El Lucero, aparecido en Buenos Aires el 10 de septiembre de 1832, se lee: "A los viajeros y de buen gusto. Se vende una galera, decente para el pueblo y fuerte para viajar. Se podrá ver en la fábrica de coches del Sr. Mandén, calle de la Plata". No menos pintoresco es el aviso editado por La Gaceta Mercantil de Buenos Aires en 1843: "Se vende un carricoche en buen estado, de seis asientos, o se cambia por una volanta".
Desde los carros egipcios y sirios hasta los de nuestro tiempo, mucha agua corrió bajo el puente o, mejor dicho, bajo los ejes. El paso de los años trajo aparejado nuevas técnicas, comodidad y lujo, que convirtieron a los carruajes en un medio de transporte cada vez menos penoso.
Y con el tiempo se transformaron en piezas de colección. En este sentido, alcanzaron fama las colecciones reunidas por Anasagasti, Hernández Peralta Ramos, Mihanovich, Pacheco, Guerrero, Maguirre, Santamarina y Alzaga, que son conservadas en la actualidad por otros contados expertos en la materia. También alcanzaron reconocimiento público los mail coach de Pedro Luro y de José Martínez de Hoz, como también los lujosos landau de la Cochera Presidencial.
En un principio todos estos carruajes fueron importados de Inglaterra, Francia, Bélgica y los Estados Unidos. Así tenemos los ómnibus de fabricación francesa construidos por Mulbacher & Fils. de París, vehículos destinados al traslado de pasajeros en grandes distancias; los finos coches de J. A. Lawton y de Thrupp y Maberly de Londres; los de Geibel Ainé, Million Guiet, y Rothschild & Fils. de París. Los principales importadores de Buenos Aires fueron P. Brague y Juan y José Drysdale, firma especializada en "coches, sulkies y accesorios de fabricación norteamericana". Con el tiempo se establecieron como fabricantes locales Augusto Wall, Mendiondo, Duni, Reta y Chiaramonte, entre otros que se dedicaron a confeccionar arneses, látigos, accesorios y repuestos.
Un recorrido por el pasado "En las manos enguantadas, las riendas debían transmitir su voluntad a las yuntas gemelas con una precisión de buen reloj." Así describe al cochero el escritor Bernardo González Arrili, en su libro "Buenos Aires 1900": "El látigo, elegantemente tomado, chasqueaba sonoramente en el aire, como un tiro de rifle, tocando apenas ligerísimamente al animal".
Cabe aquí el nostálgico recuerdo de los carruajes de la belle époque, rodando por el Paseo de Palermo, en especial en el Corso de las Flores, tirados por yuntas de Hackney de elegante andar, compitiendo en un verdadero alarde de destreza y de buen gusto. Corridos por el automóvil se refugiaron poco a poco en los barrios, para ingresar luego lentamente en alguna colección o agonizar empolvados en un viejo galpón. Pero la nostalgia dejó lugar a la alegría en Luján, durante la exhibición de los treinta y siete vehículos que pasaron por una reciente restauración.
Allí se oyó el trotar de caballos tirando de una berlina de viaje, de sopandas, que se ataba a la Dumond, propiedad del general Manuel Belgrano, el que la usara en la segunda campaña al Alto Perú y desde la que dirigió la batalla de Salta el 20 de febrero de 1813.
Este vehículo, el más antiguo de la colección del museo local, también fue del mariscal Santa Cruz. Durante el desfile llamó la atención la berlina de viaje de Juan Manuel de Rosas, fabricada en 1830, de color punsó y que luce en sus portezuelas el escudo familiar de los Ortiz de Rosas.
También participó de la muestra la berlina del coronel Matías Ramos Mejía, importada de París en 1830, que sirvió de alojamiento a Bartolomé Mitre.
El paso del Hanson-Cab de Juan Cruz Varela entusiasmó al público, al igual que la berlina de viaje del estanciero don Francisco López, del partido de la Magdalena, y un ómnibus de 1840 que perteneció al guerrero de la independencia, el coronel Mariano Artayeta, también utilizado como alojamiento por el general Juan Lavalle.
El grupo de teatro independiente El Galpón y la Agrupación Cultural Luján interpretaron a los cabildantes en traje de etiqueta; al alférez real, cabalgando en un tordillo blanco, portando un estandarte, y al Regimiento de Blandengues de la frontera de Luján, cuerpo creado en 1756 para la defensa contra el indio, uniformado de azul y armado de lanza, carabina y sable.
El gaucho estuvo representado por los miembros del Círculo Criollo Martín Fierro, que desfilaron montados en buena caballada traída de establecimientos de la zona.
Entre otros impecables carruajes apareció el landoulet construido en París en 1846 que perteneció a don Ambrosio Lezica y fue usado por Dalmacio Vélez Sarsfield y por Domingo Faustino Sarmiento.
Especial mención debe hacerse de la carroza de los gobernadores, estrenada por Valentín Alsina en 1857. Se trata de un vehículo de la época de Napoleón III, que muestra el lujo imperante en el París de aquellos años. Su interior se encuentra forrado en brocado de seda blanca y muestra estribos de apertura automática al accionarse las puertas.
La carroza presidencial, presentada con un tiro a cuatro, es conocida como la "carroza de Sarmiento", porque fue adquirida por él en 1870. Se trata de un carruaje de fabricación francesa, que también fue utilizado por los presidentes Avellaneda, Roca, Juárez Celman, Pellegrini y Sáenz Peña.
Durante la tarde del domingo se pudieron apreciar las galeras que galoparon por los viejos caminos de la patria para transportar pasajeros, carga y correspondencia.
Famosa fue la galera de los Dávila y muchas de ellas llevaban sus pintorescos nombres en ambos lados. Recordemos Nuevas Mensajerías Nacionales, Las Generales del Sud, Unión Comercio, Unión Argentina, Mensajerías Generales al Sud, Nuevos Peninsulares y De la Rosa del Sud.
Fueron precursores de estas empresas Juan Fillol, Patricio Fernández y Juan Rusiñol, fundadores en 1852 de las Mensajerías Argentinas, que partían con destino a Ranchos, Chascomús y Dolores. El empresario riojano Timoteo Gordillo importó de los Estados Unidos en 1857 más de cien vehículos de este tipo, para unir así la ciudad de Buenos Aires con los pueblos de la campaña y llegar hasta la línea de frontera. Cocheros, postillones, cuarteadores, recorrieron leguas por los caminos de postas, haciendo noche bajo ramadas en escenas que bien rescataron los pinceles de Pellegrini, Pueyrredón, Morel y Palliere.
Sentenciada por el reloj, esta recreación de viajes llegó a su fin cuando los carruajes regresaron al museo, en el que hoy aguardan reencontrarse con nosotros.






