
El poncho pampa no sólo conserva diseños tradicionales; esa pieza, de factura indígena, transmite una carga significativa que se nutre del paisaje y la particular cosmovisión del autor
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Qué encanto teñido de misterio tienen los ponchos pampa! Pero, ¿a qué se debe esa sensación especial que provocan? ¿Será la carga de tradiciones respetadas durante siglos? ¿Serán las largas jornadas que pasó esa india frente al telar, mientras sus dedos habilidosos desplegaban un profundo sentido estético? ¿Será el amor hacia el destinatario de la prenda? ¿Tendrá entreverado en sus filamentos el coraje de quien lo lució? ¿Será un botín de guerra alzado en la atropellada por algún bravo soldado de línea? ¿Habrá dormido entre sus pliegues algún infante aborigen? Quizá sólo llegue a nosotros el valor de la prenda como pieza de trueque con los indios o como un recuerdo que, en algunos casos, termina deglutido por polillas en un altillo abandonado.
Así castigó el destino a un poncho que el general Lucio Mansilla recibió del cacique Mariano Rosas. "Cuando usted lo use, mi tribu lo reconocerá", le dijo uno al otro. Años después, cuenta Cárcano que, visitando a Mansilla en París, éste quiso mostrarle el preciado regalo y, al abrir la caja en la que estaba guardado, vieron con horror ¡que sólo quedaban hilachas!
Esa misteriosa carga significativa que conserva el poncho pampa hoy vuelve a ser reconocida cuando la Escuadra Ecuestre Argentina y los aficionados a concursos de aperos criollos lucen sus pilchas con la actitud de quien respeta el patrimonio nacional.
Otra señal del protagonismo que se asigna a la prenda es que aún hoy se fabrica, claro que ya no con lana de oveja criolla, que con los años toma el brillo de la seda.
Los ponchos actuales no serán fiel reflejo de los originales, pero todavía no ha pasado suficiente tiempo para ser testigos de su evolución.
Cuentan que en una tribu de la cordillera neuquina es el propio cacique el que teje, pero prefiere que no se sepa. Don Guillermo Gibelli, presidente del Club Argentino de Carruajes, tiene uno de esa procedencia.
El atractivo y el valor del poncho pampa -sea afectivo o comercial- parece ir en crescendo. Ya son casi leyenda los hallazgos de antiguas piezas que recubren muebles en los camiones de mudanzas y los canjes por frazadas nuevas.
Dios quiera que el progreso no termine con los que aún confeccionan estos ponchos y que sean siempre valorados como un testimonio de nuestro paisaje. Porque, de algún modo, estas artesanías atesoran el zumbido de los insectos, la fuerza del viento y los rastros de la escarcha, la elegancia de los jinetes, la astucia del rastreador, la paciencia y la aptitud creadora de las indias, el reparo del toldo, la habilidad del arriero aborigen, los yuyos que se usaron para teñirlo, el color de los pastizales y las cortaderas.
La factura indígena de estos tejidos los enriquece. En las formas geométricas que cubren todo el espacio o que van divididas en tiras se sintetiza una cosmovisión que se nutre de la estrecha relación con el entorno natural y del sufrido encuentro con el blanco.
La carga de sentido que estos elementos aportan provocan un encanto secreto e intransferible.
Lo cierto es que no hay paisano que, haciendo gala de esta histórica pieza, no tenga acceso a los círculos sociales más exquisitos.
Misteriosa relación con la tierra
"Entre la montaña y sus criaturas hay una especie de vinculación, una particular semejanza que se afirma en la magia de la soledad.
"El hombre respira y la piedra permanece inanimada. Pero se desata el viento y, entonces, se uniforman las cosas y los seres, formando una sola unidad estremecida; cruje el pajonal, como si fuera el aliento sísmico de la tierra, el pasto-puna tirita su dorado frío, y se animan en la figura del pastor los flecos del viejo poncho.
"¡El viejo poncho!
"Alguien dijo que por los colores del poncho el hombre procura destacarse de la enorme masa que el destino le dio por territorio. Otros afirman que por el poncho, el hombre se confunde con su cerro nativo, que es como la arena, como la arcilla, y adopta el color pardo, morado o rojo de las mesetas abandonadas.
"Pero pensando en los sueños dormidos en el alma de la raza, es de creer que el hombre ha puesto en el poncho los colores que él hubiera deseado para su vida.
"Quién sabe si la policromía del poncho montañés no esconde el poema de tantos anhelos insatisfechos del hijo de la tierra."
Extraído de "Cerro bayo", de Atahualpa Yupanqui
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