
Por Oche Califa Para LA NACION
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Todos coinciden en afirmar que las décadas de 1940 y 1950 fueron la “época de oro” de la historieta argentina, humorística o de aventuras. El argumento, irrefutable, lo constituyen los altos números de circulación de las revistas y los personajes que se instalaron durante años en la memoria de los argentinos. La radio y el cine, los otros medios donde campeaban la ficción y el entretenimiento, actuaban en consonancia con los gráficos, con versiones o adaptaciones que pasaban de unos a otros.
Dentro de un arco muy variado, la temática criollista gozaba de un lugar de privilegio. Recordemos que entre los más taquilleros títulos de la pantalla grande estuvieron Prisioneros de la tierra, La guerra gaucha, Las aguas bajan turbias. Y en la historieta hubo personajes como Cirilo el Audaz, Fabián Leyes, El Huinca, Lanza Seca, Cabo Savino, Lindor Covas, el Cimarrón.
De este último nos ocuparemos, habida cuenta de que en 2007 se cumplieron cien años del nacimiento de su autor, Walter Ciocca, y de que se trató de la tira de más larga vida entre las de su especie.
Ciocca la creó en 1954 para La Razón, vespertino que ya tenía su propia tradición en historias gauchescas. Allí se publicaron, con anterioridad, Cirilo el Audaz, de Enrique Rapella y Cabo Savino, de Carlos Casalla y Julio Alvarez Cao.
El autor de Lindor, por su parte, ya había realizado adaptaciones de clásicos de la literatura del género, como Una excursión a los indios ranqueles, Hormiga Negra y Santos Vega. Y un año antes dibujó, en la revista Misterix, “Fuerte Argentino”, con guión de Julio A. Portas (que firmó Julio Ahumada), historia situada en los años de la Campaña al Desierto.
Como todos los dibujantes que abordaban lo nativo, Ciocca era un conocedor del tema, por lecturas y capacidad de observación.
El Cimarrón, especialmente, le dio una sostenida popularidad durante casi treinta años. La tira se editó, además, en veinticuatro diarios del interior y en uno de Uruguay. Y en 1963 llegó al cine bajo la dirección y actuación de Carlos Cores.
La historia del personaje se situó en los años de Rosas y los posteriores. Lindor fue un joven de clase media de la ciudad, con primeras simpatías hacia los unitarios, a los que abandonó desilusionado.
Así pasó a una vida errante y marginal en la campaña bonaerense. Se “agauchó” y volvió cimarrón, como se sabe que ocurrió con muchos durante el siglo XIX, al huir de la leva o de otros requerimientos de la ley.
A los más “juidos” Fray Mocho los encontró en el monte entrerriano (Un viaje al país de los matreros). Se sabe que la montaraz zona bonaerense del Tuyú fue refugio de otros.
Pero Lindor pudo tener una vida en la campaña –sus ranchos, pulperías y estancias–, no lejos de la cadena de fortines. Allí fue antes que matrero, gaucho bueno. Lo dijo el propio Ciocca: “Lindor no se parece a los gauchos malos de Gutiérrez ni tampoco al gaucho bravo de Hernández. Es, guardando las distancias, un Quijote, un hombre bueno como los hay en la realidad”.
El personaje, es cierto, tuvo algo de esforzado paladín de la justicia allí donde la ley y el orden no llegaba, o llegaba mal. Tardíamente encontró, también, que tenía corazón para la mujer.
La tira, que era diaria, solía ser resuelta en tres cuadros como parte de una andanza autónoma de duración de unas semanas, que se engarzaba con la siguiente. Su lenguaje debía ser, por imperio del género, breve y conciso. Por feliz coincidencia, y como lo observara Ciocca: “El criollo habla lo justo, es parco, aunque muestra un extraordinario poder de observación”.
El dibujante enfrentaba numerosos lectores sabedores de las costumbres camperas. Eran sus más leales seguidores y, a la vez, sus mayores críticos. Así que en más de una oportunidad tuvo que enfrentar sus razonables cuestionamientos. Como lo recordara: “Una vez se me escapó un ‘pobre de vos’ totalmente fuera de época; al otro día la carta de un lector se indignaba por el descuido. Y también está el caso de aquel otro que sorprendió a Covas montando con el rebenque bajo el brazo y hacia atrás, como los jinetes de moderna escuela”.
Hay que reparar que el lector de los años cincuenta y sesenta era, en este sentido, distinto del actual. Aun el urbano, y mucho más el de los pueblos de campaña, conservaba un vínculo fuerte con lo rural, ya fuera por interés, por lazos de parentesco (tenía familiares en el campo, a los que visitaba) o por simple impregnación cultural.
Su lenguaje cotidiano estaba lleno de giros criollos y no existía quien en la escuela no hubiera sorteado la obligación de escribir una composición sobre la vaca. ¿Nos hemos dado cuenta de que eso ya no es tan así?
Finalmente, en 1984, el Cimarrón tomó distancia. Un país que cambió inexorablemente lo empujó más allá de una frontera en la que de ahora en más debía vivir sus andanzas. No era el desierto ni la tierra de los indios, sino el país del recuerdo. Allí anda.






