Con su sabor particular atrapa a una gran parte de la población argentina y uruguaya; sin embargo, fueron muchos los intentos de recortar su consumo por diversas razones; por ejemplo, durante la conquista se lo confundió con una droga alucinógena y se le dio el apodo de "maldita hierba"
1 minuto de lectura'
Es fama que los más materos son los uruguayos, fervorosos practicantes de las consabidas ceremonias en todos lados y en todo momento, facilitadas en estos tiempos por la invención del termo.
Tal arraigo oriental en esa costumbre es lo que da sentido y trascendencia a la reciente disposición municipal montevideana que prohíbe tomar mate durante los espectáculos artísticos públicos, "para evitar molestias a los asistentes y por respeto a los actores y músicos". Convenido, es un abuso de muy discutible gusto, por mucho que nos resulte simpático.
Hay que apuntar, además, que esa disposición continúa una antigua tradición abolicionista de la mateada, vieja como la existencia misma de nuestra sociedad criolla, fundada esencialmente en razones de decoro, si bien nunca quedó muy en claro a qué aspecto de la actividad humana se refieren esas púdicas reticencias.
Rito pagano
De arranque y en general, tenemos que los relatores del descubrimiento y la conquista, no apreciaron en lo más mínimo la "maldita hierba", quizá por vincularla con ritos paganos de los aborígenes; pero como una imposición de la estructura mental es la racionalización, se buscaron motivos de más peso para sustentar que era maldita por ser mala, debido a que las reconocidas cualidades estimulantes (1) de la Ilex paraguariensis podrían emparentarla con las drogas destructivas.
Y aunque, que se sepa, a lo sumo da acidez, igual que pasó con el tabaco se le atribuyó, fantasiosamente, capacidad alucinógena; la expresión "vicios" en que durante siglos se la englobó es probable que tenga que ver con tan arbitraria asociación. Por consiguiente había que actuar con energía y partidas de yerba se decomisaban y quemaban.
En la plaza de Asunción, el 17 de julio de 1617 (2), Hernandarias dispuso una gran fogata de esas que ahora se suelen hacer con la cocaína, pero de la que no tenemos testimonio gráfico, pues Niepce y Daguerre estaban aún por nacer.
Hernandarias era, asimismo, un hombre activo y trabajador, que aborrecía la holganza en que tan a menudo incurrían -e incurrimos- los hijos de la tierra. "El mate -se dice- distrae del trabajo y alarga el ocio y el descanso." O, dicho de otro modo: es un perdedero de tiempo.
Sí y no; es verdad que del mate hay que ocuparse con algún cuidado, pero, en mi caso, he aquí que escribo esta nota junto a un mate y a un termo. Desde un enfoque social, la mateada es una oportunidad para la conversación, lo que, al menos para algunos, no tiene por qué equivaler a tiempo perdido.
Por otra parte, no necesariamente el descanso es malo. Punto acerca del que viene como anillo al dedo un muy formal intento de regular, en el ámbito de las tareas rurales, el consumo de mate, concretado por medio de un bando del virrey Ceballos.
Los peones, indica, deberán "levantase a las cuatro de la mañana para beber mate y concurrir de inmediato al trabajo, y a la hora y media que estén en él se les dará otra vez mate, y media hora después del almuerzo y a la hora de éste otra vez mate, y de ahí en adelante hasta que salgan del trabajo toda el agua fría que quisiesen".
Prescripción médica
Este alarde ultrarreglamentarista es de ardua interpretación: Federico Oberti (3) entiende que se trata de una suerte de prescripción médica universal y deja correr, de paso, la sospecha de que el virrey deseaba impulsar el consumo de yerba, acaso con finalidades comerciales.
Antonio Zinny (4), en cambio, presume que se quería impedir rigores esclavizantes en perjuicio de las peonadas; hace hincapié en que la norma prohíbe, asimismo, proporcionar mate cocido en vez del mate clásico, lo que a su juicio procuraba forzar la existencia de lapsos de descanso en la jornada de labor. Si esto es cierto, no podemos contar a don Pedro de Ceballos entre los antepasados de los modernos impulsores del incremento de la productividad.
Otra objeción se refiere a la higiene: eso de que todo el mundo chupa de la misma bombilla, medio que espanta a los gringos y también a muchos que no lo son.
Bombilla común
En el siglo XVIII todavía se mateaba en Lima y en los salones más o menos copetudos, la negrita traía en una bandeja varios mates, cada uno de los cuales iba a un invitado.
Formas extremas, como a la de matear a lo resero, en la que la cebada de un mate muy grande -como los que hoy sólo usan los gaúchos - eran compartida por varios paisanos, ha merecido asqueadas condenas de uno que otro viajero precursor, como el inglés Alejandro Gillespie (5), y sus prédicas, en efecto, han tenido éxito, pues hace mucho que semejante costumbre ha desaparecido de entre nosotros, así como el uso de esos recipientes descomunales.
Higiene y ocio
Aunque hay que considerar que las nociones actuales de higiene no llegaron sino cuando aquellos mateadores arquetípicos iban rumbo a su ocaso.
Los pruritos específicos son posteriores a Pasteur y eso de que las encías sangrantes transmiten el SIDA no tiene aún ni veinte años. . .
"Está bien -escuchamos por ahí-, pero uno no toma mate con cualquiera." Por supuesto, lo toma con amigos, con gente de confianza. Para compartir el momento, para conversar o para callar: "El mate -según el poeta- es como un diálogo/ con pausas que llenar" (6).
Notas: (1) "Lo que yo noté mayormente es que con ella me mantenía despierto cuando a la noche tenía que trabajar o que orar", padre Florián Paucke, en el relato de su estada entre los mocobíes entre 1749 y 1767. Citado por Federico Oberti en "Historia y folklore del mate", Fondo Nacional de las Artes, Bs. As, 1979.
(2) Leoncio Gianello, "Historia de Santa Fe", Castellví, Santa Fe, 1966.
(3) Federico Oberti, op. cit.
(4) Antonio Zinny, "Historia de los gobernadores de las provincias argentinas", La Cultura Argentina, Bs. As., 1921.
(5) Alejandro Gillespie, "Buenos Aires y el interior" (1806-1807). La Cultura Argentina, Bs. As.
(6) Ezequiel Martínez Estrada, Obra poética, Hispamérica, Buenos Aires, 1985.




