
El duelo criollo era en la campaña un rito cotidiano donde se corría el albur de morirse o "desgraciarse"
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."... el floreo del facón implicaba todo un arte impresionante cuando los rivales de fama se enfrentaban y sus armas, reflejando el sol, parecían dos ruedas resplandecientes o espejos giratorios..."
Guillermo Hudson, "Allá lejos y hace tiempo"
La imagen es clásica. Imborrablemente aterradora: dos hombres enfrentados blandiendo sendos cuchillos de gran tamaño.
El brazo desarmado, envuelto en un poncho que utilizan a modo de escudo. Las piernas ligeramente flexionadas, y el torso ligeramente inclinado hacia adelante, tratando de proteger la cintura, y aprovechando la postura para ganar flexibilidad y poder esquivar un lance del contrario.
La mirada fiera dirigida al contrario, trata de adivinar la intención del golpe, o del amago que intenta engañar al adversario. Hacerle descubrir la guardia, para dirigir la punta o el filo del arma blanca hacia su destino sangriento. En algo coinciden los relatos de época: el gaucho no peleaba a cuchillo para matar. Su objetivo era marcar al contrario. Pintarle un benteveo. Dejar una marca indeleble que cantaría al mundo la vergüenza de haber sido menos diestro que su oponente.
Claro, a veces el fragor del enfrentamiento, el calor de los excesos alcohólicos corriendo por el torrente sanguíneo y combinándose con la adrenalina, hacían que las cosas pasaran a mayores.
Un lance mal dirigido al vientre, o un error en el quite, hacían que la hoja penetrara en la carne y produjera la herida mortal. En un instante fatal, un hombre moría desangrado; el otro se había "desgraciado": había matado sin desearlo.
Y esto era comprendido por los espectadores ocasionales, quienes miraban al matador con misericordia, con pena, y hasta lo ayudaban en la necesaria huida al desierto, más allá de la frontera, lejos del Juez y la partida policial que trataría de prenderlo. Solamente quien mataba repetidamente, a propósito, con saña, por gusto, era considerado un asesino, y mirado con desprecio.
Juzgar el comportamiento de nuestros gauchos, requiere una comprensión de una ética, una moral, y una circunstancia social imperante en su época. El niño era criado en medio de grandes carencias afectivas, y crecía y se desarrollaba como hombre en medio de la soledad más absoluta, y la crudeza del escenario moldeaba su carácter. La sangre, la vida y la muerte eran lo cotidiano. El cuchillo su única herramienta, su única arma.
De vez en cuando, se llegaba hasta la pulpería, a veces único contacto con la sociedad, con otros hombres y con mujeres a los que usualmente no veía durante semanas o meses. La pulpería era una posibilidad única, para proveerse de sus "vicios" (tabaco, yerba y bebida) y de acceder a un poco de diversión: música, baile, alcohol y mujeres.
Combinación explosiva.
Acicateados por el alcohol, los ánimos se avivaban y las inhibiciones se dejaban a un lado. La menor provocación, él más mínimo comentario adverso sobre sus pobres habilidades con la guitarra o sus cualidades como cantor, o acerca de las virtudes de una mujer, sobre el color de la piel, o el aspecto del otro, podían bastar para hacer estallar una reyerta.
Un grito o un improperio ponían fin a la música o acallaban el ruidoso interior de la habitación. Los cuchillos se desenvainaban con la velocidad del rayo. Los hombres se dirigían al exterior del recinto, y eran seguidos por los parroquianos, azorados espectadores.
Los preparativos tenían algo de rito: quitarse las espuelas, para evitar enredarse con ellas. Una peligrosa eventualidad que podía poner en peligro sus vidas. Una vincha sujetaba el pelo demasiado largo, para no impedir la visión. El poncho se enrollaba en el brazo a modo de escudo. La mano diestra empuñaba el cuchillo, facón o daga.
El duelo criollo, implicaba una técnica, que no era definida en una verdadera escuela, como en el caso de la esgrima europea, sino que respondía a un criterio instintivo, desarrollado con el juego del "visteo" desde pequeños, y una rara habilidad para dirigir los lances, desviar los golpes contrarios con quites, o sacar el cuerpo para evitar un corte o la herida mortal.
El autor es especialista en historia de las armas. Escribió "Del Facón al Bowie" y otras obras sobre el tema.






