Manejo de trigo y cebada con lluvias escasas

Un lote en General Alvarado. La expectativa de rendimiento se ubica alrededor del 20% por debajo de lo previsto al inicio de la campaña
Un lote en General Alvarado. La expectativa de rendimiento se ubica alrededor del 20% por debajo de lo previsto al inicio de la campaña
Guillermo A. Divito
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16 de noviembre de 2019  • 02:00

Soy asesor de Agroestudio Viento Sur y de la Regional Necochea de Aapresid. Nos encontramos a mediados de noviembre y en el sudeste de Buenos Aires la cebada está próxima a finalizar su ciclo y el trigo en inicios de llenado de grano. Ambos cultivos presentan una buena condición general, aunque sensiblemente inferior a la proyectada al inicio de la campaña. Esto es consecuencia, principalmente, de las escasas precipitaciones. También se presentaron particularidades en el manejo de los cultivos que son interesantes destacar. Propongo entonces repasar lo acontecido y hacer una proyección de los resultados a cosecha.

La implantación se produjo bajo buenas condiciones, con ágil progreso de la siembra entre fines de mayo y principios de agosto. Sin embargo, a partir de fin de junio y hasta comienzos de octubre, las lluvias fueron muy escasas.

Según datos de INTA Balcarce, los registros del trimestre julio-septiembre (60 mm) se encuentran en el quinto lugar de los más bajos de los últimos 90 años. Esto repercutió de manera negativa en los cultivos, donde los recuentos de espigas indican valores entre 20 y 30% inferiores al objetivo.

Los mayores desafíos técnicos estuvieron asociados al control de malezas. Las crucíferas (principalmente nabo resistente a glifosato e inhibidores de la ALS y nabón) y el raigrás son las principales especies problemáticas en cultivos de invierno. Las primeras obligaron a definir manejos diferenciales basados en el uso de herbicidas residuales en preemergencia del cultivo (inhibidores de la síntesis de los carotenoides y PPO, etc.) que en la mayoría de los casos estuvieron acompañados por estrategias complementarias en macollaje (uso de herbicidas hormonales más inhibidores de PPO, por ejemplo). También fue necesario acudir a "rescates" en encañazón avanzada mediante el uso de herbicidas hormonales específicos. Por raigrás también fue común el uso de herbicidas preemergentes (inhibidores de la síntesis de ácidos grasos, principalmente) y de graminicidas selectivos durante el ciclo del cultivo.

La presencia de enfermedades fue moderada, posiblemente debido a la escasez de precipitaciones. Así, en cebada, se realizó una sola aplicación de fungicidas en aproximadamente la mitad de los lotes, cuando lo común en campañas anteriores ha sido tener que intervenir dos veces.

Alrededor del estadio de grano lechoso-pastoso se observó un avance marcado de salpicado necrótico por Ramularia collo-cygni, que podrían llegar a comprometer el rendimiento. Sin embargo, dado lo avanzado del desarrollo del cultivo, no se tomaron medidas de control adicionales a las efectuadas hasta espigazón.

En trigo la situación fue similar, con aproximadamente la mitad de los lotes tratados por presencia de roya amarilla en estadios cercanos a macollaje/inicio de encañazón, aunque en muy pocos casos la severidad de la enfermedad fue alta. En espigazón, la mayoría de los lotes requirieron tratamiento por reinfecciones de roya amarilla o presencia de roya de hoja.

En síntesis, la situación de los cultivos en la región es buena, en especial si la contrastamos con zonas más afectadas por la falta de agua. Sin embargo, la expectativa de rendimiento se ubica alrededor del 20% por debajo de lo previsto al inicio de la campaña.

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