
La historia de los ponchos se conserva en vitrinas y depósitos de museos, e incluso enriquece las colecciones particulares, pero esto no basta para combatir el olvido o el desconocimiento de su significado entre los pueblos americanos
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El poncho criollo, el poncho americano es, a la vez, una capa y un abrigo que los españoles conocieron de uso de los indígenas y que se trasladó a todas las regiones del sur del continente.
Vino desde el Incario, traído por las sucesivas huestes de conquistadores y colonizadores que, en buen verbo, eran labriegos y trabajadores en la pedregosa meseta de Castilla.
Se extendió a las poblaciones de los faldeos andinos de ambos lados por la necesidad de protección contra las rudas inclemencias del tiempo en la montaña, y bien pronto pasó a las llanuras.
El gaucho, hijo mestizo del español afincado y del criollo con mezcla indígena en alguna vertiente de su sangre, lo hizo suyo y fue su compañero en las rutas interminables de la geografía americana.
El "poncho patrio" se enrollaba en el brazo izquierdo y era el escudo salvador frente a la lanza, el sable o el cuchillo aleve, mientras en la derecha sostenía con fuerza su propio facón letal.
El poncho lo cubría en la inacabable llovizna nocturna durante sus marchas o junto al protegido fuego en las noches de helada, mientras el mate acompañaba el relato de un "sucedido". Y se dormía sobre el poncho allí mismo al rescoldo de las brasas.
El poncho se lleva mientras la existencia proseguía su marcha. Hoy, en cambio, lo hemos olvidado. Hemos perdido en el vestido la dimensión de la memoria. Hoy se llama poncho pampa a cualquier poncho hecho con tela basta, elaborado con lana de oveja. Con los años el pelo de guanaco, y más aún el de vicuña, han ido desapareciendo.
Queda el de llama, elaborado antes por los indígenas del Altiplano y extendido a sus descendientes con tradición artesana.
Las hábiles manos indígenas del Norte confeccionaban ponchos de fina textura pese a lo rudimentario del telar. Asombraron a los conquistadores por los colores logrados en sus fibras y más tarde la mujer criolla los expandió por el virreinato. El "poncho patrio" fue usado como uniforme por el Regimiento de Dragones en 1810, lo que da cuenta de su antigüedad en la popularidad de uso.
Los ponchos ingleses fueron una prenda popular, tanto que los ingleses los fabricaron en sus primeros telares mecánicos, movidos por la máquina de vapor.
El capitán Head, el infatigable jinete que nos visitara con el sueño de enriquecerse con minas de los cerros andinos, en su largo periplo por estas tierras, nos asombra cuando expresa en la década del 20 que vio en la lejana villa de Santa Fe -que no tenía más de un millar de vecinos- el uso de ponchos de origen inglés.
Nuestros próceres usaron poncho casi sin excepción. Muchas de estas piezas descansan en nuestros museos o en casas de coleccionistas. Entre ellas, la que perteneció al general Lavalle, y después fue usada sucesivamente por Mitre, por el coronel Julio Campos y por el general Luis María Campos está en el Museo de Luján.
Allí se encuentra también el poncho del padre Jorge María Salvaire, enviado por Adolfo Alsina -entonces ministro de Guerra del presidente Avellaneda- a la toldería del cacique Namuncurá, para rescatar a varias cautivas. Partió para Salinas Grandes y de allí a Carhué, pero la indiada estaba levantada y en pie de guerra y lo tomó prisionero; pese a la influencia que ejercía sobre los indios por sus reiteradas actitudes humanitarias, se le acusó por ser portador de la peste de viruelas y se lo condenó a muerte.
Atado y a punto de ser lanceado, el sacerdote se encomendó a la Virgen de Luján y le prometió hacer un santuario en su homenaje, en caso de sobrevivir. En esa circunstancia, un indio arrojó al condenado su poncho, lo que significaba que le daba protección.
Por historias como esta es necesario destacar el simbolismo del poncho, prenda que, más que un elemento del atuendo, ha tenido siempre el valor del abrigo protector.
El Museo Histórico Nacional guarda muchos, pero la mayoría de ellos permanece en el depósito por falta de espacio para su exhibición. Los hay de formas, estilos y colores variados; los hay deslucidos, deshilachados y pobres, y los hay de delicada artesanía. Todos conservan el testimonio de una época. Hoy duermen el sueño de la paz y de la tolerancia, confraternizan como tal vez no lo hicieron sus propietarios.
El de Rosas, por ejemplo, fue donado por monseñor Marcos Ezcurra, descendiente de la esposa del Restaurador, quien dice expresamente en una carta: "Le envío este poncho pampa que perteneció a Rosas, traído por él del desierto; tiene cerca de 80 años y lo tengo por herencia de mi padre".
No es distinta la historia del poncho de su oponente, el vigoroso gobernador de Entre Ríos y primer presidente constitucional, Justo José de Urquiza. El general peleó en Caseros, según los testimonios y varias litografías, vestido con un poncho y un pañuelo al cuello.
En la carta de donación de sus descendientes se describe: "Poncho de paño blanco a listas, que usó en la batalla, el 3 de febrero de 1852, y que llevó puesto el día de su entrada en Buenos Aires, de uniforme y galera de felpa".
El museo conserva también el poncho "peruano" que acompañó al Libertador en su periplo desde las riberas del Plata hasta la ciudad ecuatoriana de Guayaquil. Fue enviado en 1886 por su nieta menor, Josefa Balcarce y San Martín de Gutiérrez Estrada al Ministerio de Relaciones Exteriores.
El poncho es la prenda nacional por excelencia y la prenda sudamericana por antonomasia. Si en algo podemos ufanarnos los descendientes de la colonia española es de la unidad de nuestro atuendo histórico en la viva representación de esta pieza, que no solo abrigó de las inclemencias los cuerpos del nuestros antepasados sino también dio calor a nuestros sueños comunes bajo el mismo cielo de la Cruz del Sur.
El autor es director del Museo Histórico Nacional .





