Virginia Putignano, una productora láctea, reparte su vida entre contratos millonarios y la pelea diaria con la industria por el precio de la leche de su establecimiento; la historia familiar de emprendimiento
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Virginia Putignano vive una dualidad que pocos conocen. En Buenos Aires es la “escribana de los famosos”, figura de confianza de la Embajada de Italia y fedataria de importantes empresas. Pero cuando está en Lincoln, su tierra natal, es la tambera que pelea el precio de la leche con la industria, revisa los bebederos y honra la memoria de Henry Putignano, su padre y el hombre que le enseñó que el campo puede ser “el paraíso terrenal”.
Por la mañana, la firma de Putignano valida negociaciones de poderes, certifica documentos para artistas reconocidos o gestiona documentos del consulado italiano. Se mueve con soltura en los despachos de la Ciudad de Buenos Aires, donde reside desde los 17 años, cuando llegó para estudiar y forjarse un camino propio, “sin apellido notarial ni contactos”, como ella misma lo define. Trabaja con figuras importantes del mundo del espectáculo como Guillermina Valdés, entre otras. Todas las semanas, también hace 300 kilómetros hasta “La Caridad”, el tambo que con esfuerzo instaló su padre.
“Esto lo vivo como un legado. Al tomar una decisión siempre pienso qué hubiese hecho papá. Cuando cambio una tranquera, compro vaquillonas, un tractor o saco un crédito, él está presente. Sé que estaría orgulloso de que siga apostando. Podría dedicarme solo a mi profesión y no drenar energía en el tambo, pero pienso en él y en lo orgulloso que estaría de ver como está hoy La Caridad. Hago todo lo que puedo para seguir adelante y sostenerlo también como fuente de trabajo en Lincoln, porque todo es una rueda: si se cierra un negocio, se corta toda la cadena", relató.
Gestiona 175 vacas en ordeño e intenta, contra toda lógica de rentabilidad fácil, no vender ni arrendar, sino continuar, tal como le garantizó a Henry antes de partir. “Para él, La Caridad era el paraíso terrenal. Llegaba y decía: ‘Esto es el paraíso’. Es un campo con mucha historia. Me siento una privilegiada de que haya pensado ese campo para mí”, completó.

“Siempre fue un sector de mucha incertidumbre: pensar si llovía o no llovía, si se perdía una siembra, el cuidado de los animales. Lo que siempre me enseñó mi papá desde chiquita fue justamente eso. Si un animal estaba empastado, si tenía un problema en el ojo, había que ir a buscar al veterinario o sacarle el ternero con la soga", afirmó.
El tambo acaba de llegar a 200 animales en total, tras la compra de 23 vaquillonas en diciembre pasado. “Ese era mi objetivo. Papá llegó a tener esa cantidad, pero no hacía las sanidades. Cuando yo empecé, aparecieron casos de brucelosis y hubo que achicar para sanear. Volver a 200 cuesta muchísimo. Cada vaquillona vale mucho y el margen, en una escala chica, es muy ajustado”, relató. El tambo produce un promedio de 26 litros por vaca. Señaló que es fundamental cuidar que la alfalfa no esté florecida para evitar el meteorismo intestinal (empaste) y aclaró que no registra mortalidad por esa causa. “El problema es el calor y la mosca. La vaca Holando es más de invierno. Tenemos ventiladores y duchadores antes de la sala de ordeñe, caravanas para la mosca e insecticidas para que estén bien”, agregó.
A contramano de la tendencia de separar a la cría y alimentarla con leche en polvo, la empresaria apuesta al sistema de “vaca ama”. “Tengo un guachero que ama a los terneros, pero además se crían con una vaca que los amamanta. Son unas cuatro terneras por vaca. Muchos veterinarios no están de acuerdo porque esa vaca podría estar produciendo en el tambo, pero no hay nada mejor que la propia leche para el crecimiento”, explicó. El resultado, aseguró, es contundente: mortalidad nula y una genética superior en las futuras madres que reingresan a la cadena productiva.

Como todos los establecimientos, el tambo atraviesa meses buenos y malos según la siembra, por lo que resulta clave la planificación. “El sector tambero siempre fue difícil. Cuando vendés un producto, te ponés de acuerdo con quién lo va a comprar y a qué valor. Con la leche no pasa eso. Entregás a 30 días a una fábrica y a los 33 días dicen: ‘te voy a pagar tanto’, y ya tienen el producto elaborándose [para salir a la góndola]. Estás en inferioridad de condiciones y se aprovechan bastante. A papá, a lo largo de la vida, muchas fábricas le dejaron de pagar. No porque se fundieran, sino por múltiples motivos como stock de queso o falta de respaldo. Es un sector muy difícil“, aseveró.
Hoy existe el Sistema Integrado de Gestión de la Lechería Argentina (Siglea) que establece un valor mensual, pero según dice, algunas fábricas no lo respetan. “A mí, por ejemplo, este mes me pagaron menos y estoy peleando para que me regulen la diferencia. El argumento que dan es que hay mucho queso o que cerraron fábricas, que las células somáticas no llegan a determinado nivel. Yo hago estudios de la leche y me lo dice quien la analiza: es excelente. Pero todos los meses hay una lucha para hacer valer el producto”, describió.
Sin embargo, su mentalidad empresarial le ha permitido logros poco comunes en la industria: los días 20 cobra la primera quincena de entrega de la leche y el día 10 cobra la segunda. “Entrego cinco días sin saber el precio y los otros quince con diez días de diferencia. El precio final me lo dan al mes siguiente. Hay adelanto, pero la incertidumbre sigue y ese adelanto me permite afrontar gastos", narró.

La escribana es cauta con la tecnología de moda en el sector lácteo: si bien la zona cuenta con tambos robotizados de vanguardia, por ahora prefiere esperar. “La robotización implica tres ordeñes diarios. Una vaca vive en promedio 15 años y mi duda es el estrés que eso le genera. Prefiero esperar resultados a largo plazo antes de avanzar”. En su lugar, invierte en el confort tradicional dentro del establecimiento.
“Me interesa el progreso o mantener lo que se puede, porque hay veces que trabajando ocho horas por día en la escribanía no me queda tanto resto de ocupación. Pero tengo gente, un equipo que responde, buen clima laboral y tratamos de tirar todos para el mismo lado“, afirmó.
Contó que Henry fue un hombre que se hizo a sí mismo desde la más absoluta adversidad. Proveniente de una familia de ocho hermanos, sumido en la pobreza, logró ascender a fuerza de trabajo hasta comprar sus propias tierras. Décadas más tarde, ese esfuerzo implica otros capítulos de la historia, donde el desafío es la inversión en tecnología. “El tambo es una rueda. Si no tenés tractor, no alimentás. El 8 de marzo, Día de la Mujer, compré un tractor nuevo, lo saqué con un crédito. Fue un antes y un después: cambia toda la logística“, narró.

La relación entre padre e hija fue simbiótica hasta el final. En su última aparición en la feria ganadera local, Henry, con 92 años entonces, fue aplaudido por sus pares; un reconocimiento a una vida apostando a la producción. “Tuvimos una relación hermosa padre-hija. Es el día de hoy que papá no está y yo recorro mirando los bebederos, si tienen verdín, porque las vacas se pueden intoxicar. Son detalles que hay que tener bajo control", cerró.

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