
De distintos tamaños y diseños arquitectónicos, los galpones se adaptaron a las necesidades funcionales de los establecimientos agropecuarios
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Galpón es una voz americana, probablemente de origen azteca. En principio se refería a una casa grande y rústica, donde dormía la población esclava de las haciendas mejicanas. De allí, el vocablo pasó al Perú y se extendió al Río de la Plata con el significado de cobertizo, con paredes o sin ellas, para proteger lo que fuera necesario.
Hasta el siglo XIX, las explotaciones ganaderas de nuestras grandes llanuras prácticamente no tenían depósitos, porque no los necesitaban, salvo algún rancho para guardar las monturas o un tinglado de ramas para cubrir las pilas de cueros, único producto rentable de la estancia colonial.
Cuando empezó a diversificarse la producción y surgió la necesidad de guardarla temporariamente, así como la conveniencia de proteger los animales de pedigree, fueron apareciendo los galpones. De distintos tamaños, de diversas funcionalidades y tipologías arquitectónicas, éstos se convirtieron en el segundo edificio de mayor jerarquía en el casco de la estancia, después de la residencia patronal.
En las explotaciones rurales españolas, de donde se heredó la estructura de los cascos, los depósitos están integrados al mismo cuerpo de las viviendas, con las habitaciones arriba y los pesebres y graneros abajo, de acuerdo con el concepto de reunir todos los bienes bajo el mismo techo.
Espacio de sobra
Sin embargo, la modalidad que se impuso en las haciendas de América latina fue la separación de las áreas del casco: la parte residencial con los jardines en un lugar preferencial y el sector de trabajo, aparte. Tal vez porque había espacio de sobra y mucho personal.
Siempre separados un volumen del otro, " la casa grande" concentra en sí misma y en su entorno, la mayor preocupación estética de sus dueños, mientras que el "galpón principal", preside la sección de trabajo y conserva un rango arquitectónico casi similar a la casa.
Verdadera expresión del patrimonio de la producción rural, estos nobles edificios fueron construidos con distintos estilos arquitectónicos, pero casi siempre conservaron alguna unidad estética con el resto del casco.
Muchos de estos depósitos ya pertenecen al acervo histórico de nuestra economía rural, pues representan el auge de producciones determinadas (como los grandes galpones de esquila de la Patagonia) o expresan una técnica de trabajo fuera de uso (como los galpones elevados de las cabañas de vacunos).
En la belle époque estanciera, las caballerizas con boxes para los reproductores pura sangre de carrera se edificaban como palacios, con una arquitectura sobredimensionada, acorde con el valor económico del animal y la expectativa de su dueño, tal como la padrillería de la estancia San Martín, en Cañuelas, construida a fines del siglo XIX y considerada como uno de los galpones más notables de su época.
La merinización de la pampa, consecuencia del alto valor de la lana, que por décadas fue el rubro más importante de nuestro campo, produjo la construcción de notables galpones para resguardar ovinos finos, esquilar y acopiar lana. Cuando pasó el auge del lanar, algunos de estos edificios, ya fuera de uso, fueron demolidos, mientras que en otras estancias, como Santa Clara, en Bragado, o Las Acacias, en Luján, sus formidables estructuras cambiaron de funcionalidad y adquirieron el respetable rango de monumentos históricos de la cultura del lanar.
En los establecimientos donde la explotación tradicional se complementa con la industrialización de algunos de sus productos, aparecen galpones inusuales que le dan otro carácter al casco de la estancia. Por ejemplo, las lecherías en la pampa húmeda; los ingenios azucareros; los galpones de secanza de la yerba mate o las instalaciones de secado de tabaco, en las provincias del norte; las bodegas, en las fincas cuyanas.
Todos estos volúmenes arquitectónicos industriales modifican el escenario tradicional estanciero donde se mueve la actividad del campo. La explotación granera en gran escala, por su parte, le dio un nuevo uso a los galpones. Se los comenzó a utilizar para guardar las herramientas y la maquinaria agrícola, y se les agregaron las plantas de silos, grandes modificadoras del paisaje pampeano.
Industria sin chimeneas
El potencial turístico del patrimonio arquitectónico del campo argentino ya está demostrado con la apertura de tantas estancias al nuevo fenómeno del turismo rural. En esta actividad, los lugares de la estancia más afectados al servicio hotelero, son la casa principal y el galpón grande. La primera, para adaptarse al alojamiento de los clientes y el segundo, para convertirse en cocina y comedor.
En este nuevo ambiente multifuncional, se disfruta la gastronomía tradicional y la mística del asado criollo, así como da marco a las fiestas empresariales, casamientos y otras celebraciones del vasto calendario de la festividad local. En resumen, toda la economía del campo pasa por el galpón grande, razón suficiente para reivindicarlo.
ESTILOS. Estos edificios, que modificaron el paisaje de los campos, fueron construidos con distintos estilos arquitectónicos, pero casi siempre conservaron alguna unidad estética con el resto del casco. Muchos de ellos ya pertenecen al acervo histórico rural, puesto que representan el auge de producciones determinadas o dan testimonio de una técnica de trabajo fuera de uso.





