
La cultura del pueblo quechua-santiagueño, que aparece en el trabajo textil, en el aprovechamiento de la madera y en el trenzado de las guascas, se rescata en una recopilación fotográfica a la que se integran coplas y relatos de los lugareños.
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Adentrarse entre las especies arbóreas que pueblan el monte santiagueño para descubrir la historia del arte rural puede resultar un desafío romántico.
Sin embargo, al percibir que tras la simplicidad de los muebles y de los diseños textiles aparece la sabiduría de los sufridos pobladores -fruto de su desenvolvimiento en un hábitat tan puro como salvaje- cualquier esfuerzo parece justificado.
Así se evidencia en "Un arte escondido, objetos del monte argentino", una publicación reciente que rescata el valor de la cultura quechua gestada en Santiago del Estero, a través del registro fotográfico de rostros, artesanías y herramientas de trabajo.
Las imágenes, captadas por Andrés Barragán, se integran con una selección de coplas recogidas en 1948 por Julián Cáceres Freyre y con relatos de pobladores, editados por Esteban Peicovich.
"Las piezas reproducidas nos cuentan la historia del pueblo. Nos hablan de los primitivos aborígenes que estaban antes de que el silencio se poblara de voces quechuas, castellanas y mestizas. De cuando cruzaron el desierto y llegaron al monte y de cómo se desarrollaron en ese laberinto de huellas, árboles y sombras. Observándolas quizá podamos imaginar el sentir de los primeros hombres frente a la naturaleza, descubriendo instrumentos...", reseña Ricardo Paz, responsable de la recuperación de las obras retratadas.
El equipo que participó en la realización de la obra fue impulsado por la certidumbre de reencontrar valiosos rastros de los que se pudiera aprender y por la pretensión de evitar que se pierda el saber que atesora la última generación de artesanos santiagueños.
Es por ello que, desde las páginas, se sugiere revalorizar los añejos conocimientos que conservan teleras, sogueros, plateros y carpinteros de campo a través de la formación de los jóvenes en estos oficios...
Historia quechua en la voz de un músico
"En la acotada y poco conocida cultura quechua santiagueña nació Sixto Palavecino, folklorista y violinisto, como él suele denominarse. Este artista popular encarna los atributos de una comunidad que se desarrolló en el interior de los montes. Gente solidaria, austera, que logró una armónica relación con su hábitat, integrando fauna, flora y paisaje a su universo cotidiano.
"Es en estos montes santiagueños donde durante cuarenta y cinco años Sixto Palavecino hizo su persona. Ya adulto y violín en mano, fue convirtiéndose en portavoz de una tradición que, como la quechua, resiste estacionaria y con la amenaza de la disolución. Sixto Palavecino es un nítido exponente de esta cultura. Acudir a su memoria es abrir un libro callado donde el testimonio de un tiempo despierta encarnado y vivaz."
Así describe Esteban Peicovich la figura del músico norteño, como introducción al diálogo que mantiene con él en "Un arte escondido, objetos del monte argentino". Dejemos que el relato del santiagueño nos conduzca por el camino del monte...
Palabra de artista
"Tengo 83 años. En el monte trabajé desde chico en los quehaceres de mis mayores. Criar animales: cabra, oveja, vacuno, yeguarizo, mular... Allí vivimos para sembrar y cosechar. En esta pureza hemos sabido vivir y crecer. Como hijos de la naturaleza y servidos por ella.
"Hasta mis nueve años yo no sabía media palabra de castellano. Yo desde el vientre de mi madre respiraba quichua. Mis padres, mi abuelo, fueron totalmente analfabetos.
"A la ciudad me llevó el sueño de hacer estudiar a mis hijos. También el de musiquear y cantar en quichua a mis hermanos de la provincia.
"A esta edad, añoro mi pago, aquel monte, aunque fuera sufrido. Aquella gente, sólo por ser muy fuerte se criaba, crecía y se mantenía. La gente nos decía campis, campesino, dicho con desprecio. No se daban cuenta que el campis es más inteligente que ellos, los de la ciudad.
"Mire usted, nosotros tenemos una facilidad para crear... Aunque no se debe decir crear porque sólo Dios es el Creador. Uno copia la maravilla que Dios derrama por allí.
"Nuestra forma de vivir en el monte es muy propia. Allí se aprende de lo que cantan los pájaros, del silbido del viento, de las hojas, del sonido de los gajos al rozarse por el viento...".
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