
Fueron muchos los que durante el siglo XIX denostaron su figura
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Cuál es el lugar que ocupa el gaucho en la Argentina globalizada del siglo XXI? ¿Se reconocen en él los argentinos actuales? ¿Conserva su imagen de emblema de nuestra nacionalidad o es sólo un pretexto decorativo para exhibir en pintorescas fiestas rurales?
Y siguen las preguntas: ¿Hay una esencia común que identifique al gaucho primigenio del fortín y la frontera con el trabajador rural de épocas posteriores y diversas?
Muchos se formulan estos interrogantes y algunos -como el poeta español León Felipe, que veía, en horas de desaliento, pasar por la llanura manchega la silueta de Don Quijote- tienden la mirada hacia la pampa inmensa, como para encontrar una respuesta en la errante, ruda y serena figura del gaucho arquetípico: Martín Fierro.
Para el comodoro Juan José Güiraldes, presidente fundador de la Confederación Gaucha Argentina, el personaje de las pampas es un modelo válido de conducta.
Más aún: piensa que "sólo el espíritu gaucho puede salvar hoy a la Argentina".
Opinó que ese espíritu se compone de virtudes muy fáciles de encontrar, a poco que uno salga de las urbes tentaculares de nuestro país y se acerque a conversar con cualquier paisano.
Todas esas virtudes están presentes en el inmortal personaje creado por Hernández. Porque si bien es cierto que Martín Fierro cometió errores -algunos tan gruesos como la muerte del moreno- nunca deja de tener presente dónde está el bien y dónde está el mal.
La lista de las nobles facetas que distinguen al gaucho arquetípico no es corta: tiene y practica un código de honor y una conducta de vida a la que no concibe sin libertad, confía en la palabra dada y es fiel a la amistad, cultiva sin alardes el patriotismo, respeta a la mujer, maneja el idioma con propiedad, participa de las creaciones de la estética en las artesanías que aplica a su platería, tejidos o trenzados.
Elogios y diatribas
Como todos saben, aunque el "Martín Fierro" fue un libro que, desde el principio entusiasmó al país entero, nadie había señalado su trascendencia y significación hasta 1926, año en que Leopoldo Lugones, en un artículo publicado en LA NACION, eleva al gaucho a la condición de modelo, como lo habían sido para los antiguos griegos los personajes de "La Ilíada" y "La Odisea". Ideas que desarrolló luego en su famoso libro "El payador".
Fue una reivindicación que contrarrestaba la gauchofobia que muchos gustaron proclamar durante el siglo XIX.
Los detractores del gaucho fueron muchos. Entre ellos, gente tan ilustre como Sarmiento. El prócer sanjuanino pasa por ser uno de los que más criticaron al gaucho.
Sin embargo, quien recorra las páginas que, en el Facundo, dedicó al rastreador o al baqueano notará que nada tienen ellas de denigratorias para el personaje de las pampas.
Muy común fue que al gaucho se lo llamara "vago y mal entretenido", "vagabundo ocioso". Menudearon los dicterios: se lo acusó de agresivo y pendenciero, de ser más amigo de la caña que del trabajo paciente.
Curiosamente, al mismo tiempo, muchos visitantes extranjeros no ahorraron referencias elogiosas al hijo de las pampas. Comerciantes y sabios, entre los que se cuenta nada menos que a Charles Darwin, alabaron las cualidades del gaucho.
Mito y realidad
El historiador Andrés Carretero, autor del libro "El gaucho argentino. Pasado y presente" intenta poner las cosas en su lugar.
A su juicio, la verdadera visión de la realidad del gaucho resulta turbada tanto por los elogios excesivos de sus panegiristas como por los vituperios de quienes parecen verlo como una presencia molesta en las pampas.
Lejos tanto de la gauchofobia como de la gauchofilia, Carretero consideró injusta la acusación de "agresivo, sanguinario y proclive a derramar sangre humana".
"Se olvidan -dijo- de considerar que su ocupación cotidiana consistió en faenar animales salvajes, con los que hacía falta el uso de la fuerza y los humanos que se le oponían en la vida eran tanto o más salvajes que esos animales, por lo que aplicó el único medio que conocía para salvaguarda de la propia vida: matar para seguir viviendo."
Para Carretero, toda la épica y romanticismo de la vida del gaucho, desapareció con el alambrado progresivo de los campos, que puso fin a sus horizontes infinitos.
Carretero llamó la atención acerca de "dos atributos que no deben obviarse". Uno es la fuerza y el coraje asombrosos demostrados en las guerras de la independencia: "No hay un sólo parte de guerra donde se haya demostrado que el gaucho haya aflojado, prefería morir antes que huir. Muchos expertos consideran que fue uno de los mejores soldados de la tierra".
El otro rasgo que, según Carretero, conviene destacar es el espíritu verdaderamente democrático del gaucho: "Jamás peleó contra el gobierno establecido legítimamente ni contra quienes coartaran la libertad",
Por último, destacó que algo que no debe olvidarse es que el gaucho era un trabajador incansable que entregaba su fuerza y su vida en el trabajo a cambio de una muy escasa retribución.






