
Entre relatos de caudillos y santos, habla de las talas, los arreos y las creencias populares cultivadas en los ambientes rurales de una antigua Entre Ríos, ganadera y montaraz
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PARANA.- La explotación del bosque en el litoral originó oficios diversos en los obrajes y creó costumbres, modos y creencias locales que están pasando al olvido, frente al avance de las máquinas y la agricultura. Eulogio Gregorio Espinoza, el Gaucho Quitilo, es un testigo imperdible de aquel mundo, y cautiva con su caudal inagotable de historias lugareñas.
Vivió toda su infancia y juventud entre el algarrobo y el ñandubay, sin más escuela que la honda experiencia de sus mayores en la que aprendió a esquilar una oveja, techar un rancho, arrear una tropa, hacer un locro o estibar leña para el horno de carbón.
Caravanas de carros tapados de troncos o de lana con un fondo de cardenales amarillos hacia la estación del ferrocarril, gritos y mugidos en los arreos; soledad en las orillas del arroyo Pozo Ju, junto a su padre, hachero también, que lo curtía en los secretos del guaraní a la luz de una lámpara después de dar batalla al monte de sol a sol.
Esos son los recuerdos del Gaucho Quitilo, famoso en Paraná por su singular y espontáneo estilo de bailar el chamamé triste, y el porte y el fervor con que muestra sus pilchas criollas, bien montado, en las fiestas nativas. Las talas siguieron, con topadoras que arrinconaron el monte, con escasa presencia humana. A Quitilo le quedó añorar, idealizar. Hoy, se lo ve en los barrios, rebenque en mano, siempre con una broma a flor de labios y un dicho campero de ocasión. "¡Se va la gaviota con escalera y botas, venga otra lata patrón!"
Nadie en el vecindario urbano entenderá hoy su antiguo grito de alegría, de los tiempos en que esquilaba una oveja y reclamaba otra para continuar la faena, no sin antes cobrarse con esa "lata" que obraba de pagaré porque al fin de la jornada se multiplicaría en monedas.
El chamamé, una pasión
"Nací en Mulitas, estancia Los Paraísos, de don Juan Lanús", dice con orgullo y no bien encuentre una oreja dispuesta pasará las horas narrando anécdotas de sus años mozos en las costas del Guayquiraró, pagos del yacaré ñato, explicando la disposición de la paja para que el techo parezca "una tablita" de tan prolijo; o probando tonos con más entusiasmo que talento en su acordeón verdulera, en busca de un chamamé de los que interpretaban Ernesto Montiel, Isaco Abitbol.
"Isaco es una barbaridad, me hace llorar; qué cosa linda. Eso es lo que bailo yo. Y por eso me preguntan cómo hago el paso: no, yo estoy escuchando al bandoneonista, estoy haciendo lo que hace él", explica Quitilo.
Juancito Espinoza, su hijo, mamó de chico su embeleso por el chamamé y es hoy uno de los pilares de esta danza tradicional en los escenarios de Entre Ríos: "El chamamé es una expresión natural del hombre. No se baila siempre igual, en cada paso se va expresando un estado de ánimo: alegría, tristeza, amor, conquista a la dama, la compañera? Para conocer esta música en Entre Ríos hay que caminar del Guayquiraró al Ibicuy, del Uruguay al Paraná, y recorrer la columna vertebral de nuestra selva montielera, donde todavía hay gente nacida en los obrajes que sabe hacer un folklore muy del lugar", dice Juancito.
Mil oficios
Quitilo fue boyero, esquilador, hachero, carbonero, techador. Después albañil, yoqui, lavacopas y hasta maestranza de la Policía Federal en Buenos Aires, adonde marchó unos años en busca de mejor fortuna, como tantos de sus comprovincianos protagonistas de un masivo éxodo rural de consecuencias sociales aún poco estudiadas.
Su madre, Norberta Espinoza Velazco; su padre, Victorio Díaz; el padre de su padre, Juan Felipe Ramírez: hasta en la habitual herencia del apellido materno don Eulogio Gregorio Espinoza es representativo del criollaje panzaverde.
Por si le faltaran motivos para sostener su amor a la querencia, pronto apagará 76 velitas porque vio la luz un 13 de marzo, como el caudillo Francisco Ramírez y eso mismo lo animó a participar de homenajes ecuestres al "Supremo entrerriano" en su provincia, y también en Corrientes (que fue capital de la República de Entre Ríos) y en San Francisco del Chañar, Córdoba, donde resultó ultimado Pancho Ramírez.
Para pesar de su padre "radical acérrimo, yrigoyenista", el primer voto de Quitilo fue por Juan Perón, porque vio que "ya los pobres empezaron a llenarse de plata", y de todos modos reconoce que, sin radio ni diarios a mano, pasaron años para que él y los suyos se enteraran entre los montes de Feliciano que había surgido el peronismo en el país.
Un santito bajo la piel
"Cuando salí de mi pago le pedí a él que me fuera todo bien, porque yo quería tener una casa. Yo solito, sin decir nada a nadie." La pobreza expulsaba a Quitilo, y la oración fue dirigida a Lázaro Blanco, claro, el chasqui felicianero que murió alcanzado por un rayo, y a quien los entrerrianos del Norte como él le piden intercesión por milagros. "Ilusión del rancherío, consuelo de noches largas", le cantó Linares Cardozo.
-¿Su mamá hablaba de Lázaro Blanco?
-Poco y nada, más mi padre; mamá era con la virgen de Itatí.
Pero entre las anécdotas y confesiones del Gaucho Quitilo sobresale una que él cuenta con particular interés, como una experiencia casi sagrada y una esperanza a la vez.
"Allá por el mil ochocientos y pico, un hermano de mi abuela, tío Luis Díaz, un muchacho de dieciséis o diecisiete años, andaba a caballo por esos montes cuando escuchó unos quejidos bajo un árbol. Se arrimó. Un hombre boca arriba, se quejaba. Lo ve y le dice «bajate m´hijo, sacame lo que tengo en la espalda, ahí vas a ver un bultito, entre carne y cuero. Cortame, sacame m´hijito». Estaba bandeado de un balazo, tiempo del caudillaje sería. Entonces se bajó. «Cortame che membuí, si no, no voy a poder morir.» Lo corta y le saca un santito así, de madera. Al rato fallece."
La familia acudía a la imagen como se acude a San Antonio por las cosas perdidas. "Con ese santito, se perdía plata, a la hora la encontrábamos; se perdía un caballo para el lado de La Paz, a los cinco días le llevaban el caballo; se perdía una vaca para el lado de Corrientes, a los diez , doce días, le traían la vaca. Lo colgaba y le miraba para donde estaba. Todas las veces", asegura el Gaucho.
Un buen día, en una de esas idas y venidas, la imagen diminuta quedó en Buenos Aires y Quitilo perdió el rastro. Desde entonces, cada tanto le vuelve la obsesión por recuperarla. "Mire, si me quedaba a mí, encontraba el cadáver de Aramburu, encontraba la chica que se perdió ahora".
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