
Ese territorio de tranqueras y alambrados conserva, gracias a su esfuerzo, un tesoro de libros, manuscritos y documentos
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El sentimiento de pérdida es parte de la existencia humana. El 19 de marzo de 2008, con la muerte de Etelvina Furt, la ciudad de Luján ha experimentado una nueva sensación de vacío. Se trata del hueco que dejan los que nacen en un pueblo chico y se con-funden con él.
No es posible pensar en "Pocha" Furt, sin esa urdimbre indisoluble de quiénes y dónde, llegan a ser a través de la vibración existencial de un legado.
Hablamos de una vida como herencia familiar, generacional; una vida como cumplimiento, como realización. El espacio que la constituyó y que hoy la redefine es Los Talas, estancia fundada por su tatarabuelo José Mariano Biaus en 1825, y confiscada por Rosas en 1840, durante diez años. Aquí escribió Esteban Echeverría Insurrección de los libres del Sud y comenzó La cautiva .
¿Por qué hablamos de legado, de bibliotecas, de escritores, de "tender a las superiores manifestaciones del espíritu", como decía Federico Monjardín?
Porque Jorge M. Furt, padre de Etelvina, humanista, historiador, con más de 60 obras publicadas, investigador incansable, lector curioso, atesoró en medio de la pampa libros antiguos, manuscritos, ediciones originales, literatura clásica, francesa, italiana, argentina y el archivo Juan B. Alberdi, cuyas cartas, dicen, cuidó Etelvina con recelo.
La avenida de eucaliptos fue transitada por Ricardo Molinari, Perlotti, Javier Villafañe, León Benarós y Liber Fridman. Solían quedarse en la estancia unos días, mientras Etelvina niña compartía charlas, encuentros y algún poema.
En 1791, fue depositaria de los bienes familiares que defendió, junto a su marido, desoyendo ofertas locales y extranjeras.
Ricardo Rodríguez, su esposo y compañero, se constituyó en custodio impecable de la biblioteca. Comenzaba a sacar el polvillo del primer libro y lo retomaba al año siguiente, en un periplo circular e infinito, digno de un cuento de Borges. (Los anaqueles guardan 40.000 volúmenes.)
Con el apoyo del sector público y de las universidades, lograron conservar el patrimonio y ponerlo a disposición de investigadores de todo el mundo.
La estancia, detenida en el muy romántico siglo XIX, supo tener en ambas Etelvinas (madre e hija) seres sencillos y orgullosos de su herencia, que vivieron con ese apego a la tierra, entre árboles típicos, como el espinillo de la leyenda que nos contó "Pocha".
Reina de la cocina de campo, de su flan de huevo y sus empanadas, seguirá cuidando la vida, las tradiciones y la historia de Los Talas, sin olvidar las begonias ni las magnolias, porque las violetas silvestres, de intenso perfume, pueden cuidarse solas.
La recuerdo desplegando vestidos de época sobre una cama; detallando opalinas, porcelanas; avivando el fuego de la chimenea de la sala, o mostrándonos el piano que ya nadie toca.
Así era su mundo, vasto como la llanura y pequeño como ciertas flores del campo.
Hubiera podido vender todo y marcharse a la ciudad, pero prefirió ese territorio de tranqueras y alambrados.
No me sorprende. Hace unos años, en un homenaje a Jorge M. Furt, León Benarós habló, detrás "de las casas", con un fondo de cielo rojo a un público atento y a la vez deslumbrado por el paisaje de la llanura que se quebraba en mugidos. Borges hubiera dicho: "No hay paraísos como los paraísos perdidos".






