Por su aporte a la vida social y económica, su presencia tomó importancia entre los siglos XVIII y XIX.
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Félix de Azara, ese ilustrado observador de nuestra sociedad rural de fines del período colonial, aseguraba que la mujer de los ganaderos se limitaba a hacer fuego para sacar la carne y calentar el agua para tomar mate.
Según el autor, era "puerca", andaba descalza y sólo vestía una camisa. Un viajero inglés fue aún más lejos y comentó que en la pampa las mujeres no tenían literalmente nada que hacer.
El padre de Carlos Pellegrini, por su parte, consideraba que las mujeres eran "bocas inútiles" en las estancias, opinión que compartía más de un hacendado de su época.
¿Es verdad que era tan indolente, pasiva y desgreñada la mujer de la pampa? Absolutamente no.
Aunque las faenas campestres eran vistas como cosa de hombres, la mujer jugó un papel mucho más dinámico de lo que se creía en la economía y la sociedad rural.
Una de las más activas eran las mujeres solas y viudas que, convertidas en chacareras y estancieros, siembran y levantan la cosecha con la misma habilidad con que administran la actividad ganadera.
En la época colonial tardía las estancieras más ricas invierten en casas y fincas urbanas, tienen cuartos de alquiler, compran quintas y esclavos y más de una es dueña de una atahona. Son analfabetas, es verdad, y sus dotes resultan modestas, pero tienen buen olfato para los negocios y saben tratar con capataces y peones, comer carne de bagual y hasta presidir las faenas rurales. Visten pollera de seda o bayeta, según su nivel de ingresos, corpiño, batas, casaca, rebozo y alguna lucirá zarcillos de oro.
Con los pantalones puestos Pero no sólo las mujeres solas trabajan y producen. Más de una esposa de estanciero no le hacía asco a las tareas del campo. Así, doña Agustina López Osornio, la madre de Juan Manuel de Rosas, mandaba parar rodeo, ordenaba los apartes e inspeccionaba a todo galope sus campos mientras su marido jugaba a los naipes en el escritorio o leía novelas picarescas en el corredor de la estancia. Y no cabe duda que la mujer del pobre labrador trabajaba a su lado en la siembra y la cosecha.
Las hijas del estanciero ordeñaban sus vacas lecheras y sus esclavas, además de cocinar, cuidaban la huerta, hacían velas, escogían el trigo y esquilaban las ovejas del amo.
Otras mujeres regenteaban pulperías o estaban al frente de alguna posta. Desde luego también la mujer en la pampa fue cocinera, planchadora, lavandera y nodriza. En la época de la inmigración masiva las niñeras extranjeras eran muy buscadas y cobraban un salario que duplicaba el de un peón, además de recibir casa y comida.
La presencia de la mujer llegó hasta la frontera con el indio. Allá, en los destacamentos militares, al borde mismo del desierto, los soldados compartían sus penurias con sus compañeras, las sufridas fortineras. Cocinaban y lavaban para su hombre, pero no vacilaban en abandonarlo cuando el cariño se enfriaba o el maltrato se hacía intolerable.
La pampa también conoció la prostitución. Los lupanares funcionaban en los pueblos, a veces cerca de una pulpería. En el campo la madama se traslada con sus rameras en carreta y cada vez que se detenían a hacer su oficio había fiesta y bailes.
El estilo de vida de la mujer de los bajos estratos sociales de la pampa fue muy duro. Perseguidas y despojadas de sus ranchos, de sus hijos, de sus ganados por los alcaldes y otros poderosos del lugar, también sufrían el maltrato de sus compañeros y aunque vivían hacinadas en sus ranchos no por ello perdieron su sentido de la honra.
La imagen de la campesina indolente, pasiva y sucia que nos dejó Félix de Azara está pues, lejos de ser representativa del abigarrado universo femenino que poblaba nuestra llanura.






