Rincón gaucho: desventuras de un arroyo devorado por la ciudad

Reclamos de vecinos por el entubamiento
Reclamos de vecinos por el entubamiento
Susana Boragno
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14 de abril de 2018  

El arroyo Cildáñez era un conjunto de zanjas que serpenteaban en un vasto territorio y en tiempo de lluvia desaguaban en forma natural en el Riachuelo. Integraba un bañado con una belleza natural propia con sus lagunitas bordeadas de sauces y ceibos, junto a una fauna acuática de anguilas, bagres, tarariras y pobladas de patos, teros, ranas, nutrias.

En los planos de la Ciudad del año 1895 se observa cuando cruzaba la proyectada Avenida General Paz ingresando zigzagueante entre las tierras de Juan C. Boerr y las de F.Bollini y Emilio Bieckert entre otros propietarios, tierras que habían integrado el Partido de Flores. Cobró protagonismo después de las inundaciones del 23 de septiembre de 1884. Las fuertes lluvias que soportó la ciudad afectaron a todas las esferas sociales, siendo índice de esta preocupación la intervención del presidente, Julio A. Roca, que partió de la Casa de Gobierno en un carro del Ministerio de Guerra acompañado por su edecán Gramajo.

Del mirador del edificio de los Corrales se divisaban unidas por el agua la Boca, Barracas y las inmediaciones de Flores. El presidente, al ver el estado del Matadero Público dijo que se "debería" trasladar ese establecimiento a un paraje más lejano de la ciudad. La propuesta se efectivizó el 14 de abril de 1889 cuando se colocó la piedra fundamental en la zona de Liniers Sur. La inauguración oficial fue el 1° de mayo de 1901. Este límpido zanjón comenzó a venir cargado de residuos peligrosos con sustancias orgánicas que producían gases pútridos que lo tornaban tóxicos, repugnantes y graves para los vecinos, especialmente en verano donde se incubaban moscas, mosquitos e insectos que eran vectores de terribles enfermedades. Se lo llamaba Arroyo de la Sangre. Fue un problema sanitario y social.

Las faenas se hacían en las playas de matanza. Como era costumbre en los Corrales Viejos, concurría público para ver la matanza. Existían ciertas creencias que algunas enfermedades se curaban encerrando a un niño en el vientre vacío de la vaca recién carneada para recibir el "baño de calor". Los "extranjeros" como les llamaban, gente paqueta y bien vestida, solían pedir "por favor" una copa de sangre caliente del animal degollado, que con una cucharita larga la batían y la bebían a sorbos cerrando los ojos, con la esperanza de que se produjera el milagro: frenara la tisis, la tos y que su tuberculosis se curara. Lo repetían diariamente, algunos se curaban y otros se cansaban de hacer esos largos trayectos del centro a los mataderos. A los trabajadores les costaba entender, que ellos carecían de buen calzado, ropas adecuadas y crecían sanos. Con el tiempo se prohibió asistir a ver la matanza de los animales.

Era un espectáculo ver el trabajo de los mucangueros, los que recogían la mucanga, residuos no comestibles. Los chicos se ayudaban con unos alambres de púa que cruzaban en el arroyo, para luego recoger la grasa, trozos de sebo, tiras de mondongo que colocaban en grandes tachos, para vender a las graserías. En su juventud, el boxeador Justo Suárez se encontraba entre ellos. Cuando se abrió el frigorífico, absorbió el trabajo de las playas abiertas y finalizó el trabajo de los mucangueros.

En 1925, hubo un Proyecto Orgánico para la Urbanización del Municipio, se lo conoció como Plan Noel, proponía "...la ruta de la sangre unirá el Matadero por el Cildáñez con el Riachuelo...".

Debido a las inundaciones que soportaba la capital, el Gobierno encaró en 1919 un proyecto de obras de desagüe pluviales y el entubamiento de los arroyos, que luego aprobó el Congreso.

El primer tramo del arroyo Cildáñez fue entubado en 1940, pero otra parte continuaba a cielo abierto y estaba lleno de conmovedoras historias. No tenía muros de contención en sus orillas y muchas veces los niños se caían a sus aguas infectadas donde era una muerte segura, lo mismo que los ciclistas y los carros de lecheros. Finalmente, tras muchas dilaciones, el entubamiento se concretó cuando las empresas Iacusa y Odisa ganaron la licitación convocada por la Municipalidad en 1962. Las obras finalizaron con el "Gran Acto del Triunfo" en 1965, con la presencia del intendente Rabanal y del vicepresidente, Carlos Perette. Se le había puesto la "Tapa al Cildáñez" a este inocente arroyo que se convirtió en un peligro para la comunidad.

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