
El artista celebra sus cuarenta años de dedicación a la pintura con una extensa muestra en Arandú Atalajes
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Su taller en Santa Coloma le asegura contacto con la "tierra adentro", que desde hace cuarenta años se dedicó a pintar. Ese olor a campo; el devenir natural que ocurre más allá de su alambrado entre las siembras y cosechas; el silencio de la noche y la voz del viento, que a veces le trae otros sonidos, todo eso le asegura naturalidad con la materia de la que se ocupa. Pero más allá de lo funcional de ese lugar, Rodolfo Ramos ha descubierto hace mucho que sólo podía echar raíces en un pueblo rural, y en cuanto pudo emigró de la ciudad al campo.
Esa relación vivificante con el ambiente, que viene ya desde sus primeros años, ha sido un soporte esencial para el desarrollo de su observación creativa y de su casi obstinada dedicación por alcanzar imágenes de intenso realismo.
Estas impresiones vienen a cuento de su actual exposición, montada en Arandú Atalajes a propósito de sus cuatro décadas como artista. De esas obras ha dicho Rafael Squirru: "Ramos se aproxima a Remington o a Wyeth, pero bien entendido que ese parentesco, lejos de quitar, añade americanismo, en su caso criollo, del arte actual".
La muestra propone un extenso y variado recorrido: la pulpería, el payador, el arriero, el indio y el soldado de la época en que se redefinían -no sin tensión- las fronteras internas, el pueblero, la doma, el aislamiento y la rusticidad del puestero, el paisaje pampeano.
La compleja composición de cada una de las obras refleja la intensidad de la mirada de Ramos, su disfrute de la extensión libre -acaso reminiscencia de la pampa antigua- y su cercanía con el hombre de a caballo, recorredor y rústico por oficio, persistente y duro como las rocas patagónicas, aunque también poeta y cantor, a veces, de una sensibilidad que se trasluce a pesar de la parquedad.
Por otra parte, Ramos demuestra en su producción un exhaustivo conocimiento de las costumbres del hombre de campo, su modo de vestir, su postura en diversas situaciones de trabajo, las herramientas que se usan, las típicas diversiones... La destreza con que desarrolla sus obras corre pareja con su formación a través de la lectura de los clásicos de la gauchesca y de la historia argentina. También es reconocible hasta en los títulos su atención a las expresiones de las que todavía se valen los payadores.
Algunas de las situaciones que elige muestran un paisaje que ya no es y hombres que sólo se encuentran en sitios de extremo aislamiento, donde el tiempo parece haberse detenido. Otras, tienen relación directa con la literatura.
Su trayectoria deja ver la intención de mostrar lo argentino. También la construcción del país desde lejanas épocas (el territorio y sus dueños originarios) hasta la actualidad, con su trajín ganadero.
Reencontrarse con las obras de Rodolfo Ramos, sobre todo para los que no vivimos en el campo, es una manera de descubrirlo en sus detalles, una posibilidad de tomar contacto casi directo con ese mundo del que tenemos referencias por antepasados chacareros, en muchos casos inmigrantes, y también desde la escuela. La pintura, en este caso, es un pasaporte a uno de los ambientes que más definen la cultura local.
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