
Dos mil millones de hectáreas sufren los efectos de la erosión
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Existe una creciente preocupación mundial por la sustentabilidad de la agricultura. Las razones principales se relacionan con que los recursos de tierras arables son finitos y los puntos críticos se presentan en los problemas crecientes y generalizados de degradación de suelos, en la necesidad de preservar el recurso para su utilización a largo plazo, en los efectos sobre el cambio climático global y en el crecimiento de la población de los países en desarrollo.
Uno de los retos más importantes que afronta la humanidad es la degradación de los recursos naturales y concretamente la degradación de los suelos cultivados. La producción alimentaria se ve así amenazada como resultado de la deforestación, la explotación excesiva y desordenada y los sistemas de producción no sustentables. La espectacular explosión demográfica de las últimas décadas ha conducido a la roturación de tierras en ecosistemas frágiles, causando procesos irreversibles de erosión, desertificación, salinización, deterioro de acuíferos y pérdida de biodiversidad.
Más del 80 por ciento de la población mundial habita en países donde la agricultura es el principal medio de vida, a pesar de lo cual los procesos de degradación afectan a los suelos de muchas áreas tropicales, subtropicales y regiones áridas del planeta. Como consecuencia de ello, 2000 millones de hectáreas han quedado irreversiblemente degradadas y de las 1700 millones restantes, un 60 por ciento -unas 1000 millones de hectáreas- posee procesos degradatorios de moderados a graves, que afectan anualmente entre cinco y siete millones de hectáreas de tierra productiva. En 1990 existían 0,25 hectárea de tierra arable por habitante, mientras que actualmente ese valor disminuye a 0,23 hectárea por habitante, como producto del proceso destructivo continuo.
En realidad no se termina de comprender que la vida sobre la tierra depende en gran medida de las diferentes funciones cumplidas por los suelos, para asegurar la provisión de alimentos, el uso sustentable del agua, conservar la diversidad biológica y el control del clima global.
En los últimos años, la problemática del calentamiento del planeta, derivado de la acumulación creciente en la atmósfera de los gases de efecto invernadero, ha acaparado la atención de los organismos internacionales proveedores de financiamiento, lo cual ha contribuido a ignorar o a no dedicarle la atención y recursos necesarios a la evaluación de los procesos de degradación de tierras, como tampoco a acciones concretas para controlar dichos procesos.
Sin menospreciar los posibles efectos negativos de los cambios climáticos globales a mediano y largo plazo la realidad indica que en la actualidad los procesos de degradación de tierras, incluyendo su contribución a la emisión de gases de efecto invernadero, tienen un impacto y consecuencias negativas globales mayores para la vida del hombre sobre la tierra, que el mismo calentamiento del planeta por sí solo. La degradación de los suelos y la desertificación contribuyen a que, en el nivel local, los efectos catastróficos de acontecimientos climáticos extraordinarios sean mucho más graves. Cambios en el uso y manejo de las tierras, tales como deforestación, laboreo excesivo, con descenso de la materia orgánica, quemas de pastizales y bosques que provoquen degradación del suelo pueden acelerar la emisión de dióxido de carbono a la atmósfera. Por el contrario, un buen uso de la tierra y prácticas adecuadas de manejo de suelos y cultivos, pueden contribuir a incrementar el carbono "secuestrado" en el suelo contribuyendo así a reducir los gases de efecto invernadero y con ello mitigar el cambio climático global. Este es el caso del sistema de siembra directa que alcanza en la Argentina una superficie cercana a los 10 millones de hectáreas y con un crecimiento exponencial en los últimos años.
Convención
En términos generales, no se observa correspondencia entre las intenciones, compromisos y convenciones sobre el control de la degradación de recursos naturales y desertificación, y las acciones y recursos dedicados a su control y prevención por los países. Contrariamente, mientras más crecen las preocupaciones sobre la necesidad de controlar dicha degradación y alcanzar formas sustentables de agricultura, más disminuye el apoyo en recursos humanos y financieros, para realizar la investigación y extensión en conservación de suelos.
Afortunadamente, en este momento hay varias organizaciones internacionales relacionadas con la promoción del uso sostenible del recurso suelo, las cuales están preparando documentos que implicarán compromisos conjuntos de los países. Ellos van desde la formulación de una nueva convención internacional sobre el uso sostenible del suelo, hasta protocolos específicos para ser incluidos en otras convenciones tales como la de Biodiversidad y la de Combate a la desertificación. En cualquier caso, éste es el momento adecuado para que la comunidad científica encuentre maneras efectivas para la sensibilización de políticos y legisladores que conduzcan a acciones específicas.
La conservación del suelo para las generaciones futuras constituye un deber moral irrenunciable. Llevarla a la práctica está todavía a nuestro alcance y contempla una conducta que debe y puede llevarse a cabo de manera individual, sin esperar que las iniciativas provengan siempre de los gobiernos.
El autor es director del Instituto de Suelos del INTA - Castelar.





