
Por Néstor E. Roulet Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Recientemente dimos a conocer un estudio de Cartez (Confederación de Asociaciones Rurales de la Tercera Zona) por el que demostramos que no tiene nada que ver el valor comercial del campo con su valor productivo. Este estudio tiene un alto valor conceptual, ya que demuestra con valores numéricos la baja sustentabilidad que tienen algunas afirmaciones del Ministerio de Economía relacionadas con el campo.
Estamos convencidos de que detrás de estas posturas hay toda una trama ideológica que pretende, partiendo desde hipótesis erróneas con resultados manipulados y subjetivos, alinear a parte de la población en un posicionamiento adverso hacia nuestro sector.
Decir que el campo tiene rentabilidad porque lo demuestra el alto valor de nuestras tierras es desconocer ciertas teorías del precio de los bienes, que no siempre es representativo de su rentabilidad productiva. En términos técnicos, el precio del campo equivale, en moneda constante, al flujo de ingresos netos futuros durante un determinado tiempo, generalmente diez años.
Tomando diez años de ingresos netos de un productor propietario de 400 hectáreas en el sudeste cordobés, el valor productivo de la tierra es de alrededor de US$ 600 por hectárea, diez veces menor comparado con los US$ 6000 por hectárea del valor comercial de la tierra.
Esta realidad tiene su explicación en los constantes cambios que sufrió el país, con incentivos hacia la especulación. Cuando el gobierno de turno se encargó de triturar el ahorro de los pequeños y grandes productores, la adquisición de tierras se convirtió en el ahorro forzoso para protegerse de la depreciación monetaria.
Por lo tanto, el campo debe ser medido como bien productivo, agotable y de uso, no de especulación financiera o elemento de protección ante medidas económicas inestables y de corto plazo.
Decir que el campo es el gran favorecido por este dólar alto es otra afirmación que proviene de una hipótesis equivocada.
El sector agropecuario vende su producción con un dólar de $ 2,30-$ 2,90, menos el 20% de retenciones, y tiene que comprar todos sus insumos con un dólar de $ 2,90. La asimetría, acompañada con la suba del valor de los insumos en dólares, hace que el margen bruto,- sobre todo en cultivos con elevado costo en insumos, se convierta en negativo.
Entre el dólar agropecuario de $ 2,30 y el dólar de $ 3,10 con que algunas empresas exportan y tienen el 5-7% de reintegro hay una diferencia del 30%, lo que significa que para el Gobierno hay un 30% de competitividad productiva dentro del país. Nuestra pregunta es quiénes son los verdaderos beneficiados con este dólar alto.
También los impuestos
Decir que si todos los hombres del campo pagaran el impuesto a las ganancias, se podrían sacar las retenciones es hacer una afirmación para que se nos catalogue de evasores.
En el estudio realizado por Cartez el promedio de pago por hectárea del Impuesto a las Ganancias fue de US$ 32,76/ha; teniendo en cuenta los 30 millones de hectáreas cultivadas en el país, el pago de impuesto a las ganancias sería de 960 millones de dólares. ¿Ustedes creen que el ministro cambiaría los 960 millones de dólares del impuesto a las ganancias -del cual gran parte se paga- por 2800 millones de dólares de las retenciones?
Decir "mientras haya pobres en el país van a existir las retenciones" es no reconocer el empuje productivo de la agroindustria.
El campo produce un litro de leche por habitante por día, prácticamente medio kilogramo de carne por día por habitante, tres kilogramos de soja por día por habitante. Somos considerados desde hace 50 años un sector extractivo; un ex secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación -en el año 2000- llevó a cabo un estudio en el que demostraba la transferencia del campo hacia otros sectores de 5000 millones de dólares. Hoy, entre los impuestos a las ganancias, bienes personales y al cheque, entran a las arcas del Estado 1200 millones de dólares que, sumandos a los 2800 millones de dólares por retenciones, nos da un aporte de 4000 millones de dólares. ¿Es culpa del campo que haya pobres, o será culpa de los que hace treinta años dirigen al país, de los que pasaron, todavía están y ahora se olvidaron que estuvieron?
No comprendemos el uso de tantas herramientas mediáticas para confundir a la opinión pública, aprovechando el desconocimiento de parte de la población sobre la cultura, la función social y la realidad económica del campo.
Dentro de este sistema de convivencia aceptamos que una persona pueda pensar distinto aunque no lo compartamos, aceptamos que dentro de un sistema de debate de opiniones quiera imponer su propia ideología.
Lo que no toleramos es que se la trate de imponer, cueste lo que cueste, sin consenso, con informaciones distorsionadas y desautorizando, con adjetivos irónicos, a los que piensan distinto.
Decir que "como el pedido de bajar la presión tributaria por los empresarios del campo es ideológico, tendrían que formar un partido político y presentarse a elecciones" es insinuar que sólo se toman medidas económicas en favor de los empresarios que piensan igual que el Gobierno, que se gobierna para una parte de los argentinos o por el contrario, que los del campo tenemos la obligación de aportar y no el derecho de participar en un proyecto integral del país.
Como decía el General Belgrano, "en vano los hombres se empeñan en arrastrar a su opinión a los demás, cuando ella no está cimentada en la verdad".
Solo con la verdad podremos hacer una Argentina diferente.
El autor es presidente de la Confederación de Asociaciones Rurales de la Tercera Zona.






