
Después de diez años de crisis, la rentabilidad retorna a los establecimientos
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Tras un prolongado período de retrocesos y quebranto, cuya máxima depresión se verificó durante la última década, cuando se redujo al 30 por ciento de su potencial histórico, la ganadería ovina experimenta un incipiente proceso de recuperación. El incremento de los precios en el mercado internacional de la lana, la devaluación interna y alentadores pronósticos en materia de exportación de carne armonizaron con precisa e inédita puntualidad. El segundo semestre de 2002 abrió cauce al optimismo, generando favorables expectativas para 2003.
No obstante, se teme que un aumento de la carga fiscal derive en una nueva frustración para el sector. La incógnita acerca de las consecuencias del denegado ajuste por inflación en la liquidación de ganancias y la aplicación de mayores retenciones subyace entre quienes auguran un futuro promisorio.
Rodeos en baja
Si bien no se dispone de estadísticas actualizadas y confiables, salvo en la provincia de Chubut, las existencias de lanares alcanzarían a 13,5 millones de cabezas. Más de la mitad del stock se concentraría en la región patagónica, en tanto que en la pampa húmeda el índice no superaría el 20 por ciento. A su vez, el NEA, NOA y Cuyo reunirían el 9, 7 y 1 por ciento, respectivamente. En conjunto, las razas Merino y Corriedale acumularían unos 12 millones de animales.
Estos registros convalidan el progresivo derrumbe que afectó a la ovinocultura, particularmente durante el último decenio. En tal contexto, la zona pampeana acusó el mayor impacto de la crisis: de sus históricos 25 o 28 millones de cabezas, actualmente sólo se contabilizaría un escaso 10 por ciento.
"Cualquier producción crece cuando de ella se obtiene una renta. Luego de alcanzar los 60 millones de ovinos, en los años que fueron aplicados diferenciales de cambio y retenciones a la exportación. Así fuimos retrocediendo hasta los actuales 13/13,5 millones", puntualiza el ingeniero Alejandro Duhart, presidente de la Asociación Argentina Criadores de Merino. "Durante la década de 1990 se terminó de dar el golpe de gracia, debido a los bajos precios internacionales de las lanas, a causa del excesivo stock acumulado por Australia. La reducción de las existencias mundiales resultó del 35 por ciento", acota. Como consecuencia directa de la caída de la producción, "se generó la actual suba de precios, a raíz de que la demanda por lanas y carnes supera holgadamente a la oferta", infiere Duhart.
Para Horacio Cook, de la Asociación Argentina de Criadores de Corriedale, "la ganadería ovina tiene un largo camino por recorrer, a partir de un pasado reciente poco favorable". El dirigente funda su optimismo en "la suba de precios de la lana en el mercado mundial, luego de la desaparición de los stocks australianos, la posibilidad de acceder a la colocación de carnes ovinas en distintos destinos y la disminución del IVA a la mitad, equiparándolo con la tasa que grava a la hacienda vacuna".
Diego Perazzo, vicepresidente de Compañía de Tierras Sud Argentino -emprendimiento de la familia Benetton, que cuenta con 270.000 animales en esquila, el mayor rodeo de lanares del país y el segundo en el nivel mundial-, coincide en que "la década del 90 resultó nefasta para el sector". El empresario admite que la crisis "determinó una caída vertical en la producción de lana, al punto que mientras en 1991 se obtuvieron 120.000 toneladas, la zafra 2000/2001 apenas acumuló 58.000".
Los grandes establecimientos "lograron capear el temporal, debido a su mayor capacidad financiera para absorber los costos fijos". El empresario advierte "una luz de esperanza en el porvenir inmediato", pero plantea la necesidad de que "las autoridades comprendan la necesidad de fomentar la producción y no poner trabas, ni mayores cargas impositivas".
Un enfoque similar propone Ricardo Gil Alvarez, avezado martillero que desarrolla sus actividades al sur del paralelo 42. "En Santa Cruz y Chubut existen centenares de campos y establecimientos abandonados. Se requiere la adopción de medidas concretas, de fomento y apoyo. Aun con restricciones de mercado y depresión de valores, el productor ha seguido invirtiendo en el mejoramiento genético, en una apuesta por el país. Sería injusto -sintetiza- frenar este principio de reactivación".
La disponibilidad de nuevas tecnologías constituye uno de los pilares para la reconstrucción de la actividad. Horacio Cook no vacila en subrayarlo: "Las existencias podrían duplicarse sin una significativa ocupación de superficie, fundamentalmente en la región central".
Duhart sostiene que la pampa húmeda reúne las mayores posibilidades de crecimiento, siempre que se encare un tipo de explotación intensiva, con cargas no inferiores a 20/25 cabezas por hectárea. Esto sería posible sólo si se penaliza el abigeato, se ordena la cadena de comercialización y se logra que las plantas procesadoras permanezcan estables en el año.






