
Fascinado por el aporte aborigen a la cultura nacional, Eduardo Pedro Pereda acerca a la comunidad las artesanías que colecciona desde su juventud.
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TRENQUE LAUQUEN (De una enviada especial).- Descubrir una cultura aborigen que se gestó a ambos lados de los Andes del Sur mediante las joyas de metal y los tejidos que se utilizaron entre fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XX es una experiencia que permite valorar la sabiduría que "la vieja sangre trae consigo", como diría el antropólogo Carlos Martínez Sarasola.
El interés de Eduardo Pedro Pereda por desentrañar la cosmovisión mapuche, a través de las artesanías que encontró en esta ciudad y en Neuquén durante su juventud, lo movilizó a intensificar la búsqueda de piedras talladas como también de piezas de orfebrería y de telar confeccionadas por estos aborígenes.
Con el paso de los años, fascinado por las raíces culturales que conservaba como un legado la tierra en que su abuelo impulsó la explotación agropecuaria del oeste de Buenos Aires, recorrió museos y anticuarios para reconocer el valor histórico de los elementos que poseía y para sumar otros a su colección.
Si bien Pereda se define como productor agropecuario, resulta evidente que anida una vocación docente cuando se refiere a su afán por rastrear el pasado indígena en nuestro país y por conservar testimonios de la influencia mapuche en las costumbres criollas.
El sentido de este esfuerzo se evidencia en la muestra que hasta el 31 del actual estará abierta al público en el Colegio de Escribanos de esta ciudad.
La exposición refleja una prolija síntesis de la influencia araucana en la pampa. Allí aparecen cetros e insignias de guerra, que los mapuches portaban con el deseo de alcanzar la dureza de la piedra; pipas en forma de estrella, que eran utilizadas por varias personas al mismo tiempo, durante la celebración de pactos; morteros en los que se molía el trigo, el maíz y el fruto de la araucaria; boleadoras; ponchos confeccionados con diferentes técnicas, y joyas de plata que las mujeres se colocaban en el cuello, en el pecho y en la cabeza.
Al rescate de la historia
"En Nueva Castilla, el campo que mi abuelo licitó en 1878 y que sólo pudo recorrer en 1883, pues la existencia de indígenas dispersos en el territorio representaba un peligro para su vida, encontré puntas de flecha, pedacitos de cerámica cocida que formaban parte de vasijas, boleadoras y platos de morteros.
"Durante el verano, mi hermana Isabel y yo recorríamos a caballo los médanos de arena, fascinados por los rastros de quienes nos precedieron en el arraigo y alentados por el desafío de hallar más piezas para reconstruir el pasado.
"Una apasionado por la historia de los aborígenes, el farmacéutico José Mayo, incentivaba nuestro anhelo por descubrir los misterios de esa cultura ancestral", relata Eduardo Pereda.
La fascinación por la sociedad mapuche domina el diálogo con él. A medida que su testimonio profundiza en el encuentro con descendientes de esta tribu en la región patagónica, su espíritu se enciende como un faro para arrojar luz sobre la oscuridad en la que parecen sumergirse los secretos aborígenes.
"Cuando me recibí de bachiller, viajé al Sur con un amigo. Mientras recorrimos Neuquén observamos el arreo de hacienda desde las zonas de invernada a las de veranada, porque en las alturas de la precordillera es mayor la disponibilidad de pastos. En esos desplazamientos participaba toda la familia. Recuerdo que las señoras llevaban importantes adornos de plata sobre su pecho. Me parecía increíble que en 1944 todavía pudiera verse ese tipo de objetos.
"Al pasar a Chile nuestra sorpresa fue mayor. Una verdadera procesión de descendientes de mapuches se dirigía desde las más alejadas chacras a los centros urbanos para comercializar sus productos. Las mujeres lucían su mejor atuendo y ostentaban sus alhajas de plata.
"El diseño de las piezas reflejaba que, tras el potencial creativo se asomaba una actitud mística, que nacía de la necesidad de un personal encuentro con la divinidad, mediante el contacto con la naturaleza", recordó Pereda, con la misma avidez por conocer que se reconocía en él cuando era mozo.
Convencido de que la original expresión de esta cultura estaba destinada a perderse, se empeñó en conservarla. Por mucho tiempo la colección de artesanías permaneció en cajas de zapatos, que un amigo le permitió guardar en un banco.
Cuando por insistencia de su familia fue en busca de las piezas y las tendió sobre una mesa para apreciar lo que había reunido, la fuerza del conjunto le impresionó de tal manera que destinó un cuarto de su casa para exponer desde piedras talladas hasta fajas de lana y collares de cuentas de vidrio. Esa necesidad de indagar el ayer carecería de sentido si no se complementara con la intención de compartir los hallazgos. Por eso hoy se asoma en su sonrisa la satisfacción de cumplir una misión importante al acercar a la comunidad las huellas de la trayectoria aborigen en esta porción de América.
Para evitar que la participación de las etnias autóctonas en la conformación de nuestra Nación quede sepultada en la ingrata tierra del olvido, iniciativas como ésta trazan un camino hacia la valoración de lo indígena como parte de nuestra identidad.





