
Gerardo Montero aprendió el oficio jugando con su padre; hoy moldea el adobe junto con sus dos hijos y espera que sus nietos sigan con este antiguo arte
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SANTA ROSA.- Desde que sus padres se instalaron en las afueras de Santa Rosa, Gerardo Montero hundió sus manos en el barro para moldear el adobe del que más tarde fraguarían los ladrillos.
Hornero de nacimiento, Montero aprendió el oficio jugando con su padre. Hoy, a los 52 años trabaja el adobe junto con sus dos hijos y espera que sus nietos continúen con su arte y formen la cuarta generación de horneros.
Poco cambió desde que su padre llegó a La Pampa. Con la misma técnica con que aparecieron esos primeros adobes cocidos, el ladrillo, material casi irremplazable en la construcción, aún se fabrica artesanalmente, con secretos que se transmiten de una generación a otra.
En el medio de una pampa brava, todos los días una colonia de horneros hace su trabajo silencioso e ignorado y unta sus manos en el barro, en las afueras de Santa Rosa.
Y son precisamente las manos de Gerardo Montero, segunda generación de horneros y hacedor de -por ahora- una tercera, las que muestran la rudeza de un oficio sacrificado, que sigue amasando el barro a pies de caballos que desfilan por el pisadero, que corta los ladrillos a mano y que quema el ungüento a fuerza de fuego constante durante varios días.
Allí no hay tecnología, los hornos no tienen termómetros y el combustible sigue siendo la leña que aprovecha el viento de La Pampa para mantener la llama. En ese paraje el tiempo se ha detenido y la producción reposa en dos pilares: el trabajo rudo y el oficio que cada generación recepta de la anterior.
"Aquí se sigue la cadena, pocos son los que salen. Los padres enseñan a sus hijos y los hijos a los nietos. Los hijos varones son todos horneros; las mujeres no tanto", dice orgulloso Montero.
Un territorio marrón
Hay que alejarse unos cinco kilómetros de Santa Rosa para llegar a Los Hornos; después de dejar atrás una ruta pavimentada y bordear una laguna por un camino de tierra, arenoso y ancho, con eterno polvo suspendido que dejó flotando el auto anterior.
A diferencia de otras zonas de La Pampa, en el territorio hornero los frutos de la tierra no son el amarillo de los trigales; ni el verde intenso de alguna pastura. Allí el suelo luce agotado, y el color que predomina es el marrón. Los pastos son espinosos y los árboles bajos; apenas algún caldén viejo -el árbol característico de la zona- rompe la monotonía.
En Los Hornos el calor se multiplica, la sombra es escasa y la tierra se entibia. En ese paraje cercano a Santa Rosa, el suelo tiene otra tarea: desprenderse de su capa superior para que el hombre la cocine.
Los hornos de ladrillos van apareciendo como chimeneas inconclusas, humeando por donde pueden, con forma de pirámide sin terminar, sin vértice. Esta construcción no consiste en otra cosa que en miles de ladrillos apilados, puestos a mano de hornero, uno arriba de otro, que forman varios pasillos interiores por donde se introduce el fuego.
Cada una de esas bocas, las hornallas según palabra de hornero, se tornará indispensable para que esos miles de trozos de barro perfectamente cortados se cocinen y tomen el color naranja que los caracteriza.
"Las hornallas son como canaletas que quedan en la base del horno. A los extremos se los llama bocas y éstas deben apuntar al lugar de donde venga el viento porque es fundamental para que la leña se queme en el interior del horno", comenta Montero mientras recorre con sus rudas manos los restos de lo que fue un horno reciente.
Pero la horneada del barro, que dura entre tres y cuatro días de fuego ininterrumpido, es la última etapa de un trabajo que empezó no menos de 40 días antes.
"Lo primero que se hace es preparar la tierra, con agua y con lo que cada hornero le eche", dice Montero restándole importancia a uno de las etapas más importantes de la producción.
Sucede que es allí donde se esconde la mayoría de los secretos para que después resulte un buen ladrillo. "Yo busco la tierra y la amontono en el pisadero. Luego le pongo las camas que se retiran de los stud de caballos (una mezcla de aserrín y paja que se usa en las caballerizas) y después le agrego el agua justa", comenta a LA NACION Montero bajo el sol impiadoso del mediodía. "Luego se mezcla en el pisadero", agrega.
El pisadero es uno de los lugares característicos de los hornos. Son circunferencias de seis o siete metros de diámetro donde se mezcla la liga (materiales como aserrín, paja o bosta de caballo) y la tierra. Luego, la porción justa de agua y a echar los caballos.
"Los caballos caminan dentro del pisadero, dando vueltas en círculos entre un día y un día y medio, según las ganas", cuenta Montero meneando la cabeza.
El ojo de buen hornero es el que determina cuando la enorme masa está apunto. "Cuando el caballo levanta la pata y el barro queda liso significa que está a punto", agrega con sencillez, sabedor de que pocos mortales podrían darse cuenta del justo punto del adobe.
Con el barro a punto, se impone el corte de los ladrillos en molde. El barro se sube a toscas carretillas y de allí se transporta al banco de corte. "Esto se hace a mano, de a uno. Tardamos entre un día o un día y medio para cortarlos, según el tamaño de la hornalla", comenta.
Luego, los ladrillos se orean al sol para que tomen consistencia y después van a una hilera de unos 15 metros de largo, apilados a mano y ubicados de tal manera que el aire circule para que se seque el adobe.
Allí permanecen el tiempo que sea necesario hasta que estén definitivamente duros y aptos para ser llevados a la hornalla.
Los tiempos de producción son impredecibles. "Todo depende de si hay lluvia o no. Además es muy distinto en invierno que en verano, y si hay sol o no. Si no llueve mucho, en menos de treinta días se termina, pero el promedio es de 40 días, aproximadamente", cuenta Montero con una voz ronca y amigable.
Estas hileras contienen el único cambio que puede percibirse entre la producción actual y la primitiva: para cuidar los adobes de la lluvia, antes se utilizaba paja y ahora se usan inmensos pliegos de polietileno negro.
Que no se apague el fuego
Después, llega el momento de la quema. Los brazos de los horneros serán los encargados de transportar todos los ladrillos y las manos las que deberán darle la forma al horno. Cuidar que las hornallas queden perfectamente orientadas para recibir el viento pampeano, y tener a mano la cantidad de leña suficiente como para mantener vivo el fuego el tiempo que necesite el adobe para convertirse en ladrillo.
Según cuenta Montero, actualmente está haciendo quemas de 20.000 o 25.000 ladrillos, pero hubo épocas en las que llegó a hacer algunas de 40.000. "Y con 2000 de desperdicio, nada más", dice orgulloso.
Para una quema de 20.000 ladrillos se necesitan unas siete toneladas de leña, que se consumen en los cuatro días que dura la quema.
"Esta es la etapa más importante en este trabajo, porque, desde que se prende, el fuego no se puede apagar nunca. Ni de día ni de noche", aclara Montero por si acaso le queda alguna duda al cronista.
También acá se desempolvan varios secretos generacionales. "Si se pasan de fuego, los ladrillos se funden, por eso hay que controlar mucho que el calor sea justo el que se necesita", añade. "¿Qué temperatura hace dentro del horno?", preguntó LA NACION. "Eso es lo único que no hemos medido. Pero igual nosotros sabemos cuando el fuego está bien, trabajamos como hemos aprendido, a ojo de buen hornero", remata.
Y será así nomás. Quizá en las limpias noches de la pampa, mientras pernoctan a la luz del fuego que no puede apagarse, Montero le habrá contado a sus hijos como mantener el fuego a la temperatura justa.
Así de simple y sencillo. Mate en mano y con la cara resplandeciente por las llamas, un padre le habrá enseñado a sus hijos los secretos de un noble y antiguo oficio con el que ganarse la vida. Salud.
PASO A PASO. Primero se prepara la tierra con agua y una mezcla de aserrín y paja que se usa en las caballerizas; luego de que los caballos pisan el barro hasta dejarlo a punto se impone el corte de los ladrillos en molde; después, se orean al sol y se apilan a mano en una hilera de quince metros de largo y, por último, se enciende el gran fuego en los hornos y se procede a la quema durante cuatro días.
Secretos de los caballos del pisadero
Para ser destinados a esta tarea, no basta con que no sepan galopar, sino que se requiere un tiempo de aprendizaje
SANTA ROSA (De un enviado especial).- "Caballo que no galopa va derecho al pisadero...", resuena cada vez que Horacio Guaraní interpreta "Caballo que no galopa", una de sus clásicas canciones.
Sin embargo, para ser caballo de pisadero no es suficiente con no saber trotar, sino que es necesario un tiempo de aprendizaje.
Con la misma pasión que desnuda su voz cuando recuerda que esas dos hectáreas y media que tiene las compró después de que su padre "tuvo el primer horno en lo de Eberardt y más tarde en lo del «finao» (sic) Muñoz", Montero habla de sus caballos. "Hay algunos horneros que los maltratan, pero yo los cuido. ¿Y cómo no los voy a cuidar si son los que me dan de comer a mí y a mi familia?", se pregunta.
El pisadero, esa enorme olla de unos seis metros de diámetro donde se amalgama el barro y sus agregados, es el lugar donde los caballos tienen que hacer su trabajo.
Montero tiene nueve "caballos para trabajar", como él mismo los define. Los nueve entran juntos al pisadero y giran el tiempo necesario hasta que el adobe esté a punto. Sólo uno tiene jinete y es el que guía a los demás. "Son iguales que las personas, si no los empujás un poco no trabajan", cuenta sonriente.
Pero no siempre los caballos trabajan durante todo el día. "Es un trabajo duro porque imagínese que se entierran bastante en cada paso. Tienen que descansar para poder seguir hasta que terminen", dice con tono de patrón comprensivo.
En la tropilla de Montero, los potrillos que nacen empiezan a trabajar a los dos años. "A esa edad se les empieza a enseñar, porque al principio se retoban. El barro es un trabajo pesado", insiste. Después del extenuante día en que se prepara el adobe, el caballo descansa hasta la próxima horneada. Pero no sólo es necesario que el caballo sepa dar vueltas en círculo, sino que, además, tiene que tener la fuerza suficiente como para sacar sus patas y manos del barro para dar el próximo paso. "Hay que alimentarlos bien, para que estén fuertes. Si no, no se mueven", agrega.
Como en tantos otros oficios, el caballo domesticado y manso, se tornará, quizás, en la herramienta más importante.
Y Montero lo sabe bien.
Tanto sacrificio tiene su buena recompensa
Se trata de un trabajo muy rudo, pero bien remunerado
SANTA ROSA (De un enviado especial).- Soportar las impiadosas siestas de verano en La Pampa o las gélidas madrugadas de invierno a la vera de un horno encendido, ¿vale la pena? "Sí, la verdad es que no nos podemos quejar", contesta Gerardo Montero, que aclara que de los frutos del horno puede comer toda su familia. La venta de los ladrillos se hace por unidad. Los mil ladrillos se pagan entre 270 y 300 pesos puestos en la obra. Sin embargo, no todos se cotizan de la misma manera. "Los que quedan cerca de la hornalla, obviamente, tienen más calor. Esos ladrillos se cotizan un poco menos, son muy duros y se los suele utilizar para cualquier destino que no sea pared, por ejemplo para veredas.
Los operarios de los hornos generalmente son familiares. "Acá somos todos Montero", aclara el hornero que señala a sus dos hijos como sus únicos ayudantes.
Cuentan en el barrio que en muchos hornos suelen trabajar los más chicos. Su tarea es montar un caballo y comandar la tropilla que camina por el pisadero, y cobran por eso entre cinco y ocho pesos por día.
Generalmente, todos los horneros tienen su camión para el reparto. Montero también tiene el suyo, al que, además, utiliza para traer los miles de kilos de leña del monte. "Los días que voy al monte salimos antes de la madrugada. Cargamos hasta donde podemos y volvemos a la tardecita."






