
En Atocha, Salta, un cementerio para animalitos alados da testimonio de la sensibilidad de los criollos de la región
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Observar la actitud del hombre hacia los animales, incluso después de muertos, podría ser un camino para descubrir su sensibilidad. Muchos sabrán que existen cementerios para perros, pero pocos conocerán que hay uno para pájaros en un rincón del pintoresco territorio salteño, obra del poeta José Solís Pizarro.
Nueve kilómetros al norte de la ciudad de Salta, en medio de esa majestuosa e histórica Quebrada de San Lorenzo, inmortalizada por los versos de Jaime Dávalos cantados por Los Chalchaleros, se encuentra Atocha, sede de ese campo santo destinado al eterno descanso de animalitos alados. Los versos de Dávalos la evocan así: "Quebrada de San Lorenzo/ la sombra de los nogales/ morada en la zarza llora/ maduras moras sobre el chalchal/ ...Qué lindo cuando la espuma/ con ojos de nieve baja/ y en blancos jazmines cuaja/ temblor de luna sobre el chalchal".
Hasta donde se pudo saber, sería el único cementerio de pájaros del mundo. Un cerco de pirca en forma rectangular, de pequeñas dimensiones, delimita el sitio dentro del cual se ubican grandes piedrones planos, a modo de lápidas, con epitafios anónimos, que delatan la mirada poética de quienes pasaron por allí: "Suena un tiro en el bosque y hay un adiós de menos"; "Suena un tiro en el bosque y el aire deshabita un pañuelo"; "Recuérdenme por mi canto no por mi silencio"...
Un oasis para la poesía
José Solís Pizarro (1908-1953), político, periodista, autor de varios libros de poesía -entre ellos Atocha, tierra mía -, fue nombrado miembro de la Academia de Ciencias y Artes de Cádiz. De chico gustaba de andar por el campo, y en esas recorridas no podía menos que levantar y dar sepultura a los pájaros que encontraba muertos, víctimas de un disparo o de una gomera. En su adolescencia destinó un rincón del patio de su casa para dar sepultura a estos animalitos. Con el tiempo se convirtió en un símbolo del lugar y desde entonces es tradición enseñarles a los niños de Atocha a respetar y cuidar los pájaros, a no matarlos con hondas ni por cualquier otro medio.
Un lugareño comentó: "Suelen venir de Salta y de provincias vecinas con sus pajaritos muertos. Algunos los traen envueltos en un género, como si fuera una mortaja". Por su parte, Atocha del Valle Solís Pizarro, hija del fundador, manifestó: "Vienen familias a sepultar un pajarito y es emocionante ver cuando hacen un hoyito y lo tapan. Lloran como si se les hubiera muerto un pariente".
En 1975 la Asociación de Canicultores de Salta colocó una placa al cumplirse medio siglo de la fundación del cementerio de pájaros.
Al lado, Solís Pizarro destinó un espacio que llamó El Refugio para reunir a poetas y artistas salteños y de todo el país. Por allí pasaron Juan Carlos Dávalos, sus hijos Jaime y Arturo, Manuel Castilla, Carlos Gardel, Alfredo de Angelis, Libertad Lamarque, Atahualpa Yupanqui y otras personalidades de la cultura nacional.
Llegarse a Atocha y visitar este insólito campo santo, donde se guarda el canto apagado de los pájaros, significa internarse en un oasis donde por obra de su fundador reina la ternura y la poesía.
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