En un viejo edificio de Tandil se atesoran, como joyas, distintos elementos relacionados con este medio de transporte que impulsó el progreso de muchos pueblos
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TANDIL.- Sus paredes están hechas de viejos ladrillos que resisten el paso del tiempo y sus techos son de chapa acanalada, como los de tantas estaciones de trenes de todo el país. En ese edificio de estilo inglés, que parece esperar sobre un imaginario andén la llegada de algún tren, funciona en Tandil la sede del Museo Ferroviario.
Puertas adentro, el edificio ubicado en Aristóbulo del Valle y Alem guarda como joyas distintos elementos que forman parte de la historia ferroviaria local. Si bien la desidia en cuanto a la revalorización del patrimonio ferroviario nacional es moneda corriente, el Museo Ferroviario de Tandil se transformó en una de las excepciones que existen en el país de revalorizar pedazos importantes de la historia de ese medio de transporte, que acompañó o directamente definió el crecimiento de pueblos y ciudades.
En Tandil, la tarea de manejar el Museo la lleva adelante la Asociación de Amigos, que comenzó a funcionar en 1994. Desde ese momento, con distintas etapas de acompañamiento privado, municipal o provincial, lograron reunir en su predio diversos elementos y material rodante que circuló por esta zona.
Pese a que en la actualidad sólo existe un servicio de pasajeros semanal entre la Capital Federal y la ciudad -prestado por la empresa bonaerense Ferrobaires-, el ferrocarril conoció, desde su llegada a Tandil el 19 de agosto de 1883, algunas épocas de gloria y apogeo, vinculadas principalmente con la intensa actividad de las canteras.
Imágenes añoradas
La existencia de mudos terraplenes por los que alguna vez circularon toneladas de piedra y adoquines se funde con las añoranzas de muchos mayores, que recuerdan su paso como fogoneros o empleados de las distintas estaciones. Y así, en la mesa de cualquier bar, suelen aflorar los recuerdos de ruidos de máquinas, números de locomotoras o vagones y chimeneas que ya no humean.
Ese es el espíritu que se siente en el Museo Ferroviario, mientras, en distintas salas, afloran los trajes que vistieron maquinistas o guardas, libros, libretas con horarios que se cumplían con determinación o una colección de faroles. Entre ellos, está uno de los originales de querosén que estuvo colgado en la estación local y que, por su tamaño y presencia, se impone ante los que usaban los señaleros.
Una colección de distintos tipos de rieles usados en el país, convive, en otro sector del museo, con elementos usados en su momento por la escuela de conductores de máquinas de vapor, con los que se enseñaban los rudimentos de su sistema.
El museo cuenta también con una habitación completa dedicada a recrear el lugar en el que los empleados ferroviarios se sometían a distintos exámenes médicos, con sillones originales que datan de principios del siglo pasado. Recorriendo las distintas salas surgen también mobiliarios de madera y sistemas de comunicación que se utilizaban en la zona, o un viejo panel boletero, en el que, en distintas gavetas, debían ubicarse los pasajes para los diversos destinos.
Si bien muchos de los elementos se encontraban en mal estado, poco a poco lograron ser recuperados a partir del trabajo de un taller de restauración que funciona en un edificio contiguo al principal. Además, puertas afuera, y dejando en evidencia el paso del tiempo, lograron rescatar del olvido un par de viejas locomotoras de origen inglés que, hasta 1975, surcaron por distintas vías del país. Y de a poco, los que se dan maña en cuestiones mecánicas, fueron recuperándolas, para intentar dotarlas de su esplendor original.
Aunque es un trabajo arduo, afirman que no desistirán. Y continuarán con el mismo empeño con el que lograron (con la ayuda de beneficiarios de planes de empleo), agregarle valor a un edificio completamente abandonado y derruido, y transformarlo en lo que es hoy, con la estación ahí cerca, a tiro, esperando la llegada de más trenes.






