
Francisco Candioti pasó a la historia como el estanciero más pintón y como primer gobernador constitucional
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No es común, sino excepcional, que un estanciero pase a la crónica rural por su prestancia física, y esa fue la índole de Francisco Candioti, en cuya vida novelesca se hace hincapié en ese atributo.
Candioti pasó a la historia de los grandes estancieros del Litoral, por su fortuna y por su excentricidad. De no haber sido tan rico y tan vistoso, nadie se hubiera ocupado de escribir tanto sobre él y no tendríamos las crónicas y testimonios que nos permiten conocerlo y saber algo más sobre las estancias y estancieros coloniales.
Descendía de sangres europeas nobles y andariegas, pues se sabe que los Candioti salieron de la Isla de Creta, se quedaron varias generaciones en Venecia, luego pasaron a España y de allí a América.
En 1716, Teodoro Candioti llegó al Perú con un hijo de 16 años, llamado Antonio. Allá por 1740, éste viajó a Buenos Aires y de allí a la ciudad de Santa Fe, donde se casó con María de Zeballos, con quién tuvo un hijo en 1743: Francisco Antonio.
Cuando llegó el momento de educar al niño, sus padres lo enviaron a Buenos Aires y después, a proseguir estudios superiores en Perú, porque su madre quería que fuese sacerdote. Como el joven Francisco se negaba a este destino, a los veinte años volvió a Santa Fe y se incorporó al trabajo en la semibarbarie de los campos paternos.
En el Norte había observado los buenos negocios que se hacían con el comercio de las mulas, por eso, a poco de llegar a su casa anunció a su padre que quería llevar las mulas que criaba en sus tierras al Perú, donde estaba el mercado grande.
Así fue como 1764, con apenas 21 años y poca experiencia en las travesías, pero gran talento empresario, Francisco salió de Santa Fe con una tropa de un millar de mulas, acompañado por veinte arrieros, treinta cargueros mansos y la tropa de novillos para el sustento. Seis meses después volvió a la casa paterna con mucha plata y la constancia de haber dejado inaugurada "la ruta Candioti". Esta travesía fue intentada por otros estancieros y comerciantes santafecinos, que por años llevaron sus productos al Alto Perú.
Francisco Candioti invirtió sus primeras ganancias en comprar campos en Santa Fe, sobre todo en "la otra banda del Paraná". En efecto, alrededor de 1779, adquirió 100 leguas cuadradas al Norte de Entre Ríos, con tres leguas de frente al Río Paraná y los fondos hasta el Río Uruguay.
Desde estas estancias entrerrianas, los animales eran arreados por el patrón y numerosos peones, quienes cruzaban a nado el Paraná y luego eran conducidos a la ciudad de Santa Fe, en cuyas afueras se concentraba la hacienda que debía salir para el Perú.
Al mismo tiempo, Candioti cargaba cuarenta carretas grandes con productos de fácil colocación en el Norte. Juntaba quinientos bueyes para relevo en la tracción de las carretas, reunía cientos de caballos y vacunos para el sustento, mientras él, a la cabeza de cincuenta gauchos de confianza, ponía cara al desierto y empezaba la travesía con seis mil espléndidas mulas.
Pueblos en movimiento
Para 1780, Candioti era ya el gran estanciero con cuya fama pasó a la historia. Ese año emprendió su decimoséptima travesía y sus caravanas marchaban como si fueran ejércitos o verdaderos pueblos en movimiento.
Era fama que Francisco Candioti tenía gran belleza física: era alto, rubio y de ojos claros. Además le gustaba ataviarse a lo gaucho, pero con prendas muy finas que adquiría en Perú y con ornamentos de platería que extendía generosamente a su cabalgadura. Se vestía totalmente de blanco y siempre iba montado en caballos blancos de gran estampa. Por su señorío, por su excepcional distinción y gran fortuna, pasó a la tradición santafecina como "El Príncipe de los Gauchos".
Aunque suficientes, éstos no fueron los únicos motivos por los cuales Francisco Candioti ocupó ese lugar tan relevante en su medio. También tuvo una destacada actuación pública en la vida comunal de Santa Fe, donde ocupó el rango de primer gobernador constitucional de esa provincia, en 1815, año en que falleció. Dejaba una gran fortuna, dos hijas de su matrimonio con Juana Larramendi y una leyenda: el estanciero más pintón de todos.
La autora publicó, entre otros libros, "En la ruta de las estancias", Emecé, Colección Lugares (2004).
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