
Ingeniera agrónoma, durante la pandemia recibió la propuesta de hacerse cargo de un establecimiento en Chaco y tuvo que aprender el oficio mientras se ganaba el respeto de su grupo
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MARGARITA BELÉN, Chaco.– Valentina está echada sobre una cama improvisada en un gran galpón de la Sociedad Rural de Chaco. A su alrededor hay movimiento: animales que llegaron para competir, gente que va y viene y preparativos para la Nacional Primavera Braford, organizada por Expoagro. Entre ellos, Yesica Espínola se detiene frente a la vaquillona, la acaricia y la observa con atención. La conoce bien. La cuidó desde que nació en la cabaña y ahora la acompaña en esta nueva exposición.
Espínola tiene 34 años y llegó hasta allí después de recorrer un camino que, cuando comenzó, poco tenía que ver con la ganadería. Nació en Oberá, Misiones, se crio en Eldorado, estudió agronomía en Corrientes y hoy está al frente de la cabaña Braford El Cambio, en Villa Ángela, Chaco. Allí conduce un equipo de seis personas, todos hombres, y aprendió desde cero un oficio que prácticamente desconocía.
“Soy ingeniera agrónoma. Soy oriunda de Misiones, nacida en Oberá, pero me crie en El Dorado”, cuenta a LA NACION.

En la cabaña trabaja desde el comienzo de la pandemia. La oportunidad apareció después de terminar su tesis y su pasantía en la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE). El dueño del establecimiento, Hernán Halavacs, era conocido suyo de la facultad. Habían compartido actividades en el centro de estudiantes y tenían amigos en común: “En las vacaciones de invierno de 2020 me llegó un llamado de Hernán para incorporarme a la cabaña”.
Hasta ese entonces había trabajado con Halavacs en una consultora. Pero la pandemia cambió los planes. El ingeniero que estaba a cargo del campo regresó a Corrientes por cuestiones familiares y apareció una propuesta que implicaba asumir una responsabilidad completamente nueva: “Me propusieron hacerme cargo de la cabaña”.
No fue simplemente cambiar de trabajo. Fue empezar a aprender. La inscripción de los animales, las primeras inspecciones y todo el funcionamiento de una cabaña pasaron a formar parte de su día a día. “Desde ese momento todos los días sigo capacitándome y aprendiendo un poco más”, explica.

Su llegada al campo tampoco estuvo relacionada con una tradición familiar. Su madre es docente y su padre, transportista, y su vínculo con la producción comenzó en la adolescencia, cuando estudió en una escuela agrotécnica de Misiones.
En aquella etapa, su acercamiento estaba más relacionado con los cultivos regionales de su provincia: yerba, té y caña de azúcar. La universidad y después la vida profesional fueron llevándola hacia otros rumbos. Hasta que terminó frente a una cabaña Braford, donde tuvo que aprender a moverse en un mundo que hasta entonces conocía apenas desde la teoría.

Hoy vive en el campo. Su rutina empieza temprano y no se detiene los fines de semana. La razón es simple: los animales necesitan atención todos los días. “Las vacas no tienen ni feriado ni fines de semana, por eso estamos todos los días ahí pendientes, arrancando muy temprano”, describe.
El equipo está formado por seis personas. Ella es la única mujer y está al frente. En una actividad donde buena parte del trabajo cotidiano se realiza a caballo o recorriendo potreros, su desafío no fue solamente técnico: “Lidero un equipo donde soy la única mujer, el resto hombres. Recorremos y hacemos todas las actividades necesarias a lo largo de toda la jornada”.

La adaptación tampoco fue inmediata. Tenía los conocimientos de la universidad, pero la experiencia específica en ganadería era otra historia. “Fue difícil en un principio, un gran desafío tanto personal como profesional, sobre todo porque no tenía ni idea de ganadería. Era lo básico y lo mínimo que se daba en la facultad”, reconoce.
Al reto de aprender un oficio que prácticamente desconocía se sumó el de ganarse un lugar frente a un equipo de hombres, en una actividad donde algunos al principio se resistían a recibir órdenes de una mujer: “Ese fue un desafío muy importante que de a poco me fui abriendo camino y haciendo mi lugar también. Me dieron la posibilidad de crecer, de formarme. Mis compañeros me ayudaron pese a que algunos renegaban de que los mandaba y los ordenaba una mujer y hoy somos un lindo equipo”.

La rutina de la cabaña exige recorrer los distintos lotes y controlar permanentemente a los animales. El establecimiento tiene 75 hectáreas y hay otro campo de 90 hectáreas ubicado a tres kilómetros, donde están distribuidos los lotes de madres, donantes y animales de primera aparición y segundo servicio.
Ahora, en época de pariciones, el trabajo se vuelve todavía más intenso. Las vaquillonas que tienen su primera cría necesitan especial atención y el equipo se divide y cada integrante sabe qué lote debe recorrer.
La recorrida implica observar cada detalle: si una vaca está por parir, si ya lo hizo, si el ternero mamó y cómo está el ombligo. Después llegan las curaciones y las atenciones necesarias. Es un trabajo silencioso, cotidiano y muy lejos de la imagen de una exposición ganadera, pero fundamental para que esos animales lleguen después a competir.
En Margarita Belén, la cabaña El Cambio, que ya consiguió varios premios, llevó tres conjuntos de hembras y tres bozaleros, una hembra y dos machos. Entre los animales está Valentina, la vaquillona que ahora descansa en el galpón mientras ella la acaricia.

La exposición también representa para ella una oportunidad de seguir aprendiendo. Después de aquel comienzo marcado por la incertidumbre, la ganadería terminó convirtiéndose en una actividad que ya no imagina abandonar: “De acá a 10 años, espero seguir en esto. La verdad es que, pese a que era un desafío importante y que era algo que no sabía si iba a funcionar, si me iba a gustar, hoy en día me apasiona”.
Sus próximos años, dice, están ligados a la capacitación y a seguir creciendo dentro de la actividad: “Me gustaría seguir formándome y aprendiendo para poder brindar más a mi trabajo”.
Detrás de ese recorrido también están sus padres. Cuando surgió la posibilidad de irse a Chaco, le preguntaron si estaba segura. Ella decidió probar. Desde entonces, siguieron de cerca cada paso de su carrera: “Mis padres me preguntaban si estaba segura de ir. ‘Y voy a probar’, les dije. Siempre fueron de acompañarme mucho y de impulsar, gracias a ellos pude estudiar”, recuerda.
Sabe que su historia profesional también tiene que ver con el esfuerzo de esa familia. “Somos una familia de clase media, trabajadora. Gracias a ellos pude ir a la universidad”, dice. Y aunque ahora sea ella quien conduce un equipo y toma decisiones en una cabaña Braford, sus padres siguen ocupando un lugar central en su historia. “Siempre son mis fans y agradezco un montón su apoyo incondicional”, cierra.
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