Del canto de sirenas al ruido de alarmas

Lucas Llach
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3 de junio de 2012  

En el trimestre previo a que Néstor Kirchner asumiera el gobierno, hace nueve años casi exactos, la economía estaba creciendo al 13% anual y la inflación era del 1%, también en tasa anual. Hoy no conocemos los números respectivos con precisión, pero son algo parecido al 0 y al 23 por ciento.

En el medio, el "modelo". Es difícil definirlo, porque fue muy cambiante: crecimiento económico (salvo durante la crisis mundial), reducción del desempleo, inflación en ascenso o alta y desendeudamiento público fueron características más o menos constantes en los años de dominio kirchnerista.

Pero otros rasgos decisivos fueron variando: al comienzo, el modelo era de comercio relativamente abierto –herencia de los año 90– y dólar alto. Hoy, la Argentina es una de las economías más cerradas al comercio mundial, la más denunciada por trabas ante la Organización Mundial de Comercio (OMC), la única relevante en la que toda importación requiere un permiso específico previo. Hoy, la Argentina es –medida en dólares oficiales– un país comparativamente caro. Junto con Brasil, es el más caro entre países no ricos. Y en tercer lugar, la Argentina es hoy de los pocos países con controles de cambio relevantes, es decir, en los que la moneda local tiene un precio de mercado inferior a su valor oficial, de difícil acceso.

¿Por qué creció la Argentina? ¿Por qué dejó de crecer? Ese par de preguntas puede formularse para la última década como también para el último siglo. Y aventuro, como hipótesis, que la respuesta para la década es similar a la respuesta para el siglo. En ambas frustraciones, la del atraso de la Argentina frente a otros países luego de haber sido un país relativamente rico y la del fin del modelo, está la atracción recurrente e irresistible de nuestro país al canto de dos sirenas que acabamos de oír de nuevo: el proteccionismo y el populismo cambiario.

La tesis puede formularse así: en muchos momentos de los últimos 100 años, la Argentina se cerró al comercio exterior o apreció de manera insostenible su moneda (a veces, como ahora, hizo las dos cosas al mismo tiempo). El proteccionismo y el encarecimiento en dólares son atractivos por un tiempo, pero a la larga terminan en un crecimiento bajo, si no en una crisis.

La sirena del proteccionismo canta la melodía del aumento del empleo en los sectores protegidos y del "desarrollo nacional" volcado al mercado interno, y atrae a las legiones de la burguesía favorecida y de los sindicatos industriales. La sirena del encarecimiento en dólares (que se presenta con puntualidad en los decenios impares: los 70 y los 90 antes de este principio de década) seduce prometiendo un alto poder de compra de productos con precio internacional y convoca a las clases medias. El poder político no se ata al mástil como Ulises ni cubre de cera los oídos del pueblo; lo conduce, fervoroso, al abrazo de las sirenas.

El camino irremediable

Pero a la larga una sirena es una sirena: no existe. El argumento proteccionista llevado al límite conduce irremediablemente a la noticia que ahora advierte un usuario de Twitter llamado VascoDeMendiguren (@dmvasco): "Si en la industria automotriz se tiene el 99% de los insumos y hay un 1% que no, el auto no se puede entregar". Una protección moderada puede contribuir a industrializar; una casi ilimitada (como la de posguerra, como la de hoy) acaba siendo el obstáculo principal para el crecimiento industrial y, al fin y al cabo, para el de toda la economía. Como se castigan las exportaciones, hay pocos dólares; como hay pocos dólares, hay pocos insumos y son caras las maquinarias importadas; como hay pocos insumos y maquinarias, se produce poco.

En cuanto a la sirena de la apreciación cambiaria –deberíamos saberlo de memoria– tarde o temprano hace sonar las alarmas del desempleo por falta de rentabilidad o del desequilibrio externo. Cuando el encarecimiento de la economía convive con financiamiento exterior (los años 70 o los 90) el bache de dólares se cubre con deuda, y aparece primero la alarma del empleo. Cuando no hay quien preste, la alarma que primero suena es la del estrangulamiento en la balanza de pagos; así ocurría de tanto en tanto en las décadas de posguerra y así está sucediendo ahora.

Cada variante de apreciación cambiaria tiene su propio estilo para morir, pero ninguna tiene un final feliz: una acaba con desempleo y crisis de deuda; la otra con divisas escasas y racionadas por medios más o menos civilizados. Es decir, devaluaciones recurrentes, tipos de cambios múltiples o sabuesos (es literal) de la AFIP buscando dólares en valijas.

La Argentina sólo creció más rápido que el mundo cuando evitó el proteccionismo exagerado y la apreciación cambiaria: antes de la Depresión y en los años iniciales del modelo. En los 60 y en los primeros años de la convertibilidad el juicio es menos claro y el crecimiento no fue indigno. Pero cuando exageramos con apreciaciones cambiarias o proteccionismos (una regla con las mencionadas excepciones desde la década del 30 en adelante) los argentinos vivimos en decadencia.

Es triste advertir que lo hicimos de nuevo.

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