Disciplina, el gran desafío para los teletrabajadores

Bernardo Hidalgo
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25 de enero de 2015  

Durante los últimos 20 años, las condiciones del trabajo han cambiado significativamente. Antes, su espacio y tiempo se definían como un lugar físico (la fábrica, la oficina) y un horario (fijo o rotativo, más o menos flexible, pero siempre explícito y establecido de antemano). Pero esas coordenadas se encuentran hoy desdibujadas. Las instancias de control y evaluación del desempeño abandonan paulatinamente los dispositivos clásicos (como el reloj para fichar o el jefe que, como viejo profesor de escuela, observa y controla a sus colaboradores desde un escritorio estratégicamente ubicado). ¿Es que nos encaminamos hacia un mundo sin espacio ni tiempo para el trabajo? No. Simplemente ocurre que, sabiéndolo o no, vamos rumbo a un escenario laboral que empieza a definirse de un modo que revoluciona la manera de concebir los procesos productivos.

Se denomina "trabajo electrónico" a una dinámica laboral posibilitada por las nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC). Hijas destacadas de los avances de la electrónica, permiten trabajar desde una locación remota (distante) respecto del lugar donde se sitúa físicamente ¡o virtualmente! la empresa.

Las TIC permiten teletrabajar. No son solamente herramientas innovadoras que vienen a instalarse y sumarse a otras ya existentes. Llegaron para transformar la forma en que pensamos todos los procesos productivos. Para dimensionar el fenómeno, baste con saber que, de acuerdo con los registros oficiales de la Argentina, en el año 2003, unas 500.000 personas trabajaban desde sus casas al menos una vez por semana. En 2014, esa cifra se elevó a dos millones: es decir, en una década, el número de teletrabajadores se cuadruplicó.

¿Por qué habría de importarnos que las personas trabajen desde sus casas o en la empresa? Dada la relativa novedad de esta práctica laboral, no es posible todavía evaluar cabalmente el impacto del teletrabajo. Sin embargo, es posible ya identificar algunos de los principales desafíos que plantea. Entre ellos, para el teletrabajador

  • Definir una disciplina. De qué hora a qué hora va a trabajar, cuántos "recreos" se permitirá, cuáles serán las prioridades en las tareas a abordar, etc. Un teletrabajador es una persona que debe asumir una significativa cuota de autonomía… Y esto no es para cualquiera.
  • Imponerse esa disciplina. Ninguna palabra, ni siquiera una mirada ajena lo devolverán del Facebook a la planilla Excel. Nadie notará si apagó el despertador y decidió obsequiarse "unos minutitos más", o quedarse jugando con el bebé que amaneció de tan buen humor. Sin embargo, todas esas dilaciones quedarán en evidencia más temprano que tarde cuando su desempeño sea medido.
  • Establecer un equilibrio razonable entre trabajo y vida personal. Esto es muy importante. Muchos empleadores temen que, si incorporan el trabajo electrónico, sus empleados reduzcan su productividad. Concretamente, los imaginan trabajando menos horas que si hubiesen tenido que fichar o, por lo menos, saludar a sus jefes al llegar y al retirarse. Contrariamente a esta fantasía, la experiencia muestra que muchos empleados tienden a extender sus jornadas laborales no solo más allá de lo necesario sino de lo saludable. Con frecuencia, el impacto de esto excede al trabajador y compromete el vínculo con su entorno cercano, principalmente, con su vida familiar y social.
  • Mantener la motivación. Las tareas solitarias, además de reducir las distracciones, pueden restar ese "combustible" con que el diálogo y el intercambio con otros de miradas y expectativas cargan a la motivación.

Director de la consultora Hidalgo & Asociados

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