Con dolarización no habría amortiguador cambiario, que es clave en un mundo inestable

Lorenzo Sigaut Gravina
Lorenzo Sigaut Gravina PARA LA NACION
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12 de septiembre de 2019  

Los pedidos de dolarización de la economía argentina surgen continuamente en la opinión pública producto de la persistente desconfianza en nuestra moneda. Los recurrentes saltos cambiarios y aceleraciones inflacionarias han generado un mecanismo de defensa en la sociedad argentina: los agentes económicos con excedentes ahorran mayoritariamente en dólares o inmuebles que se transan en esa moneda.

Para peor, eventos confiscatorios sobre los depósitos, como el plan Bonex, a fines de 1989, o la pesificación forzosa de los ahorros en dólares, a principios de 2002, generaron que la sociedad argentina atesorara buena parte de esos ahorros en moneda dura fuera del sistema financiero local.

Durante las dos presidencias de Cristina Fernández de Kirchner (2007-2015) la represión financiera fue in crescendo: la tasa de interés se ubicó sostenidamente por debajo de las expectativas de inflación, la subestimación del alza del IPC del Indec golpeó a los tenedores de activos indexados por inflación oficial y se impusieron restricciones a la compra de divisas entre 2012 y 2015.

La administración Macri removió las restricciones financieras/cambiarias, promovió una tasa de interés real positiva y, tras sanear el Indec, creó una unidad de cuenta (UVA) indexada por la inflación oficial para fomentar la pesificación del crédito (hipotecario) y el ahorro en moneda local. Sin embargo, producto de fuertes saltos cambiarios que aceleraron la inflación, la tasa de interés real de los plazos fijos terminó siendo negativa y comprar dólares fue a la larga un mejor negocio que ahorrar en moneda local.

Ante la falta de credibilidad del peso, se multiplican las voces que defienden la dolarización, un régimen que tiene vigencia en Ecuador desde hace casi dos décadas. Argumentan que en vez de nadar contra la corriente las autoridades deberían convalidar en los hechos la moneda que la mayoría de los agentes económicos demanda, atesora y toma de referencia. Según esta visión, el freno de la inflación y la eliminación del bimonetarismo más que compensarían el costo de perder la potestad de acuñar moneda propia.

Sin embargo, los defensores de la dolarización suelen minimizar un aspecto central para las pequeñas economías emergentes: el rol amortiguador del tipo de cambio ante shocks o cambios en el contexto internacional (caída de precio de las commodities, condiciones financieras más restrictivas, mayor proteccionismo comercial, etc.).

El régimen de convertibilidad vigente durante la década del 90 reveló las virtudes y defectos de una pseudodolarización. La caja de conversión (1 peso por 1 dólar estadounidense) logró sacar a la economía de la hiperinflación y encadenar varios años de crecimiento consecutivo con suba anual de precios de un dígito.

Sin embargo, diversas crisis financieras en economías emergentes generaron salida de capitales por efecto contagio. Mientras la mayoría de las economías emergentes depreciaban sus monedas, el dólar se apreciaba mundialmente, haciendo a la economía argentina cada vez menos competitiva y más dependiente del influjo de capitales.

La imposibilidad de modificar la paridad cambiaria sin una ruptura masiva de contratos y/o pérdida de credibilidad sobre la caja de conversión llevó a tratar de ganar competitividad vía deflación, ajuste fiscal y flexibilización laboral. Sin embargo, el déficit externo persistió y fue cada vez más difícil acceder a los mercados financieros. Pese a que el FMI acudió como prestamista de última instancia, no pudo evitar el colapso del régimen y la Argentina terminó padeciendo la peor crisis económica, política y social de su historia.

En un mundo cada vez más inestable, en el que las guerras comerciales, las depreciaciones competitivas y los cambios en las condiciones financieras internacionales y en los términos de intercambio están a la orden del día, no disponer del amortiguador cambiario implica comprometer la salud del sector transable de la economía.

Descartado el atajo de la dolarización, ¿es posible reconstruir una moneda propia que ayude al desarrollo económico? El camino es arduo y largo, pero existe. La clave pasa por mantener una macroeconomía equilibrada, sosteniendo en el tiempo una tasa de interés real positiva (para premiar el ahorro en moneda local) y un tipo de cambio real competitivo.

Esto exige implementar un régimen macroeconómico que Roberto Frenkel definió como tipo de cambio real competitivo y estable. Este esquema estuvo funcionando en la Argentina entre 2003 y 2006, justo antes del boom de precios de las commodities agrícolas. No es casualidad que durante esos años la economía argentina haya crecido a tasas chinas con inflación anual de un dígito.

Director en Ecolatina

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