Dólar. Crece el interés por atesorar y desata una paradoja con la inversión

Fuente: LA NACION
Javier Blanco
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6 de julio de 2020  • 12:24

La última radiografía completa de la economía argentina, con datos al cierre del primer trimestre, dejó a la vista un cuadro inquietante: mientras la inversión productiva toca mínimos en casi 20 años, la riqueza que se genera y los argentinos logran atrapar -aquella que podría dar músculo a una recuperación- la atesoran, fugan o esconden.

No es una situación nueva. Pero muestra que la desconfianza llegó a un nivel ya muy dañino para la economía y el desarrollo social.

Este combo alcanzó una dimensión tal, seguramente agudizada en el trimestre que culminó por el impacto ya pleno de la cuarentena que había tenido una incidencia mínima sobre las cifras del primer cuarto del año, que -como remarca el economista Ariel Coremberg- el país ya ni llega a reponer el desgaste de los bienes de capital, con lo que compromete sus posibilidades de crecimiento futuro.

La foto oficial mostró que la formación bruta de capital fijo o inversión productiva representó apenas 12,5% del Producto Bruto Interno (PBI) y a la vez que las empresas y familias tenían ahorrados US$225.516 millones en total entre colocaciones en bancos dentro o fuera del país o "en el colchón", es decir, una tenencia que representa cinco veces las reservas totales del Banco Central (BCRA) o 25 veces sus reservas reales netas.

Los datos fueron aportados por el informe sobre Balanza de pagos, posición de inversión internacional y deuda externa del Indec el último martes y corresponden a fines de marzo.

Pero como ambas tendencias se han profundizado entre abril y junio (se calcula que la inversión habría bajado a entre 10% y 11% del producto como en el peor momento de 2002 y se necesita que ese ratio sea de entre 12% y 14% para reponer estadísticamente el capital usado) y las tenencias no aplicadas crecieron más -tomando en cuenta el nuevo impulso que cobró la demanda de dólares en los últimos meses y la fuga de capitales-, los economistas coinciden en advertir que la foto actual es aún peor.

"Solo recuerdo una tasa de inversión por debajo de las necesidades de amortización en 2002. Entonces daba 12% aunque con la revisión estadística posterior y el empalme supongo hoy da menos. Pero es muy probable que hoy estemos en una situación muy parecida al lapso que fue del IV trimestre de 2001 y los primeros dos de 2002, lo que tengo presente como el peor al promedio", explica la economista Marina Dal Pogetto, directora ejecutiva de la consultora EcoGo.

"Incluso puede ser peor. Con la construcción casi paralizada en el segundo trimestre, muchos sectores cerrados, la capacidad ociosa de partida y la incertidumbre sobre cómo se sigue, los actuales deben ser peor, ya que solo tuviste inversiones en readaptación de plantas, plataformas digitales y de algunos sectores para poder adaptarse a la coyuntura", insiste.

Para el economista investigador del Instituto de estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (Ieral), Jorge Vasconcelos, la foto actual hay que verla como resultante de todo un ciclo, más allá que esté agravada por la pandemia. "Al desplome de la inversión hay que enmarcarlo en estos casi 10 años de estanflación en los que Argentina presentó un combo de poco ahorro nacional, escaso atractivo para las inversiones extranjeras directas (IED) y una asignación de la inversión poco eficiente, por las reglas de juego imperantes; cuadro que se hizo más costoso tras la crisis 2008/09 que tuvo dio inicio a un ciclo de menor dinamismo global", explica.

Y recuerda algunos ejemplos al respecto. "Las pasteras se instalaron en Uruguay y no en la Argentina; las retenciones a las exportaciones hace 15 años que capturan entre 1,5 y 2 puntos del PBI cada año, algo que no vuelve en obras para facilitarlas y drena la posibilidad de reinversión. Así Argentina resigna y resigna pierde participación en el global de exportaciones mundiales", señala en relación con lo que llama "reglas de juego inadecuadas que llevan a la inversión por debajo del potencial".

O refiere a los "subsidios a Aerolíneas Argentinas que no se expresan en mayor conectividad del país para traer más turismo extranjero o los asignados a la mina de Río Turbio, o la persistente ausencia de incentivos para formalizar empleo privado, que es el más productivo", indica esta vez aludiendo a la mala asignación de recursos.

Coremberg, que es director del Centro de Estudios de la Productividad y coordinador del Proyecto Arklems+Land para la medición Productividad y Fuentes del Crecimiento Económico, y -por lo mismo- está acostumbrado a medir el capital para evaluar la productividad argentina, no duda: "El país está destruyendo capacidad instalada, porque su inversión bruta ya es igual o incluso menor a las necesidades de reposición y desgaste de equipos".

"Esta destrucción del capital productivo es previa a la crisis del coronavirus, pero se agravó sin dudas y de persistir implicaría hipotecar el futuro productivo y el empleo de nuestros hijos y nietos", agrega.

De parámetros y perspectivas

Los economistas no dudan en evaluar que la profundidad que tomó la crisis genera a la vez una oportunidad para que quienes conducen los destinos del país revisen y revalúen criterios. Pero, como la mayor parte de los operadores económicos, la carencia de señales los deja escépticos al respecto.

Para Vasconcelos, sería clave que los diseñadores de política entendieran que el mundo cambió hace 10 años. "Hasta la crisis subprime, la globalización se había caracterizado por un crecimiento del comercio mundial mayor al del PBI mundial. Luego de ese quiebre ambas tasas convergen y se acomodan a la baja. En ese entorno, la decisión de enterrar capital se ha vuelto cada más exigente para cualquier lugar del mundo y las comparaciones por diferentes rankings que existen nos muestran cada vez más atrás", sostuvo.

Y añade que según The Conference Board, "en la última década el PBI por trabajador (medida de productividad) en la Argentina cayó a un ritmo de 1,4% anual acumulativo mientras en Corea del Sur creció al 1,4 % en igual período: estamos hablando de una brecha de 2,8 puntos porcentuales". Y que la llegada de inversión extranjera directa que se movió en rango de entre 3,9 y 4,3% en 2019 en Chile, Colombia y Perú, por tomar algunos casos, "fue del 1,4% en la Argentina".

"¿A alguien no le queda claro que necesitamos cambiar algunas cosas?", se pregunta angustiado.

Dal Pogetto está convencida que los replanteos que se hagan debieran tener por objetivo mínimo elevar la tasa de inversión a niveles mayores al 20%. "Es el umbral necesario para asegurar un crecimiento sostenido, partiendo del 13,5% de 2019 al 10,5%/11% proyectado para 2020. Pero eso requiere una agenda de consensos políticos para restablecer la competitividad sistémica de la Argentina en el mundo que viene y puede ser más complejo que el que conocimos. Lamentablemente la destrucción de capital a la que asistimos y el ensanchamiento gigante de la brecha en la educación durante la pandemia hoy no me permite ser muy optimista", confiesa.

Coremberg suscribe ese objetivo cuantitativo. "Para volver a tener perspectiva de futuro debería alcanzar prontamente tasas de inversión del 20% del PBI. Es un número que la Argentina alcanzó e incluso llegó a superar 20%, aunque solo transitoriamente en varios momentos de su historia con gobiernos de diversos signos. El desafío sería lograr que ese ratio sea sostenible", concluye.

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