Manuel Trajtenberg: "La Argentina no está ni cerca de un acuerdo político de unidad nacional"

Sofía Diamante
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8 de septiembre de 2019  

Cordobés de nacimiento, dejó de vivir en la Argentina a los 18 años. Pese a eso, Manuel Trajtenberg recuerda las costumbres de su país todos los viernes en la cena de shabat: mientras prepara el comedor para recibir a la familia, escucha un disco de Mercedes Sosa y canta. "Son decenas de canciones que se convirtieron para mí en la rutina semanal. Si no escucho a Mercedes Sosa y canto, no puedo estar conmigo mismo", dice, en una entrevista telefónica con lanacion.

El economista visita poco la Argentina, porque prácticamente no le quedó familia en el país, pero está al tanto de los problemas que acarrea la economía desde hace años. Sobre la base de la experiencia israelí, que logró transitar de una hiperinflación de 445% anual en 1984, a una variación de precios de un dígito en 1997, Trajtenberg explica dos medidas que son elementales tomar. Una es que los gastos no pueden ser mayores a los ingresos. La otra, que se debe formar un gobierno de unidad nacional para llevar adelante las políticas duras.

En Israel, el partido político de turno en la época de la hiperinflación convocó a opositores, sindicalistas y empresarios y, por seis años, se creó una unidad para gobernar con el apoyo de todos los sectores.

"Se estableció un plan muy duro, porque en los primeros meses el ingreso real de la población cayó de forma muy drástica y los intereses bancarios fueron muy altos. Pero el país aguantó por un tiempo y empezó a salir adelante. En la Argentina no estamos ni cerca de un acuerdo de esa naturaleza", dice.

Actualmente, Israel tiene problemas de tasa de inflación negativa (aunque el costo de vida es elevado), pero logró bajar el desempleo a 3,7%, la tasa más baja que se ha registrado en su historia económica.

-¿Cómo hizo Israel para terminar con la hiperinflación?

-La situación económica en Israel hasta 1985 era parecida a lo que ocurre en la Argentina desde hace unos años: había una pérdida del control fiscal. La economía suena como algo muy complicado, pero en última instancia manejar un país no es muy diferente a manejar las finanzas de una familia. Si uno tiene ingresos bajos y gastos altos, se endeuda y, eventualmente, tendrá que quebrar, que no es una solución, o bajar los gastos y trabajar para subir los ingresos. Es así de simple. Lo que pasa con países como Israel o la Argentina es que no han absorbido ese mensaje tan simple: han tenido déficit alto todos los años y alguien tiene que financiar eso.

-La diferencia con un país es que muchas veces bajar el gasto tiene consecuencias políticas.

-Por supuesto, pero en el sentido más simple los gastos no pueden ser superiores a los ingresos. La Argentina se niega a aceptar esa verdad tan simple, como se negaban acá en Israel. No se crean que el asunto acá fue tan simple.

-¿Cómo se logró?

-La crisis de la hiperinflación fue haciéndose más difícil y, en cierto sentido, eso fue una suerte, porque uno puede creer que se puede mantener una inflación de 20% o 30% por año, que es mentira, pero por supuesto nadie puede creer que se puede mantener una hiperinflación de 500% por año. Es como si una persona tuviera fiebre: si tiene 37,5 grados, sigue adelante, pero si tiene 41 grados tiene que hospitalizarse. La "suerte" de Israel fue que la temperatura llegó a 42 grados, mientras que la Argentina no ha llegado ahí. Cuando llegó la temperatura tan alta hubo que hacer algo drástico, pero para eso se necesitó solucionar el problema político, porque sin apoyo político amplio no se iban a poder tomar las medidas necesarias. Si hay una oposición muy fuerte, el gobierno de turno sufrirá electoralmente, porque las medidas necesarias son difíciles, son duras, y afectan a todos.

-¿Cómo hizo Israel para lograr ese apoyo político?

-Acá se formó un gobierno de unidad nacional entre los dos partidos más grandes, que eran siempre oposición uno del otro. El primer ministro de un partido se juntó con el equipo de finanzas del partido opositor y juntos se reunieron con la unión laboral -que sería como la CGT- y con los empresarios. Juntos trazaron un acuerdo aceptado por todos. Fue un plan muy duro, porque en los primeros meses el ingreso real de la población cayó de forma muy drástica y los intereses bancarios fueron muy altos. Pero el país aguantó por un tiempo y empezó a salir adelante. Eso es parte de la historia. En la Argentina no estamos ni cerca de un acuerdo de esa naturaleza. La otra parte que menos se conoce de la historia de Israel y que es tremendamente importante, es que ese plan no fue solo para luchar contra la inflación, si no también para sanear la economía en forma básica.

-¿Qué significa eso?

-Esto significa que desde 1985 se empezó con una serie de reformas estructurales que se han llevado adelante por más de 30 años. La expresión reforma estructural se convirtió en un slogan tremendamente importante en todo los sectores. Se empezó con la liberalización de los mercados, la apertura al exterior, se borraron todos los controles de capitales, se bajaron los impuestos aduaneros, se achicó el Estado, que estaba muy inflado, se liberalizó el mercado de la generación de electricidad, y en el campo financiero se buscó terminar con la concentración. Ese plan no se escribió en detalle en 1985, sino que es una concepción que quedó arraigada a partir de ese momento. Es como una bandera que se levantó y sigue rigiendo desde hace más de 30 años. Hoy se sigue hablando todavía de la necesidad de hacer más reformas. En conclusión, se necesitan dos cosas para sanear una economía: la disciplina fiscal y las reformas estructurales. Para esas dos cosas se necesita que haya, por lo menos por un tiempo, unidad política. De lo contrario, no se puede hacer.

-¿Cuánto tiempo duró esa unidad política?

-De 1984 a 1990, lo suficiente para poner en camino las reformas. Eso fue crucial. La clave casi siempre la tienen los políticos, más que los economistas. Después, cuando ya no hubo unidad nacional, nadie podía oponerse a las medidas tomadas. Al contrario, si un político quería que lo eligieran, tenía que hablar de reformas estructurales. Se convirtió en el común denominador de la política.

-La sociedad en la Argentina está muy dividida, ¿cómo se puede lograr esa unidad entre dos partidos opositores? ¿En Israel sucedía algo así?

-Sí, estaba muy dividido el país. La falta de disciplina fiscal no es solamente un problema en sí, sino también un síntoma de que la política no anda bien. El país estaba dividido y sigue dividido hoy en día, pero no en estos temas. Es increíble: sin importar quién esté en el poder, el ministro de Finanzas entiende que no puede agarrar y abrir la canilla para perder la disciplina fiscal. Será criticado inmediatamente. El último ministro de Economía que intentó hacer populismo antes de las elecciones sufrió a toda la prensa en contra de él, porque es algo que no se puede hacer.

-¿Cuáles son los desafíos actuales en Israel?

-En mi forma de verlo, Israel tiene un éxito increíble en el campo tecnológico, se la llama la " startup nation" [LA NACION de las startups]. Tiene una vitalidad que es la envidia de muchos países. Pero el problema es que ese dinamismo innovativo favorece a una pequeña parte de la población, porque en ese ámbito trabajan no más del 10% de los trabajadores de Israel. El resto de la economía no avanza al mismo ritmo. Entonces se crean divisiones socioeconómicas muy grandes, que se sienten y que crean resentimiento. Es muy difícil sobreponerse a eso, porque es algo que ocurre de forma natural en la economía. El otro problema que tiene Israel es que el costo de la vivienda es terriblemente alto, y eso es producto de que la población crece a un ritmo muy elevado, y el país es muy chico y faltan tierra y edificios. Hay mucha gente que no puede afrontar esos precios. Acá no hay inflación, al contrario, ha sido negativa en los últimos cuatro años, pero el costo de vida igualmente quedó alto.

-¿Cuánto tiempo les llevó bajar la hiperinflación a un dígito?

-Sucedió en tres etapas. La primera fue bajar de 500% de inflación a alrededor de 20% en pocos meses a través de un shock. Después, bajar de 20% a un dígito llevó 10 años. Fue muy difícil y fueron años en los cuales los intereses reales se mantuvieron muy altos. Esto molestó mucho a la población. Pero, en última instancia, se logró sobreponerse a la inercia inflacionaria: a la gente le cuesta muchísimo convencerse de que la inflación puede bajar a 5% y, entonces, queda muy metida en esa dinámica inflacionaria que no está relacionada con el déficit, sino con las expectativas.

-¿Cuántos años estuvieron con tasas de interés reales altas?

-Fueron entre tres y cuatro años.

-¿Cómo afectó a la actividad económica?

-La actividad mejoró mucho porque se hicieron al mismo tiempo las reformas estructurales y eso compensó. Fue una pelea muy dura para bajar la inflación a menos del 10%. Después estuvo el último escalón de meter a la inflación en la banda de entre 1% y 3%, que fue el objetivo que estableció el banco central. Ahora, en los últimos años la inflación se hizo negativa.

-¿En Israel también existía la situación de bimonetariedad, como sucede en la Argentina?

-Ahora no existe eso, pero esa mentalidad después de 1985 siguió existiendo por muchos años. La gente pensaba solo en términos de dólares. En los últimos 10 años se acabó, pero llevó como 15 años que los precios de las viviendas dejaran de ser denominados en dólares. Es un proceso largo, difícil y lo principal es la consistencia, que la gente lo entienda y que se trasmita de forma política.

-¿Qué esperanza le da a los ciudadanos argentinos, pensando en la experiencia israelí?

-Les diría que deben reconocer que no se pude tener mayores gastos que los ingresos. Después, se debe formar un gobierno de unidad nacional: que los partidos y los distintos sectores digan que dejarán de pelearse unos con otros por los próximos cuatro o cinco años y que formen un gobierno de unidad con el mandato claro de sanear de fondo la economía. Ese es el asunto. Después se vuelven a pelear. Hay que meterle eso en la cabeza a la gente: nadie tiene de por sí remedios mágicos, ni la izquierda, ni la derecha, ni de abajo, ni de arriba. Si no hay apoyo político amplio, habrá sabotaje de las políticas, no importa quién las proponga. Los intereses estrechos van a tener prioridad y ese es el círculo vicioso que hay que romper.

Manuel Trajtenberg nació en la ciudad de Córdoba en 1950 y a los 18 años emigró a Israel, donde estudió Economía en la Universidad Hebrea de Jerusalén; al tiempo viajó a Estados Unidos para hacer el doctorado en la Universidad de Harvard; entre 2006 y 2017 ocupó cargos públicos como asesor del primer ministro y del Parlamento israelí; desde 2018 es profesor emérito de la Universidad de Tel Aviv

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