El club social que nació con el rastrojero, hace comida como antes y es furor en Córdoba

Comida casera, el secreto del club social.
Comida casera, el secreto del club social. Crédito: Gentileza Mauro Duarte
Gabriela Origlia
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12 de julio de 2019  • 10:04

CORDOBA.- En tiempos de chef renombrados y gastronomía gourmet, el Club Social IME, que ofrece almuerzos y cenas con menús "cocinados como en la casa", en mesas de madera sin mantel, con sifón y botellas de litro, es un imán en la ciudad de Córdoba . Atiende hasta 120 personas por turno (tiene 70 lugares) y su única publicidad es el boca en boca. Cristian Martínez, encargado del espacio, repite: "No entiendo qué pasa; acá hacemos lo de siempre".

La fábrica Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado (IAME) fue creada por Juan Domingo Perón en 1950 y su época de oro se extiende hasta 1955, cuando fabricaba aviones, autos, tractores, motos, lanchas y hasta armas. En 1956 pasó a llamarse Dirección Nacional de Fábricas e Industrias Aeronáuticas (Dinfia) y se crea Industrias Mecánicas del Estado (IME) destinada a la producción del famoso rastrojero diésel, del que llegó a fabricar 12.500 en 1975.

Los empleados de la IME -agremiados a la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE)- decidieron crear su Club Cultural, Social y Deportivo para tener un espacio de recreación. Su principal actividad era la pesca (tienen su espacio en el Lago Los Molinos). Su fundador fue Carlos Roberto Schwab, cuya foto está en una de las paredes del comedor de la calle Caseros al 1200.

La primera sede fue una casa muy cercana a la de hoy que fue comprada, en 1972, a "don Soler" por un rastrojero 0Km. El IME era un club "bien de barrio que abría sólo a la noche, tenía mesa de billar, sapo, cartas y se vendían empanadas, bebidas y sándwiches. Una vida bien de barrio, al que se fueron acercando vecinos", repasa Martínez.

En 1983 el papá de Cristian, Dante, entra como concesionario y mantiene el mismo esquema hasta que por una casualidad empieza a hacer de comer. "Su mejor amigo se separa; no sabía hacer nada y trabajaba en la Municipalidad, a pocas cuadras de acá -relata Cristian-. Entonces le pide que le haga de almorzar; los dos se juntaban a comer acá. Al poco tiempo, mi padre abre al mediodía pero para vender empanadas o sándwiches al paso".En 1988 -la zona todavía era un barrio con baldíos y barrancos- se empieza a construir un shopping a cien metros del club social. "Los albañiles empezaron a venir a comer y mi papá le pidió a su hermana que viniera a ayudarlo; como construían día y noche, siempre había gente", recuerda Martínez.

Los buenos precios suman comensales al IME.
Los buenos precios suman comensales al IME. Crédito: Gentileza Mauro Duarte

Elba "Quecha" se hizo cargo de la cocina. Hacía lo mismo que en su casa: milanesas, pastas, guisos, papas fritas. "El amigo de mi viejo seguía viniendo pero ya no podían comer juntos, estaba lleno", ríe Martínez. De los diez hermanos, ocho pasaron por el local; hoy dos están a cargo. Le hicieron algunos cambios a la casa, donde todavía se reúne la comisión directiva del club social.

"Todo es a pulmón; el secreto es cocinar igual que se hacía antes en la casa. Hoy las milanesas se compran en la carnicería; acá las hacemos como antes. Ese es el único 'secreto', no hay otro. Cocina como antes; dos menús por día y algunas minutas. Atendido por gente buena, que conoce a los clientes, todo muy familiar", describe Martínez.

Dice que el repartidor de soda es el hijo del que empezó a dejar los sifones hace más de 40 años y reitera que la gente "sabe a dónde viene; con qué se va a encontrar. Platos grandes a buen precio que podemos ofrecer porque desde el club nos siguen dando una mano".

De lunes a viernes el IME abre mediodía y noche y siempre está completo; los sábados y domingos en general cubren al menos dos rotaciones. A los tradicionales clientes del barrio se le fueron sumando los que escucharon una recomendación, el amigo que llega con otro, hay grupos que tienen en el comedor su cita semanal.

Martínez -que sumó a la decoración original- algunos símbolos de su club, Belgrano, sigue sin entender bien el por qué del furor.

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