El duro final del guapo del ring que terminó en la lona antes de tiempo
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El gran Muhammad Ali no podía creer que aquel argentino excéntrico lo superara en verborragia en la previa de una pelea, pero mucho menos que lo enfrentara con la guapeza con que lo hizo arriba del ring: ese guapo provocador no era otro que Oscar Natalio Bonavena, un hombre que se hizo a sí mismo y que trascendió a su deporte hasta volverse un ídolo popular, pero que se encontró con la muerte demasiado pronto y de manera trágica.
"Ringo", como se lo empezó a llamar luego de que una fanática lo confundiera con un integrante de Los Beatles (Ringo Starr), nació el 25 de septiembre de 1942, en el barrio porteño de Parque Patricios. De origen muy humilde, siempre tuvo una gran devoción por su madre, Doña Dominga, a quien años después haría famosa por sus célebres ravioles.
Palpó desde chico la calle, allí en las cercanías de la cancha de Huracán, club de sus amores. "Aprendí todas las cosas que se pueden aprender de la pobreza", comentó alguna vez. No le fue bien en la escuela primaria y abandonó en sexto grado. Él mismo bromeó después con la chispa que lo caracterizaría siempre: "De tanto repetir, casi me caso con la maestra".
Como era fuerte y grandote, se hizo boxeador; se inició como pugilista en el Club Atlético Huracán y en 1959 fue campeón amateur. Compitió como amateur en los Juegos Panamericanos de San Pablo en 1963, pero tras morder a su rival fue descalificado y recibió una larga suspensión.

Eso lo obligó a probar suerte en el pugilismo profesional de Estados Unidos, en una época dorada para los pesos pesados. Justo entonces Muhammad Ali comenzaba su fama de enorme boxeador pero también de gran parlanchín, por lo que Ringo tomó nota de esto último y aprendió de él. Allí, en la meca de su deporte, Ringo venció al campeón canadiense George Chuvalo, y a otros contendientes al título, como Zora Folley, Karl Mildenberger, Leotis Martin o Larry Middleton.
Cuando regresó a la Argentina, en 1965, desafió al campeón local, Goyo Peralta, con un despliegue verbal sorprendente para la época. Por ejemplo, en la previa del combate decía, entre muchas otras cosas: "Díganle a Peralta que lleve la cédula porque después de la pelea no lo va a conocer ni su vieja".
El día de la pelea entre Bonavena y Peralta había más de 20.000 personas en el Luna Park, una cifra nunca igualada. La gente había ido para ver perder a ese charlatán, pero Ringo ganó, y de manera incuestionable (luego habría una revancha que terminaría en empate y que se pelearía en Uruguay). Antes de abandonar el estadio, Ringo lo invitó a Goyo a comer los ravioles de doña Dominga, pero su contrincante esquivó el convite.

Como se cuenta en el diario El País, de Montevideo, con el título argentino, Bonavena llegó a la cumbre de su celebridad. "Era muy buscado por la prensa, pues siempre tenía lista la frase ingeniosa. Desfilaba por los programas de televisión", comenta ese medio en una nota publicada el 3 de junio de este año.
Ahí Ringo se convirtió en una figura que iba más allá del boxeo, participó en una película y, pese a tener una voz más bien aflautada, grabó una canción (Pío pío pa). "No tengo nada de voz, pero me gusta cantar", declaró, fiel a su estilo. Tenía 22 años y ya se había convertido en un personaje popular, que redoblaba siempre la apuesta y que iba más allá de su actuación en un cuadrilátero.
Pero su objetivo mayor fue siempre Estados Unidos, donde estaban los grandes rivales y las grandes bolsas. Fue allí donde se enfrentó dos veces con Joe Frazier, un monstruo del boxeo: en la primera de ellas, en 1966, perdió, pero lo derribó dos veces, y en la segunda, en la que también perdió, disputó la corona de los pesos pesados de la Asociación Mundial de Boxeo, en diciembre de 1968.
El 7 de diciembre de 1970 tuvo la oportunidad de pelear contra Alí, el más grande boxeador de todos los tiempos. En una conferencia de prensa previa a ese combate, como se comentó, llegó a llamarlo "gallina" al coloso de Louisville, que no podía creer que alguien fuera más "bocón". Poco después, arriba del ring, Ringo demostró que tenía algo más que palabras para mostrar: aunque perdió, sacó patente de guapo y hasta llegó a conmover a su rival con alguna piña.

Aquel día, la Argentina se paralizó por esa pelea. Nadie se quería perder lo que se percibía como el enfrentamiento entre David y Goliat. "Ese combate registró el más alto rating de la historia de la televisión argentina, hasta que lo superó la semifinal Argentina-Italia por el Mundial de 1990", precisa el diario El País.
El periodista y escritor Ezequiel Fernández Moores, que escribió en 1992 el libro "Díganme Ringo" (que fue reeditado este año), comenta que Ringo se hizo a sí mismo. "Ese personaje realmente lo armó él, sin relacionistas públicos, sin aparatos de prensa sin nada. Aparecía en todos lados, tenía un altísimo sentido de la propaganda y y de la importancia de difundir su propia obra. Como dijo Martín Becerra, Ringo fue mediático antes de que se inventara esa expresión", señala.
Aquel carismático chico de un hogar humilde del barrio de La Quema era ahora una figura popular en la Argentina, respetado en el mundo del boxeo, con un buen pasar económico y con varias puertas que se le abrían en los Estados Unidos. Estaba en su mejor momento. Tocando el Cielo con las manos. Pero... siempre hay "pincelazo" que lo arruina todo.
Luego de su pelea con Alí, Ringo empezó a decaer, nunca pudo llegar más alto en su carrera y jamás le dieron una pelea por el título. En 1975, su obsesión por combatir por la corona lo llevó a firmar un contrato con Joe Conforte, jefe mafioso de Reno, Nevada, que tenía el famoso burdel Mustang Ranch.
Hasta allá fue Ringo, y terminó vinculado sentimentalmente con la mujer de Conforte, Sally, una sexagenaria. No solo eso. Empezó a decir públicamente que se iba a quedar con el negocio de Joe. En la madrugada del 22 de mayo de 1976, quiso entrar a los gritos al Mustang Ranch y en un episodio que no queda claro hasta el día de hoy, un guardaespaldas de conforte lo mató de un tiro con su escopeta. Conforte le había bajado el pulgar hacía tiempo y Ringo cayó en la trampa. Se terminó así, a los 33 años, la vida del boxeador que se convirtió en mito y que dejó frases como esta: "La experiencia es un peine que te regalan cuando te quedás pelado".
Fernández Moores opina que, cuando los deportistas trascienden a su época y se incorporan a una galería de inmortalidad, es porque trascienden a su deporte. "Y eso hizo Ringo", afirma. "Con esto quiero decir que Ringo trascendió al boxeo. Él no era un simple boxeador, por eso, cuando murió, una multitud fue a despedirlo. Eso no lo genera un simple boxeador", analiza el periodista y escritor.
Quizá, la mejor forma de hacer una descripción final de Ringo Bonavena sea apelar a las palabras del propio Fernández Moores, quien en su libro lo retrató como nadie. "Era canchero, pero querible. Era canchero, pero no arrogante. Él mismo se reía de sí mismo. Y en esta ciudad refleja a buena parte de los porteños, en lo bueno y en lo mal. Y eso explica buena parte de su vigencia", concluye.
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