
El lavado de dinero, una actividad que se profesionaliza
Por Martín Ravazzani Para La Nación
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En momentos en que en la Argentina se discute la legislación para combatir el lavado de dinero, este problema adquiere cifras alarmantes en un mundo globalizado del que, naturalmente, el mercado local no está exento. De acuerdo con los cálculos del Fondo Monetario Internacional, el lavado de dinero representa entre 500 y 650 mil millones de dólares anuales.
Dicho de otra forma, involucra una cifra cercana al 2% del producto bruto mundial. La mayor parte corresponde a los fondos generados por las drogas, que alcanza a unos 400.000 millones de dólares por año, un monto superior a todos los ingresos que obtienen, en ese mismo período, todos los argentinos. Dados los años transcurridos desde que comenzó el negocio de las drogas, es de suponer que los activos que maneja el narcotráfico son siderales. Las Naciones Unidas señalan que el lavado se está haciendo más profesional y que se registra un continuo aumento de las comisiones pagadas a quienes se encargan de esta tarea. Los márgenes, que eran del 6 al 8 por ciento a comienzos de los ochenta, ahora llegan al 20 por ciento. El delito es muy sofisticado y sus formas son mutantes. Los delincuentes conocen las fallas de los controles, los puntos de corrupción, las debilidades de la ley.
Para el Departamento de Estado de los Estados Unidos, los profesionales del lavado difieren poco de los gerentes financieros corporativos. Son especialistas en finanzas, abogados, contadores y empresarios.
Utilizan identidades falsas, transfieren fondos, formalizan depósitos y movilizan exportaciones e importaciones fraudulentas. También fundan falsas empresas, crean créditos y avales, compran, venden y/o alquilan bonos, títulos y acciones y toda una serie de operaciones cuyo único límite parece ser la imaginación.
De acuerdo con los estudios que se presentaron en un reciente seminario organizado por la consultora KPMG, del que participaron especialistas tanto locales como internacionales, cerca de un tercio el dinero ilícito se coloca en el sistema financiero, otro tercio en negocios diversos, y el restante en nuevas actividades ilegales.
De manera frecuente, el dinero ingresa al sistema financiero luego de invertirse en operaciones de comercio exterior, casinos, supermercados, restaurantes y otros negocios.
En general, todas las actividades que manejan grandes sumas de efectivo son un excelente recurso para el lavado. Los casinos en los Estados Unidos, por ejemplo, declararon 107 mil millones de dólares en movimiento en 1987, cifra que en 1994 se había multiplicado casi cuatro veces, llegando a 407 mil millones.
El mercado de obras de arte y antigüedades requiere el manejo de fuertes cantidades de efectivo, y la ambigüedad de sus valores permite grandes inconsistencias en los precios propicias para blanquear fondos. También son difíciles de valorizar ciertos servicios profesionales.
Los especialistas consideran que, aunque muchas veces se ha afirmado que el lavado de dinero amenaza al sistema financiero mundial, la realidad es que le resulta de gran utilidad.
El crimen organizado tiene múltiples oportunidades de ingresar a los mercados financieros internacionales y de esta forma blanquear sus ganancias. Facilitan este acceso la creciente complejidad con que operan los sistemas financieros, la posibilidad de transferir fondos muy velozmente, junto con las grandes disparidades nacionales en el monitoreo de las instituciones.
Bancos y bolsas de valores que operan durante las 24 horas del día y la posibilidad de participar en forma anónima a la velocidad de la luz ofrecen condiciones altamente favorables para el lavado de dinero.
Imposibilidad de regular
Existe una brecha cada vez mayor entre el negocio financiero global y la capacidad de regularlo. Y se estima que esta brecha probablemente crezca en la próxima década. Las tarjetas inteligentes y el dinero electrónico proveen nuevas formas de transferir valores que ser casi imposible descubrir.
También aceitan los circuitos del dinero ilegal los sobornos, la corrupción, los grandes espacios que ocupa la economía informal y una inmensa masa de transacciones financieras que resultan muy difíciles de discriminar para las autoridades de control.
Quienes se encargan del lavado son los que determinan en que lugar ingresa el dinero, en qué forma y proporción se mezclan esos fondos lícitos y cuál es el mix tecnológico que se emplea. Se concluye, lógicamente, que sólo la destreza y la imaginación de los delincuentes funcionan como verdaderos límites.
Los lugares más atractivos para el lavado de dinero son los países donde este delito no está convenientemente tipificado, el secreto bancario es absoluto, no existe la obligación de informar las transacciones de gran volumen y son corrientes las operaciones en dólares, piedras preciosas y oro.
En primera línea se encuentran los paraísos fiscales, que conceden grandes ventajas impositivas e imponen un estricto secreto bancario y financiero.
Esto explica, según los expertos, que Chipre tenga 15.000 compañías con domicilio legal en su pequeño territorio, o que en Austria, donde se respeta el secreto de las fuentes, se hayan abierto 32 millones de cuentas bancarias, cuando son sólo 8 millones de habitantes.
Menos de una cuarta parte de los centros financieros del mundo han adoptado legislaciones de prevención. Y las medidas de control traen consecuencias. Así, el estricto marco regulatorio vigente en Suiza ha desviado cuantiosos fondos hacia Mónaco.






