El "síndrome del pato": la crisis de salud mental de los economistas
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Se estima que una de cada tres personas sufre en algún momento de su vida algún tipo de trastorno de salud mental, ya sea asociado al estrés, a desórdenes de ansiedad, a depresiones o a otro tipo de cuadros. A pesar de su relevancia, se trata de una agenda de la que se habla poco y que en muchos casos se considera tabú. Este podría ser uno de los motivos por los cuales tuvo tanta repercusión un estudio "no oficial" de la Universidad de Harvard, difundido días atrás, en el que se consignó que los estudiantes de doctorado de Economía -de varias casas de estudios- informan síntomas severos de depresión y ansiedad en una proporción del 18%, una tasa que más que triplica la de la población estadounidense en general.
El informe aclara que no se trata de un trabajo a gran escala ni encara un tema nuevo: se sabe, por anteriores investigaciones, que las carreras académicas en universidades prestigiosas de los Estados Unidos, en la etapa de doctorado, presentan altísimos signos de estrés (más allá de la de Economía). Sin embargo, como se trata de una temática de la que se habla poco, llena de prejuicios, la noticia de las conclusiones del informe cayó como una bomba entre alumnos, exalumnos y profesores de Economía.
"Se conversó muchísimo entre colegas sobre este estudio", cuenta Ricardo Pérez Truglia, quien realizó su doctorado en Economía en Harvard y actualmente da clases en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA). "Si bien los estudiantes de doctorado están más deprimidos que la población en general, la verdad es que no sabemos qué está pasando. Quizás hacer el doctorado te deprima, porque implica mucha presión y muchas horas de trabajo. O quizás el doctorado no haga nada y la gente que elige cursarlo tenga tendencias más depresivas. Lo más probable es que sea una mezcla de los dos efectos", dice el economista argentino.
"Creo que gran parte del problema tiene que ver con las expectativas -continúa Pérez Truglia-. Todos los estudiantes que entran cada año a este programa de Harvard vienen de ser los mejores en su lugar de origen (España, América Latina, etc.). Entonces, empiezan con la expectativa de que van a ser los mejores en el programa. Pero solo uno puede ser el mejor, el resto de los 24 estudiantes del programa no lo será. Así que, de alguna manera, cada año hay 24 decepciones".
Otro factor particular que suma presión, cuenta ahora un profesor de Economía argentino que tuvo varios exalumnos cursando en Harvard, es lo que se llama "la curva" en el sistema de calificación. "No te ponen la nota por la calidad de tu examen, sino por tu posición relativa a los otros. Podés haber hecho un examen excelente, pero te queda una B+ porque hay cuatro estudiantes que son mejores que vos. Y esa B+ significa que no vas a estar en el podio ni vas a estar para aspirar algún día a entrar al mercado de trabajo o a escribir en un journal (revista especializada) top. Vas a ser un perdedor", explica.
Uno puede estar apenas por debajo de los mejores, pero la remuneración futura no se situará "apenas por debajo" (como se enseña en economía que ocurre con la productividad marginal), sino que el resultado es binario: como en la canción de ABBA, "el ganador se lleva todo". Esto no ocurre en otras ciencias ni en otros ambientes académicos.
Hay decenas de estudios que midieron tasas de trastornos psicológicos en estudiantes de doctorado, que son entre dos y cuatro veces más elevadas que las del promedio de la población. Las explicaciones que se suelen dar tienen que ver con un mal balance entre el trabajo y el tiempo libre, presión financiera, incertidumbre por la carrera laboral a futuro y problemas en la relación con quien ejerce la supervisión en los estudios de doctorado. El Instituto Max Planck hizo uno de los estudios más extensivos: les preguntó a 2218 estudiantes de doctorado si sufrían alguno de estos seis síntomas: depresión, burnout, desórdenes de alimentación, desórdenes de suelo, fatiga crónica o migrañas. Más de la mitad declararon que tenían al menos un síntoma, y uno de cada cinco, tres o más síntomas a la vez.
La argentina Ingrid Toppelberg cursó un MBA en el MIT y trabajó con distintos grupos de estudiantes allí y en otras universidades sobre la temática de salud mental. "En mi experiencia, la economía es una disciplina particularmente abstracta, por lo que podría ser un poco más difícil encontrarle sentido o ver cómo tu trabajo puede afectar el mundo real", dice Toppelberg, que hoy es coach de ejecutivos y emprendedores.
"Desgraciadamente, las enfermedades mentales están muy estigmatizadas y quienes las sufren sienten vergüenza e inseguridad de pedir ayuda -sigue Toppelberg-. Aunque las enfermedades mentales pueden hacer la vida muy difícil, muchos de estos estudiantes brillantes se las arreglan para ocultar los síntomas y dar la impresión de que está todo bien, que no pasa nada. La Universidad de Stanford llama a esto 'el efecto pato': crear la ilusión de que se está desplazando naturalmente, sin hacer ningún esfuerzo, pero debajo del agua están pataleando desesperadamente".
La historia que más la impresionó tuvo que ver con el suicidio de una estudiante de doctorado en Harvard. "Una vez me invitaron a un evento en su honor. Me impresionó profundamente cómo todo el tiempo se enfatizaba lo feliz que era ella, sin ninguna mención al hecho del suicidio. Sin embargo, alguien que se suicida no es la persona más feliz del mundo. El esfuerzo que ella debe haber hecho para mantener esta imagen mientras luchaba con la depresión debe de haber sido terrible", recuerda.
Toppelberg cuenta que tiempo atrás, mientras trabajaba como consultora en McKinsey, estuvo muy deprimida. "Para combatir la depresión, es importante hacer ejercicio regularmente y alimentarte bien, dormir lo suficiente y en horas regulares, mantenerte conectado con otros y no tener niveles extraordinarios de estrés. Estos principios son justamente los que abandonamos en la mayoría de los ambientes de alto rendimiento, ya sea el mundo corporativo o la universidad, donde siempre hay más para hacer y la mayoría de nosotros somos exitosos inseguros y lo que nos motiva es el miedo de no ser lo suficientemente buenos", explica.
No todos los casos son iguales y Pérez Truglia cree que este tipo de estudios sirven, pero no deberían asustar a potenciales estudiantes de doctorado de Economía. "El doctorado puede ser una etapa fantástica de la vida. Para mí, personalmente, fueron los años más felices. Pasaba mucho tiempo con mi mujer y con mis hijos. Jugaba al fútbol dos veces a la semana. Trabajar en mi tesis me divertía mucho y darles clases a los estudiantes de Harvard es un placer", cuenta.
Uno de los popes de la "economía de la felicidad", Andrew Oswald, profesor de la Universidad de Warwick, tiene varios estudios que cuantifican la problemática de los trastornos mentales en centenares de miles de millones de euros de pérdida por año solo para Europa. Oswald suele enfatizar que no hay un mayor destructor de bienestar emocional, por lo cual la mejor decisión de políticas públicas que podría tomar un gobierno en pos de aumentar la felicidad agregada de la población sería encarar programas masivos para tratar y mejorar la salud mental de los habitantes.
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