
En el mundo del trabajo ya nada es como antes
La industrialización fue el eje principal sobre el que giraron las transformaciones de las relaciones entre patrones y trabajadores
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Pocas cosas cambiaron tanto en diez siglos como el mundo del trabajo. La mayoría de los oficios de los países ricos no existía hace 250 años. De los que sí estaban, sólo la prostitución, la mendicidad y unos pocos oficios rurales se realizan igual que antes. Si el trabajo hace al hombre, somos una nueva raza.
El símbolo obvio es la salida de la agroganadería. No es que el trabajo en el campo no haya cambiado. Durante milenios, el hombre condujo el arado, generalmente tirado por bueyes, luego sembraba, cortaba, apilaba, trillaba y limpiaba el maíz a mano. En 1825 tenía cosechadoras conducidas por caballos, pronto máquinas de trilla de vapor y máquinas que tiraban del arado con cables; ahora conduce tractores y gigantescas máquinas combinadas: un hombre hace el trabajo de 20 o 30 personas.
La Revolución Industrial
Otros oficios se mecanizaron más y más rápido. Pero ése no es el mayor cambio, ni tampoco los avances como el desarrollo de la máquina de escribir o el chip de silicio, que crearon ramas propias.
El mayor cambio es que existe un mundo del trabajo distinto al del hogar. Hasta 1700, para casi todos el trabajo estaba en casa. Alrededor de 1770 nació la fábrica y, con ella, un nuevo mundo de empleo asalariado masivo.
Por una vez, Carlos Marx tuvo razón: las relaciones del pasado se destruyeron. Donde antes trabajaban dos, tres o 100 personas juntas, ahora lo hacían 300, 2000 o 3000. Aunque mecanizado, el trabajo agrícola fue uno de los pocos sectores donde sobrevivieron las antiguas relaciones.
Los años 90 de este siglo están reinventando el pasado, al reducirse la línea de montaje y multiplicarse las consultoras de media docena de personas. Pero el pasado era, por cierto, otro mundo.
En 1600, el comerciante, en cualquier pueblo europeo, vivía literalmente arriba del negocio , o al menos el depósito y con el personal. En escala menor, el carnicero, el panadero y el fabricante de velas hacían lo mismo. Una granja, al menos en Gran Bretaña, alojaba a uno o dos empleados.
La unidad laboral tenía más vínculos que el salario. Ofrecía, sin embargo, mucha menos libertad que el mundo del trabajo de hoy. Hubo esclavos en Inglaterra hasta alrededor del 1200. En Francia, hasta 1789; en Prusia, hasta 1815; en Austria-Hungría, hasta 1848, y en Rusia, hasta 1861.
Durante siglos, la industria textil fue una mezcla de capitalismo y contrato de terceros. Muchas familias rurales obtenían gran parte de sus ingresos de la rueca o el telar. Como cualquier contratista, corrían un riesgo, pero eran sus propios amos.
Explotación
El camino de entonces a ahora, vía el sistema fabril, ocupó en toda Europa unos 50 años de explotación. El estatuto de oficios de 1563 fijaba al menos 14 horas de trabajo diario, menos hasta 2 horas y media para comidas. Cerca de 300 años más tarde, los dueños de las fábricas textiles imponían algo parecido: 14 horas al día en Gran Bretaña, 15 en Alemania, y hasta 16 horas en Lyon, Francia.
Los dueños de fábricas y los defensores del libre mercado se enfrentaron con el movimiento por las diez horas británico de 1830, hasta que la ley los obligó a aceptarlo, en 1847. Alemania tuvo un límite de 12 horas en 1871.
La disciplina de la fábrica era feroz. Los capataces de las minas de carbón prusianas podían dar 15 latigazos a los que faltaran a las normas. Y cuando caía el comercio, se despedía a la gente. La red de contención del sistema del trabajo en la casa había desaparecido.
Se tardó 40 años en Europa en tratar de manejar el desempleo. No es de sorprenderse que algunas mujeres se dedicaran a la prostitución.
Pero el camino era de ascenso, especialmente para las mujeres. Se abrieron vastos campos nuevos de empleo, no demasiado rápido: en 1911, el 39% de las mujeres trabajadoras de Gran Bretaña seguía siendo empleadas domésticas.





