Estereotipos, esos eternos villanos de la película en la vida de una sociedad
Si él tiene fotos de su familia sobre el escritorio, debe ser un padre cariñoso y responsable; si ella las tiene, debe ser que antepone la familia a su carrera. Si él se va a casar, deberán aumentarle el sueldo; si ella se va a casar, se quedará embarazada y dejará de trabajar. Si él almuerza con su jefe, seguramente recibirá una promoción; si ella almuerza con su jefe, con seguridad "pasa algo" entre ellos.
La lista tiene una longitud indefinida. Los estereotipos de género son un clásico del lugar de trabajo donde también los hay referidos a otros ejes. Por ejemplo, cuando de profesiones se trata, "es sabido" que tanto ingenieros como contadores son "cuadrados" y aburridos –no obstante estos últimos se llevan las palmas–, mientras que la gente de marketing es creativa y divertida.
En algunos casos, el cruce de ejes sirve como refuerzo de los estereotipos machistas. Una mujer que cocina es una cocinera, mientras un hombre que cocina es un chef. En medicina, la enfermería está reservada a las mujeres por ser "más sensibles", mientras es mejor que los cirujanos sean hombres por ser "más fríos". En arquitectura, la decoración es "cosa de mujeres" –o de gays–, mientras que el trabajo en obra es "cosa de hombres". En las empresas, las personas de recursos humanos deben ser empáticas por lo que es "natural" el predominio femenino en esa función.
Hay una frontera tenue entre un estereotipo y una mera generalización. A pesar de los ejemplos anteriores –intencionalmente sesgados– no está demasiado claro por qué deberían ser evitados; después de todo, la capacidad de generalización y abstracción es una de las cosas que nos diferencia de otras especies. Aun así, los estereotipos son los eternos villanos de la película social. Se usan casi siempre para racionalizar las conductas o las cualidades de algún sector de la sociedad debido a su género, edad, etnia, nacionalidad, profesión u otra categoría cultural.
Una gran injusticia
Es cierto que muchas veces los estereotipos son injustos, negativos e incluso escandalosamente falsos. Sin embargo, como sostiene el doctor David J. Schneider –prestigioso psicólogo de la Universidad de Stanford– a veces hasta pueden ser útiles (si bien en ese caso solemos ponerles otro nombre) y hasta fundamentales para la vida social. Por eso, aunque condenarlos es la reacción intuitiva, tal vez convenga dedicarles un poco de tiempo para comprenderlos mejor.
El término "estereotipo" nace de la unión de dos palabras de origen griego: stereos que significa "sólido", y typos que significa "modelo". De allí que un estereotipo sea algo así como un "modelo sólido", lo que sirve perfectamente para expresar la dificultad que supone modificarlo. También indica su rigidez, su posibilidad de replicación y su poder para fijar en nuestra cabeza ideas nacidas en la cultura (más que en experiencias individuales). Estos atributos son los que marcan su importancia a la hora de mantener el vínculo social.
Un estereotipo no es necesariamente ilusorio, pero cuando las ciencias sociales los comenzaron a estudiar –en las primeras décadas del siglo veinte– encontraron que estaban vinculados con los prejuicios y con la discriminación.
Retomemos por un momento el caso de la medicina. Aun aceptando como válido que por cuestiones biológicas o culturales las mujeres sean más sensibles que los hombres (estereotipo muy difundido), inferir por eso que Agustina lo es y, por ende, no será tan buena cirujana como Agustín, es pura discriminación. A pesar de todo, es tan fuerte este prejuicio que, cuando se googlea "cirujanas famosas", las primeras respuestas se refieren a… ¡los cirujanos plásticos de las famosas! Una ironía por partida doble, ya que al mismo tiempo "confirma" que las famosas han debido someterse al bisturí de algún Pigmalión para estar divinas.
Las personas abrazan los estereotipos para evitar la reflexión y el análisis sobre las diferencias particulares de los individuos de grupos detestados o amados. Al ser una forma de simplificar la realidad por medio de generalizaciones, actúan impulsando la experiencia más que como fruto de esta y adquieren la dinámica de una profecía autocumplida. Se inspiran en nuestras expectativas y nuestro deseos sobre lo que aguardamos encontrar, y condicionan lo que finalmente observamos en la realidad.
Además de aglutinante social, su utilidad reside precisamente en que nos liberan de tener que pensar sobre cada nuevo individuo al que nos enfrentamos, y así nos evitan la fatigosa tarea de indagar. En su ventaja está la trampa ya que se convierten en una suerte de chaleco de fuerza para nuestra capacidad de conocer.
El autor es profesor del IAE ?Business School






