Innovación a la hora de la inclusión financiera

Alicia Caballero
Alicia Caballero PARA LA NACION
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16 de diciembre de 2018  

En tiempos en los que la inclusión financiera es un tema de la agenda internacional, es importante destacar que en 1891, un multifacético y visionario presidente y estadista llamado Carlos Pellegrini sentó las bases del Banco de la Nación Argentina que, desde aquellos años incluyó financieramente a una parte importante de la población, y contribuyó enormemente al desarrollo económico del país.

El triple balance, la responsabilidad social empresaria, la sustentabilidad son conceptos e imperativos recientes en la gestión empresarial. Por eso es interesante destacar el nivel de originalidad e innovación institucional que conllevó la creación de este Banco que, 127 años atrás, sin denominarlos así, perseguía los mismos objetivos.

En la Carta Orgánica original del BNA, Carlos Pellegrini puso énfasis en que el funcionamiento del Banco no estuviese sujeto a intereses políticos, y que los pequeños industriales y comerciantes (a quienes consideraba fundamentales para el desarrollo), junto al sector agropecuario debían ser los principales destinatarios del crédito. También definió que el Banco debía cubrir a todas las regiones del país y a sus habitantes, y atender exigencias del presente y del desarrollo del porvenir. Un enfoque realmente inclusivo y sustentable.

Convengamos que hacia fines del siglo XIX, la teoría económica no había relevado el impacto de las pequeñas y medianas empresas en términos de creación de empleo, capacidad de innovación, eficiencia en la utilización de capital, y crecimiento económico. Hoy todo nos parece obvio, pero en ese tiempo no lo era.

Tampoco se habían desarrollado teóricamente los modelos que explican el crecimiento y el desarrollo. Los clásicos seguían abonando la idea de Adam Smith, que vinculaba el aumento de la riqueza de un país con el intercambio comercial y el tamaño del mercado. Recién hacia fines del siglo XX se puso de relieve la importancia de las instituciones en el desempeño económico.

Como Directora del Banco Nación pude confirmar recientemente la importancia y fortaleza de esta institución que logró sobrevivir a las vicisitudes de una Argentina que, por múltiples razones, nunca abandona las aguas turbulentas, y es sacudida periódicamente por tormentas de variada intensidad y comprendí cabalmente la importancia que tiene la banca pública, acerca de cuyo sentido muchos se preguntan.

Y la respuesta es simple. Tiene una misión diferenciada que aquella de los bancos privados. Para el BNA, la variable a maximizar debe ser la de la utilidad pública, que incluye proveer de servicios financieros a los tomadores de crédito tradicional, pero también a los habitantes de un pueblo aislado geográficamente, a los hombres y mujeres que tienen un oficio y tratan de crecer, a los adultos mayores que perciben jubilaciones mínimas, a las viudas de los policías asesinados por delincuentes, o a parejas jóvenes que quieren acceder a una primer vivienda. Incluye también sostener crediticiamente a las empresas de una zona afectada por una inundación o por una sequía, o impulsar el crédito a empresas de la nueva economía.

Es cierto que la tecnología y las fintech ayudan mucho a la inclusión, pero tengamos en cuenta que en muchos lugares de la Argentina no hay siquiera conectividad o teléfonos inteligentes, y muchos clientes, por avanzada edad o insuficiente formación no logran desenvolverse con las claves alfanuméricas, el pin, el CBU, el alias y el token. Mucha gente se resiste incluso a la tarjeta de débito porque no sabe utilizarla. Es una realidad que no podemos negar más allá de que hay una parte de la sociedad que ya adquirió hábitos de vanguardia.

Ahora bien, en un país democrático, con una tercera parte de la población bajo la línea de pobreza, y un 50 por ciento de chicos que no finalizan la secundaria, nadie puede ni debe quedar fuera. No todos los segmentos de la población resultan rentables para un banco privado y, lógicamente, no serán parte de su plan de negocios.

Lo interesante es que, a diferencia de muchas empresas públicas que a lo largo de la historia han generado déficits recurrentes (no necesariamente por ser públicas, sino porque su manejo se confiaba a gente no idónea), el BNA tiene una meritoria tradición de generación de utilidades.

Con sus 725 sucursales distribuídas a lo largo y a lo ancho del país y sus casi 18.000 empleados, entre enero de 2017 y agosto de 2018, incrementó su cartera de préstamos al sector privado no financiero en un 181 %. Parte de ese incremento está explicado por los 63.892 créditos hipotecarios. Cuando se otorga un crédito para una vivienda, no sólo se genera un efecto multiplicador potente en la economía (productores de cemento, acero, azulejos, sanitarios, servicios asociados, etcétera). También se ayuda a mejorar la vida de las familias, que constituyen el cimiento de la sociedad. Por eso los créditos tienen como destino la vivienda única. Son líneas de crédito rentables para el Banco, que a la vez impactan positivamente en la calidad de vida de la población, y en el entramado social.

En cuanto a la calidad crediticia, la cartera en mora alcanza sólo el 1,3%, por debajo de la media del sistema que es de 2.2%.

La participación del Banco dentro del sector pasó del 11% a comienzos del 2017, al 15.4% en agosto de 2018, a pesar de reducir en el mismo período en un 3,3% la dotación de personal.

Como cualquier institución humana es perfectible y hay mucho para mejorar y modernizar, particularmente en materia tecnológica y de procesos.

También es importante lograr mayor flexibilidad en su cultura organizacional, y trabajar intensamente en el desarrollo de instrumentos para financiar empresas del siglo XXI, basadas en activos intangibles (contenidos audiovisuales, nanotecnología, tecnologías de la información, etc.) que son clave para el futuro de Argentina, dado que en general son competitivas. Aportar nuevas miradas, construyendo capacidades acordes a los nuevos desafíos, es una misión muy interesante para quienes por un tiempo integramos el Directorio.

Pero más allá de todo lo que queda por hacer, es justo valorar que se trata de una institución que hace más de un siglo demostró tener la capacidad de resistir y superar los peores momentos de la Argentina, sosteniendo a muchos sectores de la producción agropecuaria e industrial.

Hace días cumplí un ciclo y dejé el banco. Haber sido formada en la exigencia y rigor de la banca privada americana, trabajando en áreas diversas como créditos, financiamiento de proyectos, banca de inversión y capital de riesgo, y el haber sido muchos años profesora de finanzas en grado y maestrías me permite disponer de parámetros de comparación. Y, desde una perspectiva académica y económica, creo que en un país como Argentina, con memoria e instituciones frágiles y prejuicios fuertes, es muy importante valorar y proyectar inteligentemente hacia el futuro el legado de un visionario de la talla de Carlos Pellegrini. Su capacidad de innovación (virtud tan preciada en estos tiempos), lo llevó a crear un banco tan sólido que sigue operando hace más de un siglo en todo el país, contribuyendo a su crecimiento, y sosteniéndolo cuando todo parece colapsar.

Decana de la Facultad de Ciencias Económicas de la UCA y exdirectora del Banco de la Nación Argentina

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