La calidad comienza con empleo decente
Deberían certificarse los productos por las condiciones laborales en que se produjeron
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Hay un libro de reciente publicación donde, con el título La dinámica de las relaciones laborales en la Argentina , se incluyen textos coordinados por el investigador Héctor Palomino. Uno de los temas abordados es la aparición de ciertas modalidades de producción y comercialización como el que se registra en las Ferias de La Salada , fenómeno singular que logra incorporar, de modo más o menos legal y, por lo tanto, polémico, a varios miles de trabajadores. Seleccionamos, de este capítulo, un fragmento significativo: "El fabricante elige el taller a contratar en base a una evaluación de cómo éste realiza la prenda, no del proceso de confección, sino de la calidad de la prenda terminada".
Este tipo de procedimiento incluye tanto a marcas de vestimenta deportiva muy promocionadas como a otras más pequeñas y casi desconocidas, aunque podría extenderse a todos los artículos que se producen y están a la venta en los comercios en general. El punto en común es que los consumidores fijan su atención en la calidad, el precio, el diseño y la marca, sin tener información alguna sobre quiénes y cómo fueron producidos.
Hubo avances importantes en el ramo alimentario, cuando se incluyó en detalle la composición de las mermeladas, el origen de la carne vacuna o si las frutas o vegetales fueron rociados o no con productos agroquímicos. El consumidor, en estos casos, sabe algo más del proceso previo al acto de compra.
Lo que se ignora es quiénes y cómo han intervenido en la elaboración, es decir, qué tipo de condiciones laborales tuvieron las personas que trabajaron para que un producto o servicio llegue a sus manos. Resumamos en una pregunta: ¿a alguien le importa?
Podría darse la paradoja que muchos de los que consumen artículos de bajo precio son los mismos que fabrican otros productos en condiciones laborales hostiles, con bajos salarios y ambientes laborales agresivos. Podemos encontrar estos datos no sólo en el texto que se menciona más arriba, sino también en otros, como los escritos de Naomi Klein, en los que quedan descriptos ciertas relaciones de trabajo con grandes deficiencias referidas a la salud mental o física, sufridas por aquellos que intervienen en la cadena productiva o en la prestación de un servicio.
Ante escenarios de este tipo cabe imaginar que sería posible certificar lo que la Organización Internacional del Trabajo denominó trabajo decente . Un sello que asegure la existencia de relaciones internas carentes de acosos y abusos de autoridad, resguardo de la vida y la salud de los empleados, cumplimientos de las leyes laborales y aportes previsionales, beneficios y remuneración adecuada, etcétera. El consumidor podría optar por la compra de artículos que provienen de organizaciones sanas, compuestas por gente satisfecha con sus tareas o, por lo menos, un poco más contenta que la que trabaja en empresas que no cumplen con los requisitos mínimos necesarios para propiciar un buen lugar de trabajo. Se insiste en que la misión del área de Recursos Humanos es agregar valor, pero no se especifica para qué, si es para el producto o para los miembros que lo hacen posible. Lo más probable es que ambos se complementen.
Un sello. Una virtud certificada. Un sueño que las leyes del mercado podrían incorporar sin alterar en lo más mínimo sus bases de sustentación: competir y ganar por ser de los mejores en el cuidado de su personal.
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