La economía no es un juego de suma cero
Tanto optimistas como pesimistas creen que viven en el mejor de los mundos. Los primeros porque creen que pronto estaremos peor, los segundos porque creen que pronto estaremos mejor. La forma en que ambos grupos encaran el futuro es diferente.
Al asumir el presidente Fernández se promulgó la ley 27.541 con 9 emergencias públicas en materia económica, financiera, fiscal, administrativa, previsional, tarifaria, energética, sanitaria y social. Desde entonces se está negociando la deuda, se suspendieron muchas leyes como la del conocimiento o actualización de jubilaciones y no hay grandes novedades sobre distintos tratados internacionales. Con los devastadores efectos de la cuarentena provocada por la pandemia no sabemos el grado de avance en la modernización de todo el aparato de gestión del estado. El nivel de incertidumbre es alto. Todos estos efectos se reflejan en la sorprendente caída en el nivel de actividad económica.
Adicionalmente no tenemos claros los objetivos ni tampoco cómo llegar. La frase simplista es que el presidente no cree en los planes, pero mucho más serio es que los argentinos no tenemos claro hacia dónde vamos.
Uno de los pocos objetivos que debería ser fácil de definir es incrementar exportaciones. Exportar no reduce lo que está disponible para los argentinos; esa es una idea absolutamente descabellada que tal vez nunca haya sido cierto. Sólo sería cierto si en el exterior se paga mucho más que lo que en Argentina se puede pagar por ese producto. Pero… ¿y si lo fuera? ¿Acaso cada productor no vende al mejor precio posible? Otra forma más simple es entender que exportar es "redistribuir hacia la Argentina el dinero del resto del mundo". Es mucho menos conflictivo que distribuir entre argentinos.
La Argentina está más preocupada por distribuir que por crecer y el sistema político cree en -y auspicia- juegos de "suma cero": lo que uno gana es a costa de otros, lo que además implica suponer que se puede "jugar" una sola vez. Sin embargo el mundo sigue y la vida de una sociedad -y su economía- es lo que se llama un "juego infinito". En teoría de juegos, los juegos repetidos o infinitos son aquellos que se juegan una y otra vez a lo largo del tiempo.
A diferencia de un juego de suma cero donde lo que uno gana lo pierde otro, o de un único juego donde claramente el objetivo es la victoria, en los juegos infinitos o repetidos no se busca el máximo beneficio o la victoria sino que los incentivos cambian, ya que es muy probable que el jugador se encuentre con los mismos grupos de interés en más de una ocasión. En función del contexto y su habilidad para adaptarse, unas veces ganará, otras perderá, entrarán y saldrán jugadores. Por ello los mejores resultados en esta concepción son el resultado de muchas interacciones, sumando para sí mismo y muchas veces para otros.
Un pesimista durará poco en este tipo de juegos. Ya lo dijo Adam Smith en 1776 en su libro "La riqueza de las naciones": "no es de la benevolencia del carnicero, cervecero o panadero de donde obtendremos nuestra cena, sino de su preocupación por sus propios intereses".
Esta concepción de nuestro sistema político de suma cero se muestra en la aversión a tratados internacionales donde todos ceden algo con la esperanza de ganar algo mayor, donde muchos trabajan en cooperación, donde las ideas se distribuyen a gran velocidad para intentar realizarlas a nivel global. También es parte de nuestro lenguaje donde se habla de la "lucha" por tal o cual "conquista". Es un concepto alejado de la cooperación necesaria para que todos se beneficien.
Cuando el escenario es de largo plazo son evidentes nuevas variables a tener en cuenta, no sólo la cooperación. Hay cada vez más interacciones, mayores y más complejos indicadores de desempeño, podríamos decir que las cadenas de valor son cada vez más complejas. Fundamentalmente romper un contrato o acuerdo tiene consecuencias importantes. Esto vale para todas las relaciones dentro de la economía y actualmente es evidente en la negociación de la deuda. Es imposible imaginar que pueda haber intervención del Estado en tantas actividades, que se pueda mantener el laberíntico sistema de regulaciones más una carga impositiva rígida y costosa.
Para salir de nuestra recesión y reactivar la economía se necesita mucho más que dinero: quienes trabajan tienen que tener la convicción de que el esfuerzo tendrá un resultado positivo. Debemos ser optimistas y jugar un juego infinito. Si nos va bien, muchos más se beneficiarán también.•







