Los países emergentes no eran tan buenos antes, pero tampoco son tan malos ahora

Algunos problemas en Brasil, Turquía o China obligan a revisar la mirada sobre esas economías
Dani Rodrik
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16 de agosto de 2015  

CAMBRIDGE.- Tras 15 años de euforia, ganó un nuevo tópico: que los mercados emergentes pasan por grandes dificultades. Muchos analistas habían proyectado un crecimiento rápido e indefinido en países como Brasil, Rusia, Turquía e India, apresurándose a calificarlos como los nuevos motores de la economía mundial. Hoy en casi todos ellos ha bajado el ritmo de crecimiento y los inversionistas retiran sus capitales, en parte impulsados por las expectativas de que la Fed aumente sus tasas de interés en septiembre. Sus monedas perdieron valor, al tiempo que los escándalos de corrupción y otros problemas políticos abruman la narrativa económica en lugares como Brasil y Turquía.

En los mercados emergentes abundan las grandes empresas mundiales y la expansión de las clases medias. Pero solo una ínfima proporción de la mano de obra de estas economías trabaja en firmas productivas; el resto es absorbido por empresas informales e improductivas.

Hay que comparar esto con la experiencia de los pocos países que sí lograron emerger. Corea del Sur y Taiwán crecieron gracias a una veloz industrialización: a medida que sus habitantes se convertían en obreros de fábrica, sus economías se transformaron y también sus sistemas políticos. Ahora son democracias ricas.

En contraste, la mayoría de los mercados emergentes actuales se están desindustrializando prematuramente. Sin embargo, no se merecen el trato sombrío y agorero que reciben. Los tres fundamentos clave para el crecimiento de las economías en desarrollo son la adquisición de habilidades y educación de la fuerza de trabajo, la mejora de las instituciones y la transformación estructural que permita la transición desde actividades de baja productividad a otras más productivas. Para lograr un crecimiento rápido han sido necesarias intensas transformaciones estructurales a lo largo de varias décadas, y los avances constantes en los ámbitos educacional e institucional fueron los cimientos más decisivos para la convergencia con las economías avanzadas.

Si comparamos China con la India, la primera creció con fábricas llenas de campesinos con poca educación, lo que gatilló una suba instantánea de la productividad. La ventaja comparativa de la India radica en sus servicios, que requieren un nivel relativamente alto de habilidades pero no pueden absorber más que una pequeñísima proporción de una fuerza laboral que en gran parte no ha recibido formación. Serán necesarias muchas décadas para que el nivel de habilidades promedio de India llegue al punto en que pueda hacer crecer de manera significativa la productividad de su economía.

De modo que el potencial de crecimiento de mediano plazo de la India está muy por debajo del de China en las décadas pasadas.

Son innegables los logros económicos de China, pero no por eso deja de ser un país autoritario donde el Partido Comunista tiene el monopolio político. Así que los retos que plantea la transformación política e institucional son inconmensurablemente mayores que en la India, y la incertidumbre a la que se enfrentan los inversionistas de largo plazo en China es superior.

O podemos comparar Brasil con otros mercados emergentes. Se puede afirmar que últimamente ha sido el país que más embates sufrió. El escándalo de corrupción en torno a la petrolera estatal Petrobras produjo una crisis económica que derrumbó su moneda y estancó el crecimiento.

Sin embargo, la crisis política brasileña demuestra la madurez democrática del país, y es un signo de fortaleza más que de debilidad. El hecho de que los fiscales hayan podido investigar las irregularidades y llegar hasta los más altos niveles de la sociedad y el gobierno sin sufrir interferencias políticas es un ejemplo para muchos de los países avanzados.

No podría ser más notorio el contraste con Turquía, donde se hizo la vista gorda a problemas de corrupción mucho mayores, en los que están implicados el presidente Recep Tayyip Erdogan y su familia. La investigación contra Erdogan por parte de la fiscalía turca en 2013 tuvo claras motivaciones políticas (estaba impulsada por sus enemigos del movimiento encabezado por Fethullah Gülen, un clérigo islámico autoexiliado), lo que dio al gobierno el pretexto que necesitaba para anularla.

El financiamiento externo barato, la abundancia de los flujos de capitales y el auge de los precios de los productos básicos contribuyeron a ocultar muchas de estas deficiencias y dieron impulso a 15 años de crecimiento en los emergentes. A medida que los vientos en contra de la economía mundial soplen con más fuerza, será más fácil distinguir entre los países que fortalecieron sus fundamentos económicos y políticos de aquellos que se valieron de narrativas falaces y la ilusión de permanencia de los cambiantes humores de los inversionistas.

El autor es profesor de Economía Política de la Universidad de Harvard

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