Luciano Laspina: “Es muy difícil pensar en decorar la casa cuando se está incendiando; primero hay que apagar el fuego”
El flamante director ejecutivo de Cippec habla de las reformas pendientes, la economía en dos velocidades y los consensos básicos que la Argentina no logró escribir en su Constitución cuando sus vecinos sí lo hicieron
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Mañana se llevará adelante la tradicional cena anual de Cippec, que reunirá a más de 1000 referentes de la política, el empresariado, la diplomacia y el mundo académico bajo el lema “Crecer o crecer”. Será también la primera vez que Luciano Laspina tome la palabra en ese rol: asumió como director ejecutivo del centro de pensamiento el 1° de marzo.
Laspina llega al cargo con credenciales que incluyen haber sido diputado nacional, presidente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda de la Cámara y uno de los economistas más activos del debate político reciente como exasesor principal de Patricia Bullrich. En Cippec encontró un espacio diferente: el de pensar sin la urgencia del mandato electoral. O al menos eso es lo que propone.
En la entrevista con LA NACION, habla de los objetivos que tiene para la organización, de las reformas pendientes —la previsional, la tributaria, la de coparticipación—, de una economía que crece a dos velocidades y deja a muchos sectores afuera, y de los consensos básicos que la Argentina no logró escribir en su Constitución cuando sus vecinos sí lo hicieron. También de por qué cree que el gran desafío del país es político antes que económico, y de la metáfora que mejor resume el momento: apagar el incendio antes de pensar en la decoración.
–¿Qué objetivos tiene para Cippec en los próximos años?
–Nuestro objetivo es poner a Cippec a construir una agenda de futuro. Creemos que hay una agenda del presente, que incluye un montón de reformas —algunas de las cuales el Gobierno ya ha encarado y otras están esperando su momento— sobre las cuales hay mucho escrito y muy poco hecho. Nuestro rol es acompañar y empujar esos debates: la reforma impositiva, la coparticipación, la reforma previsional. Pero también queremos levantar la mirada y construir una agenda para los desafíos que la Argentina va a tener que enfrentar en los próximos 10 años. Los economistas profesionales estamos entrenados para la emergencia. Y los gobiernos están demasiado ocupados con la agenda del presente. Esa agenda del futuro tiene que hacerse las preguntas correctas: cómo nos integramos al mundo, cómo mejoramos la competitividad de nuestras empresas, cómo adecuamos la oferta educativa para los empleos que vienen, cómo repensamos la infraestructura en un país que se está desconcentrando regionalmente —el conurbano cae, las ciudades del interior crecen—, qué impacto va a tener el envejecimiento poblacional. Son todos temas con un gran signo de interrogación que nosotros, como centro de pensamiento, nos queremos poner a debatir.
–Uno de esos temas pendientes es la reforma previsional. ¿Cómo ven el posible avance?
–En Cippec tenemos a Rafael Rofman, uno de los mayores expertos en el tema, que elaboró un proyecto de reforma ya disponible para el Gobierno. Lo que sabemos es que están esperando el momento político. Probablemente no sea durante esta gestión, sino para la próxima. Cada reforma tiene sus restricciones: la tributaria, la fiscal; la de coparticipación, el consenso de las provincias; y la previsional requiere que la sociedad esté suficientemente serena para debatir algo tan sensible.
–En el verano el Gobierno logró aprobar varios proyectos de reforma. ¿Cómo evalúa la gestión?
–Hay un montón de reformas imprescindibles que están en marcha: equilibrar las cuentas públicas, modernizar la legislación laboral —que era una deuda de hace muchos años reclamada desde todos los sectores—, un proceso de desregulación ambicioso y un intento de integración al mundo también ambicioso. Las transformaciones llevan tiempo, las estabilizaciones llevan tiempo. Y la Argentina está cruzada por las dos fuerzas a la vez: una estabilización todavía inconclusa y una transformación que recién empieza.
–¿Por qué la estabilización está inconclusa?
–Las estabilizaciones basadas en la cantidad de dinero requieren mucha paciencia. Son procesos largos, probablemente más sostenibles, pero con marchas y contramarchas. Se cruzan dos tensiones: la estabilización obliga a veces a apretar la política fiscal y monetaria —y eso frena la demanda—, mientras que la reconversión productiva impacta por otro lado. La combinación genera tensiones en la macroeconomía que son difíciles de administrar.
–¿Los sectores que no logran despegar, lo harán en algún momento?
–Es claro que hay una economía en dos velocidades, pero no es 100% imputable a la nueva matriz productiva. Hay un crecimiento de oferta con una recesión de demanda. El agro, la minería y la energía —ligados a la exportación y a la generación de divisas— están muy dinámicos. Los sectores más ligados a la demanda doméstica, más rezagados. Y sobre eso influyeron la crisis preelectoral del año pasado, el apretón monetario de principios de año y los sucesivos cambios en el régimen de política monetaria. Todo eso explica el escenario actual: una economía que crece en el promedio pero en la que se ahogan los petisos, porque unos crecen mucho y otros están cayendo. Es algo que el propio Presidente reconoció en los últimos días.
–¿Puede el Gobierno hacer algo para que esa transición sea más amena?
–Parte de la agenda del futuro que queremos pensar tiene que ver con cómo pasamos de la economía actual a una nueva economía orientada a los mercados globales. Los países que lograron crecer de manera sostenida lo hicieron explotando la demanda global. Y nosotros creemos que ese proceso no debe darse sobre las ruinas de la economía actual, sino sobre sus cimientos: sus empresas, sus trabajadores, sus capacidades. Tratar de pensar cómo hacemos para que la transición de esa vieja economía a la nueva economía sea lo más rápida y menos costosa posible en términos sociales. Hay que pensar cómo encadenar las ventajas comparativas que tenemos —la energía, la minería, el agro— con proveedores de bienes y servicios aguas abajo, para integrarse a las cadenas globales de valor. Eso permitiría que la distribución de los beneficios de esta nueva economía sea más homogénea a lo largo y ancho del país.
–¿Ve al Gobierno trabajando en esa agenda de futuro?
–El Gobierno tiene una carga tan pesada con la agenda del presente que sería injusto exigirle que también atienda la del futuro. Pero esta es la agenda que viene. Es muy difícil pensar en decorar la casa cuando se está incendiando: primero hay que apagar el fuego. Los economistas argentinos estamos muy entrenados en eso, porque vivimos de incendio en incendio y nunca llegamos a la decoración. Ojalá el Gobierno pueda consolidar la estabilización y pasar las reformas más urgentes, y que entre todos podamos pensar en cómo construir una casa que nos incluya a todos. Tenemos la oportunidad: no dependemos de un solo sector para generar divisas, sino de tres. Y esos sectores requieren insumos, requieren servicios, y generan ventajas comparativas que pueden encadenarse aguas abajo en sectores competitivos. La frazada no es tan corta. Si la distribuimos bien, alcanza para todos.
–Con relación a la inflación, ¿cuándo cree que bajará a un dígito anual?
–Nosotros no hacemos pronósticos, pero lo que sí se necesita en este tipo de procesos es paciencia estratégica.
–“Paciencia estratégica” dice Ernesto Talvi, el asesor uruguayo del Ministerio de Economía.
–Es cierto. Son procesos que en la mayoría de los países llevaron muchos años. Y la Argentina no es asimilable a otras experiencias porque arrastra muchas mochilas: falta de credibilidad, problemas institucionales, debilidad en el Estado de Derecho, violaciones contractuales, defaults, cambios de rumbo. Todo eso complica la estabilización. Además de reformas, la Argentina necesita acuerdos mínimos y duraderos sobre cuestiones pre-ideológicas, similares a los que logró Brasil en la transición entre Cardoso y Lula en 2003: cumplimiento de los contratos, equilibrio fiscal y prohibición de emisión monetaria para el fisco. Esos acuerdos básicos beneficiarían a todos: al Gobierno, porque gobernaría mejor; a la oposición, porque la haría más competitiva; y a los argentinos en general, porque evitarían una nueva crisis. Desde Cippec vamos a seguir empujando para que existan, porque creemos que hay condiciones políticas objetivas para lograrlo.
–¿Por qué la Argentina, a diferencia de los otros países de la región, no logró esos consensos básicos?
–La Argentina es un país que ha tenido una mala fortuna. En la reforma constitucional de 1994, la Argentina no introduce ni la independencia del Banco Central, ni la prohibición de emitir moneda, ni la prohibición del control de capitales, ni reglas fiscales. Son principios que América Latina ya incorporó en sus constituciones a fines de los 80 y principios de los 90. En 1994 ya había Convertibilidad en la Argentina, la inflación era de un dígito y la economía crecía al 8%. Pensaron que no hacía falta. Chile lo había hecho a fines de los 80, Colombia en 1992, Perú en 1993. Ese blindaje constitucional que los vecinos lograron, nosotros no lo tuvimos. Y lo pagamos.
–¿Cómo ve el equilibrio fiscal con la recaudación cayendo cada mes y cada vez más sectores que piden financiamiento?
–La caída de la recaudación refleja la misma tensión: crecimiento de oferta con recesión de demanda. Una regla de equilibrio fiscal obliga muchas veces a ajustes procíclicos, que son dolorosos. El Gobierno empezó a tomar nota: aflojar las tasas de interés para reactivar el crédito es una señal en ese sentido. Pero la marcha de la economía no depende solo de un gobierno. La confianza tarda años en construirse y segundos en destruirse. Los economistas tienen teorías diversas sobre lo que está pasando: algunos señalan al dólar, otros a la política monetaria, otros a la reconversión productiva y la desregulación, otros al riesgo político. Probablemente sean los cuatro a la vez, y en muchos casos el Gobierno no tiene forma de resolverlos por sí solo. Por eso se necesita paciencia estratégica: las transformaciones llevan tiempo y las instituciones se construyen con diálogo. El gran desafío, más que económico, es político: construir una visión de futuro que nos contenga a todos. Neuquén lo muestra: cuando apareció Vaca Muerta, gobierno, sindicatos, sociedad civil y empresas se alinearon detrás de un sueño compartido. Ese mismo proyecto hay que extrapolarlo al país entero.
–¿Quién tiene que convocar ese diálogo?
–El Gobierno tiene una tarea tan grande con la agenda del presente que pedirle esto sería una exageración. Eventualmente, la próxima gestión podrá plantearse estas cosas, si logramos estabilizar la economía. Es muy difícil pensar en decorar la casa cuando se está incendiando. Lo primero es apagar el incendio. Los economistas argentinos estamos muy entrenados en eso, porque vivimos de incendio en incendio. Ojalá el Gobierno pueda consolidar la estabilización y pasar las reformas más urgentes. Tenemos potencial: tres sectores generando divisas, recursos humanos, capacidades. La frazada no es tan corta. Si la distribuimos bien, puede alcanzar para todos.
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