Medio Oriente complica el plan: por qué el shock externo no benefició a la Argentina
Aunque el país tiene ventajas estructurales como exportador de energía y alimentos, la crisis mundial presiona la inflación, deteriora los márgenes del campo y amenaza con cerrar la ventana de financiamiento que el Gobierno necesita para 2027
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La guerra en Medio Oriente llegó en un mal momento para la Argentina. Cuando el gobierno de Javier Milei intentaba volver al sendero de desinflación, acumular reservas y prepararse para volver a los mercados internacionales de crédito, el shock externo complicó el tablero en varios frentes a la vez. Aunque el país tiene ventajas geopolíticas estructurales y podría capturar beneficios en el mediano plazo como exportador de energía y alimentos, los economistas consultados coinciden en que el balance inmediato es negativo.
El primer problema es el timing. “Cuando aparece el shock internacional, veníamos de una inflación que se estaba recalentando localmente”, advierte Lorenzo Sigaut Gravina, analista de Equilibra. La escalada en Medio Oriente encarece los combustibles, que se encadenan rápidamente con otros sectores de la economía y generan una presión adicional sobre un proceso que todavía no estaba estabilizado.
Esta situación, a su vez, impacta en el nivel de ingresos. Sigaut Gravina estima que en el primer trimestre los salarios crecieron cerca del 2% mensual promedio, contra una inflación del 3%. El poder adquisitivo ya venía perdiendo terreno antes del shock externo, y la turbulencia internacional no hace más que profundizar esa brecha.
Pablo Goldín, economista de MacroView, dijo que “nunca es buena noticia un conflicto internacional para un país como la Argentina”. Y aunque reconoce que el encarecimiento del petróleo favorece a quienes exportan energía, sostiene que en el balance general predomina el daño. “Yo preferiría que esto termine rápido. Si esto se prolonga, no va a ser bueno para el mundo y seguro no va a ser bueno para Argentina, más allá de que exportemos US$3000 millones más en el año.”
Uno de los argumentos que circuló en los primeros días del conflicto fue que la Argentina se beneficiaría porque sus principales exportaciones —soja, maíz, energía— subirían de precio. Gabriel Caamaño, economista de Outlier, cuestiona esa lectura. “Lo del grano es muy discutible, porque los granos subieron bastante menos que el petróleo”, señala, y agrega que la soja cayó con fuerza cuando se postergó la cumbre entre los líderes de China y Estados Unidos.
A eso se suma que el encarecimiento del petróleo eleva el costo de los agroquímicos sin que los granos suban en la misma proporción, lo que deteriora los márgenes del campo justo cuando está por comenzar la época de la cosecha fina. Además, Caamaño señala que hay un factor que suele subestimarse: los fletes. “En la Argentina son muy importantes porque el país está lejos de los centros de producción y consumo”, dice, lo que significa que el encarecimiento del transporte marítimo le resta competitividad adicional a las exportaciones.
Dentro del sector energético, el estallido del conflicto sucede justo cuando la Argentina tiene que importar al menos 20 barcos de gas natural licuado (GNL) para abastecer los picos de demanda del invierno. Antes del conflicto, el GNL rondaba los US$10 por millón de BTU (medida inglesa que se usa en el sector). Hoy cotiza en torno a los US$21. Para dimensionar la brecha: la industria local paga, a través del Plan Gas, apenas US$5 por millón de BTU en invierno.

El flanco más delicado, sin embargo, es el financiero. La Argentina necesitaba aprovechar una ventana de acceso a los mercados internacionales de crédito para refinanciar una pared de vencimientos en dólares que se acumula hacia 2027. En este contexto, el ministro de Economía, Luis Caputo, directamente ya descartó esa posibilidad.
Ecuador, en cambio, que tiene un perfil de riesgo similar al argentino, logró salir a colocar deuda a fines de enero. La Argentina esperó, y ahora enfrenta mayor incertidumbre. Si el conflicto deriva en una estanflación global —inflación alta con estancamiento económico—, la Reserva Federal (Fed) no solo dejaría de bajar tasas sino que podría mantenerlas elevadas por más tiempo, lo que encarece el financiamiento para los países emergentes y aumenta la aversión al riesgo.
Miguel Kiguel, exsecretario de Finanzas y director de Econview, lo resume con precisión: “En lo financiero complica, porque los inversores buscan activos seguros y aumenta el riesgo país.”

La Argentina tiene atributos que, en un mundo en conflicto, la posicionan bien en el horizonte más largo: está lejos de las zonas de guerra, tiene puertos seguros, produce energía y alimentos en abundancia y cuenta con recursos estratégicos que los países desarrollados buscan diversificar.
“Geopolíticamente, la Argentina está en un lugar privilegiado”, reconoce Sigaut Gravina. Kiguel también lo señala: “A largo plazo puede ayudar porque estamos lejos del conflicto y algunas empresas pueden considerar que es una buena opción para invertir.”
Pero esas ventajas no resuelven los problemas del presente. Un shock estanflacionario global, precios agrícolas presionados a la baja por las tensiones entre China y Estados Unidos, costos de fletes, agroquímicos e importaciones de gas más altos, y mercados de capitales más cerrados son realidades de corto plazo que pesan más que las oportunidades de mediano plazo.
“Pensando en que este es un gobierno que está tratando todavía de consolidarse, que todavía no tiene resultados tan contundentes en materia de reactivación y en materia de estabilidad de precios, que el mundo esté en estos conflictos, yo creo que no ayuda para nada”, concluye Goldín.








