1926/2026: arquitectos del futuro
A cien años del nacimiento de The New Yorker y de Time, un documental y una tapa icónica vuelven a poner en foco el vínculo entre tecnología, cultura y vida cotidiana
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Nueva York, invierno de 1925. Los ascensores asustan, sorprenden y se multiplican en edificios cada vez más altos, el subte ya descarga multitudes en Manhattan, los taxis se amontonan sobre la Quinta Avenida. Eran noches frías de la ley Seca, speakeasy y jazz. En uno de esos bares, se mezclan periodistas, publicistas y dibujantes y la pareja Harold Ross y Jane Grant decide convocarlos para crear una publicación diferente, que mire y cuente la cultura urbana de otra manera. Como Eustace Tilley, la mascota de su icónica portada, a través de un monóculo y con cierta distancia, humor y refinamiento buscará reflejar valiéndose de la tecnología de la época, la vida contemporánea. Cien años después un documental de Netflix refleja y celebra aquella idea y las peripecias centenarias de su vigencia: si antes alguien adinerado buscaba la posteridad y el prestigio con un retrato por encargo, hoy la búsqueda de perpetuidad o trascendencia de una marca cultural se expresa en un largometraje de “no-ficción” emitido vía streaming. Producida por Judd Apatow, y sin demasiadas destrezas narrativas, rescata el valor de grandes crónicas sobre Hiroshima o de Truman Capote. Puro siglo XX.
Un par de años antes había nacido Time, la revista que poco después popularizara su elección de “personaje del año”: el primero en consagrarse fue Charles Lindbergh, piloto y aviador que logró la proeza de cruzar el Atlántico de Nueva York a París en 1927. Si The New Yorker enseñaba a habitar el espacio moderno, Time hacía otra operación decisiva: ordenar el tiempo. Años locos: en un mundo cada vez más acelerado, la radio es el minuto a minuto, la cadencia de la unidad informativa es diaria y la semana se vuelve unidad narrativa. La actualidad se transforma en producto editorial.
Nueva York, invierno de 2026. El primer día del año, jura el primer alcalde musulmán de la ciudad, Zohan Madmani, nacido en Uganda. La ceremonia fue en una de las históricas estaciones de Metro, Old City Hall. Tres días después, llega detenido a la ciudad el presidente de Venezuela Nicolas Maduro y su esposa para ser juzgados en el sur de Manhattan.
En ese contexto la nueva portada de la revista Time vuelve a poner el foco en la tecnología y la vida cotidiana: su personaje del último año fueron los “arquitectos de la IA”, una selección de figuras de empresas tecnológicas líderes que le dan forma a las principales aplicaciones masivas actuales de la llamada “inteligencia artificial”. En la portada participan, Sam Altman (OpenIA), Elon Musk (X, Tesla) y Mark Zuckerberg (Meta), junto a Dario Amodei, Fei-Fei Li y Lisa Su, pero el texto destaca particularmente a Nvidia, la empresa más valiosa del mundo, y su CEO estrella, Jensen Wang, convertido también en un divulgador de la propia revolución que lidera. No se ven genios solitarios ni profetas del futuro: siete personas sentadas en la cima de una viga de una obra en construcción. Usan trajes, zapatillas, y teléfonos celulares. Lideres sí, equilibristas también. Son definidos como arquitectos. No construyen edificios: construyen entornos cognitivos. No levantan ciudades: diseñan sistemas que organizan cómo pensamos, cómo decidimos.
Esta misma semana, Wang fue el primer orador de la feria tecnológica Consumer Electronic Show, CES, en Las Vegas, donde desde hace cinco décadas las principales empresas del rubro realizan anuncios y lanzamientos de sus novedades. Wang prefiere usarla como un orador y empujar los límites: “Lo que viene es la IA física. Es clave que los sistemas aprendan ahora el sentido común del mundo físico”. Mientras los humanos aprendemos a relacionarnos cotidianamente con estas “bicicletas para la mente”, como las llamó el CEO de Microsoft Satya Nadella, el líder de Nvidia apuesta por otra evolución: “el momento del ChatGPT para la robótica ha llegado”. Las discusiones se desplazan del software, al hardware y a los componentes. “Quien controle el chip, controlara el ritmo del progreso”, fue una de las máximas en la jornada inaugural.

El desfile de novedades de la CES, en la tercera década del siglo XXI, de hecho, no tiene a la IA como protagonista del debate filosófico sino como feature integrado a autos, juguetes o heladeras. La robótica dejó de ser una fantasía cinematográfica hace tiempo: las pruebas de destreza, coordinación, fuerza, y motricidad fina son parte de las exhibición de Boston Dynamics. Curiosidad: “robot” fue un término introducido en la cultura pop en una obra teatral checa de los años ’20 y ya en 1926 protagonizaba junto a los edificios enormes donde vivía la clase acomodada, la novela y filme Metrópolis. Icónico.
Entre las cifras ambiciosas que se promocionan en la CES, se prevé que las diferentes IA alcanzaran a 5000 millones de usuarios en 2030: el 60% de la población mundial. Y como siempre en Las Vegas hubo, desde ya, demostraciones de producto: asistentes de voz que ya no solo responden, sino que anticipan; autos que “aprenden” rutinas del conductor; electrodomésticos que ajustan su funcionamiento en tiempo real; plataformas que convierten cualquier interacción cotidiana en dato procesable. Fascinantes y amenazantes, creadas por los arquitectos de una infraestructura invisible, como aquellos deslumbrantes ascensores de los primeros “rascacielos” de hace un siglo.





