El retraso tecnológico en los bienes de capital es una traba para el crecimiento
La desactualización pone a estas empresas en desventaja respecto de sus competidoras
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A la par de problemas exógenos, como la inflación o la presión tributaria, las pymes tienen también sus propias fallas: una de ellas es el atraso tecnológico. No es un dato menor, puesto que de la capacidad tecnológica dependen la productividad de la economía, la competencia en los mercados mundiales, y sus posibilidades de abastecer el mercado local con productos de calidad y de generar empleo de altos estándares que permitan mejores condiciones de vida.
Según un informe de Cippec titulado El stock de capital en la industria pyme: condiciones para modernizar la maquinaria y el equipo de producción, uno de los causales del menor desarrollo argentino es el atraso tecnológico de su estructura productiva. "Las pequeñas y medianas industrias locales, que constituyen el 97% del universo industrial del país, trabajan con máquinas y equipos con una antigüedad promedio de casi nueve años, en muchos casos ya amortizada, determinando menores niveles de productividad y calidad en la producción. De un total de 100 pymes industriales analizadas por los investigadores del Cippec, 66 usan maquinarias y equipos "con tecnología media, atrasada o muy atrasada".
Para Victoria Giarrizzo, una de las autoras del informe junto con Felipe Montaño, esto sucede porque en los ciclos buenos el proceso inversor para una proporción alta de industrias consiste en renovar capital obsoleto, incorporando máquinas de tecnología media para sostener su stock de capital, pero sin dar un salto tecnológico. "Son pequeños pasos en la actualización tecnológica que no modifican su frontera productiva", explica la especialista.
Según el análisis del Cippec, un 20% de las industrias incluso incorpora maquinaria usada, descartada generalmente por empresas de mayor tecnología. En los ciclos malos, el proceso inversor se retrasa y las empresas consumen parte de su capital. "Envueltos en esa dinámica, cuando se compara la sofisticación de las máquinas y equipos utilizados en el proceso productivo, los empresarios perciben que se encuentran 44% por debajo de la frontera tecnológica de las firmas líderes del mundo en su sector", dice el informe.
La brecha tecnológica productiva, además de limitar la capacidad de crear riqueza, eleva el nivel de precios. No sólo porque se producen bienes de menor calidad a costos más altos, sino también porque hace reposar la competitividad de la empresa de manera desmedida en el tipo de cambio, y a la vez, el déficit de calidad vuelve al país dependiente de las importaciones, alimentando la dinámica inflacionaria cada vez que se devalúa.
Pero modernizar la industria local es algo complejo, dicen en Cippec. El atraso es tan importante, que la distancia con la frontera tecnológica sólo podrá reducirse lentamente, manteniendo condiciones económicas estables, orientando las herramientas fiscales y financieras a incentivar la inversión, ordenando los programas vigentes, y desarrollando políticas que construyan la cultura inversora.
Hay una realidad: los empresarios mantienen una actitud pasiva frente a la modernización tecnológica, descuidando la formación del capital como elemento indispensable para construir una función de producción de alta competitividad. "Pero modificar esa conducta requiere que el Estado argentino, que por décadas premió la inversión especulativa y castigó la productiva, tome un rol activo en políticas comprometidas, como impulsar a los bancos a otorgar créditos en función del proyecto de inversión y no de las garantías reales, extender, simplificar y bajar costos de los mecanismos de leasing, o limitar el porcentaje de crédito que los bancos destinan a consumo, hasta desgravaciones tributarias agresivas para incorporar tecnología de punta", se afirma en el trabajo de Cippec.
Las industrias locales son conocedoras de su posición tecnológica relativa, pero el empresario entiende que achicar la brecha con las empresas líderes de su sector requiere de un conjunto de factores imposibles de alcanzar en las condiciones actuales. Uno de ellos es el financiamiento a costos bajos, con exigencia de garantías acordes a la situación patrimonial de la empresa y a plazos largos, que además de contemplar la compra de la maquinaria, incluya su puesta a punto y la capacitación del personal en su manejo, dos elementos que suelen no financiarse y generan demoras en el arranque del nuevo proceso productivo cuando se incorpora tecnología.
Es el empresario quien decide cómo, cuándo, cuánto y dónde invertir. Pero es el Estado quien debe garantizarle condiciones y ofrecerle herramientas para llevar adelante ese proceso. El empresario local mayormente ha buscado maximizar su tasa de ganancias, manteniendo una visión cortoplacista. La visión cortoplacista, sin embargo, no es una característica independiente: se ha ido acoplando a los recurrentes ciclos de auge y rupturas en la economía argentina.
Así, ni siquiera en los momentos de mayor crecimiento económico, donde la capacidad financiera de la empresa es más holgada, se ha observado un salto cualitativo y diferenciador en el capital pyme, que en los momentos malos del ciclo económico se hace visible porque encuentra esa gran mayoría de firmas que invirtieron poco en una posición desfavorable frente a la minoría que sí lo hizo, o frente a las grandes empresas dominantes del mercado.
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