
Una apertura que genera más dudas que certezas
Las compañías estadounidenses advierten que persisten las restricciones, las barreras de acceso y la incertidumbre regulatoria, pese a las señales de mayor flexibilización que está dando Pekín
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Las empresas estadounidenses deberían estar celebrando. China está a punto de abrir ampliamente sus mercados a las compañías estadounidenses, asegura Donald Trump. Las reuniones que el presidente mantuvo en Pekín en mayo con el líder supremo de China, Xi Jinping, dieron lugar a esa promesa: solo falta “ponerla por escrito”. Esta es la parte difícil, admite Trump. Los funcionarios se mostraron optimistas después de las conversaciones preparatorias del 20 de septiembre, en las que ambos países formalizaron un “consejo de comercio”, propuesto por los líderes en mayo, para identificar posibles reducciones arancelarias.
No todo es retórica. Citigroup, uno de los mayores bancos estadounidenses, podría abrir próximamente una sociedad de bolsa de propiedad totalmente extranjera en China (ayudó el hecho de que Dame Jane Fraser, su CEO, estuviera entre los empresarios que acompañaron a Trump a Pekín). Una encuesta publicada el 10 de septiembre por la Cámara de Comercio de Estados Unidos en Shanghái muestra que las empresas estadounidenses son ahora más optimistas sobre sus perspectivas en China que en cualquier otro momento desde 2021; la rentabilidad también está empezando a mejorar. Un puñado de grandes fabricantes de chips, entre ellos Nvidia y Qualcomm, llevó los ingresos de las empresas estadounidenses en China a un récord el año pasado. Este año, Ralph Lauren, la marca de moda de alta gama, y Sam’s Club, la cadena de tiendas para socios propiedad de Walmart, se encuentran entre las compañías que están obteniendo grandes ganancias.
Para los empresarios estadounidenses, las muestras de cordialidad entre Trump y Xi han disipado los temores a otra guerra comercial abierta. Desde mayo, China avanzó con las compras de soja estadounidense que había prometido. Y mayores ingresos siempre son una buena noticia si se pueden conseguir. Sin embargo, la mayoría de los ejecutivos de empresas estadounidenses en Pekín y Shanghái difícilmente están eufóricos. La mejora de la confianza registrada por la Cámara de Comercio de Shanghái se produce después de cuatro años de mínimos históricos.
Una de las razones del mal clima empresarial es que, pese a las sonrisas de los líderes, el ambiente político sigue siendo oscuro. Ambos países continúan amenazando con nuevas sanciones y aranceles. En la antesala de la reunión de Washington, Trump propuso un arancel del 7,5% sobre los productos chinos, adicional al 20% o más que ya soportan. (Las exportaciones chinas al mundo aumentaron 25% interanual en agosto). Según se informa, funcionarios estadounidenses están preparando nuevas restricciones a la compra de equipos tecnológicos chinos, como transceptores ópticos de datos.
Mientras tanto, algunos proveedores chinos de tierras raras dejaron misteriosamente de abastecer a clientes estadounidenses pese a contar con autorización oficial para hacerlo. Los funcionarios chinos también rechazaron los esfuerzos estadounidenses para aislar a Irán durante la guerra del Golfo. A la hora de resolver estos problemas, “predomina la negatividad”, dice un ejecutivo estadounidense radicado en Pekín. “Pero quizá eso sea lo que significa y se siente como una ‘estabilidad estratégica constructiva’”. La expresión es utilizada desde la reunión de mayo tanto por funcionarios estadounidenses como chinos para describir la relación bilateral.
Un segundo problema es que el acceso a los mercados chinos, incluso si finalmente se concreta, podría no significar demasiado. Google, Meta, Netflix y otras empresas llevan años intentando conquistar la economía de internet china. Desde la perspectiva china, sectores como las búsquedas online, las redes sociales y el streaming de video ya están abiertos a quienes estén dispuestos a cumplir con las leyes del país, que incluyen emplear censores y eliminar o congelar cuentas sin explicación. Con China endureciendo sus controles sobre la libertad de expresión, parece haber pocas esperanzas de que se produzcan grandes cambios.
En otros mercados potenciales, los estadounidenses llegan tarde a la partida. Antes de la incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001, el gobierno central podría haber eliminado enormes obstáculos para las empresas estadounidenses, afirma Randall Schriver, presidente de la Comisión de Revisión Económica y de Seguridad entre Estados Unidos y China, un organismo bipartidista creado por el Congreso. Desde entonces, la capacidad de presión estadounidense se redujo. En los servicios financieros, por ejemplo, China debía permitir que las empresas extranjeras se expandieran como parte de sus obligaciones con la OMC. Pero las autoridades locales demoraron la concesión de licencias a compañías como Visa y MasterCard, los principales procesadores de pagos occidentales. En cambio, los pagos en China están dominados por gigantes tecnológicos locales como Ant Group y Tencent. Hoy, dice Schriver, ningún presidente estadounidense puede hacer demasiado frente a esa competencia local.
Otro problema sobre el que Trump puede hacer poco es la persistente baja rentabilidad de las nuevas inversiones. Los ingresos récord de algunas compañías no cuentan toda la historia: las ventas en China de la mayoría de las empresas estadounidenses están estancadas desde 2023. Para algunas, la caída comenzó antes. Las ventas de Apple en China fueron el año pasado las mayores entre las empresas estadounidenses, pero fueron unos US$10.000 millones inferiores a las de 2022. En los últimos cuatro años, PepsiCo, fabricante de bebidas y alimentos, vio primero estancarse sus ventas y luego caer.
Para algunas empresas, esto se convirtió en una cuestión de elección. Como los retornos son bajos, decidieron dejar de invertir en China y están reduciendo sus operaciones. Esto refleja no solo la intensa competencia local, sino también la debilidad de la economía. Con menos dinero disponible, los consumidores son cada vez más austeros. Mercados que alguna vez fueron considerados el futuro de la economía de consumo china, como los servicios médicos de alta gama, ahora parecen mucho menos prometedores, incluso cuando se abren a las empresas extranjeras. Los grupos estadounidenses de salud se preguntan ahora por qué deberían destinar recursos escasos, como médicos, a China cuando los retornos son mayores en otros lugares, afirma Joe Ngai, responsable local de McKinsey, una consultora.
La industria de los semiconductores es el punto más luminoso. Entre las empresas estadounidenses que informan sus ventas anuales en China, los fabricantes de chips aportaron más de un tercio del total del año pasado. Sus ingresos crecieron 9% en 2025, lo que los convirtió en el principal sostén de los negocios estadounidenses en China.
Pero este también es el mercado que corre mayor riesgo. El rápido crecimiento de las ventas de hardware avanzado refleja el surgimiento de la industria china de inteligencia artificial y, también, los temores fundados de las empresas chinas de que el suministro pueda ser interrumpido: tanto Trump como Joe Biden prohibieron las ventas de chips de alto rendimiento y otros equipos. Permitir las exportaciones de esos chips parece difícil de conciliar con la insistencia de Trump en ganar la carrera de la inteligencia artificial frente a China.

Si la resistencia estadounidense a vender esa tecnología fuera el único obstáculo, podría superarse en las conversaciones entre Xi y Trump, que está ansioso por anunciar grandes acuerdos destinados a reducir el déficit comercial de su país con China. Pero también está el deseo de Xi de mantener fuera de los sistemas chinos de inteligencia artificial los componentes estadounidenses más avanzados. La política industrial china gira ahora en torno al concepto de autosuficiencia en chips. Ese objetivo todavía está lejos, pero una de las vías para alcanzarlo ha sido impedir que las empresas chinas compren chips de Nvidia y otros componentes estadounidenses, al mismo tiempo que invierten grandes sumas en alternativas fabricadas en el país. Este proyecto avanza rápidamente. En 2020, solo 6% de los equipos utilizados para fabricar obleas de silicio podían ser abastecidos por proveedores nacionales; para fines de este año, esa proporción podría acercarse a 30%. Las conversaciones en Washington pueden comprarles algo de tiempo a las empresas estadounidenses, pero para Xi la autosuficiencia, en última instancia, no es negociable.
Es posible que la versión de Trump de una China abierta sea simplemente una que compre más maíz y soja a Estados Unidos, señala Ker Gibbs, de la Universidad de San Francisco y exejecutivo en China. El objetivo del presidente para la reunión podría ser anunciar más acuerdos de alto impacto sobre productos de gran valor, como aviones de Boeing: cualquier cosa que le permita afirmar que logró reducir el déficit bilateral. Si eso también significa menos aranceles y sanciones, los empresarios estadounidenses aceptarán cualquier alivio que puedan conseguir. Pero las expectativas de mejores tiempos y mayores ventas siguen siendo bajas.



